La palabra fábula tiene varias
acepciones según la RAE. La primera de ellas es «Breve relato ficticio, en
prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en
una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros
seres animados o inanimados». La sexta, «Ficción artificiosa con que se encubre
o disimula una verdad». Las dos formas de la palabra las encontramos en Una fábula sueca, la nueva novela de
Nicolás Díez de la que os hablaré a continuación.
Tras dejar parcialmente
atrás su faceta como exitosa hostelera, Ingrid Sørensen se instala en Granada
junto a su marido, Gabriel, un escultor español. La pareja forma una familia
con la llegada de sus hijos Adam y Camilla, y pronto Ingrid es nombrada cónsul
honorífica de la ciudad. La vida trata bien a la sueca: los niños crecen sanos,
la vida en pareja es estupenda y las citas con amigos son una constante. Hasta
el día en el que conoce a Katja y Elina, dos compatriotas que gozan de muy mala
reputación y que se presentan en casa de nuestra protagonista con el fin de
conseguir la renovación del pasaporte de Hans, el padre de Elina. Si bien los
trámites debería realizarlos el interesado, las suecas se empeñan en hacerlo
todo ellas mismas con la excusa de que Hans se encuentra gravemente impedido.
Ninguna de las dos atiende a razones, y
pronto empiezan las visitas a deshoras, los sucesos inexplicables y hasta el
espionaje por parte de un gato. Llegará un momento en el que el caso de la
desaparición del sueco deba ser investigado por las fuerzas del orden. ¿Acabará
entonces la terrible pesadilla en la que Ingrid se vio sumida desde que conoció
a las suecas?
Aunque el narrador
externo de talante amable de esta obra nos lleve de la mano de la sargento de
la Guardia Civil María Infante durante parte de la trama, la protagonista no es
otra que Ingrid, la cónsul sueca en Granada. Tal y como nos cuenta nuestro
atento guía durante lo que podríamos entender como una extensa pero amena
introducción, Ingrid recalaría en Granada después de una exitosa carrera de
hostelera que no dejaría del todo una vez instalada en la ciudad nazarí junto a
Gabriel, su marido español. Meticulosa y ordenada, amable y cariñosa, Ingrid
goza de una vida tranquila hasta que en ella irrumpen dos compatriotas de lo
más misteriosas. De ellas dice todo el mundo que son mujeres de mala vida y
brujas. A veces parecen amables, pero pronto, cuando ven que no van a conseguir
el pasaporte para Hans, el hombre al que nadie ha visto en bastante tiempo,
comienzan a actuar de una forma cuanto menos extraña. Ingrid sospecha que los
sucesos inexplicables que experimenta en su casa también son obra de ellas.
Como si de pronto fuera la protagonista de una de esas inquietantes fábulas
suecas que lee a sus niños.
Por otro lado, tenemos
los capítulos en los que el narrador sigue de cerca a María Infante, la joven sargento
de la Guardia Civil encargada de averiguar qué fue en realidad el misterioso
Hans. Si bien durante buena parte de la trama podríamos decir que estábamos
ante lo que hoy en día denominamos un cozy
crime con ciertos toques paranormales, esta nos habla de una historia bien
negra y complicada. ¿Podrán las fuerzas de seguridad averiguar la verdad?
Pero, ¿son tan malas
Elina y Katja? ¿Tanto poder tienen o es todo una ilusión? Y, en todo caso, ¿qué
habría hecho que se comportaran como lo hacen? Nuestro narrador, que no solo lo
sabe todo lo que sucede, sino que conoce al detalle la cambiante naturaleza del
ser humano, se encargará también de intentar aclarar estos asuntos.
La realidad siempre
supera a la ficción: Una fábula sueca
se inspira en ciertos sucesos que tuvieron lugar en Granada hace años. Sucesos
que, desde luego, merecían ser tratados para ser convertidos en esta obra, tan
detallada, entretenida y enigmática. Una novela sin duda original que dejará
poso en el lector. Y tú, ¿te atreves a comprobarlo?
Cristina Monteoliva
