Queridos amigos
de La Orilla
de las Letras,
mediamos
la semana y prácticamente el mes de mayo de este 2026 con la entrevista que nos
ha concedido el autor Alejandro Molina.
Vamos con ella:
¿Cuándo
descubriste que la escritura era más que un pasatiempo?
Si me remonto a mi infancia, me recuerdo escribiendo todo el tiempo en mi habitación. Me gustaba inventar historias combinadas; por ejemplo, el Patito Feo como mascota de Cenicienta, y eso cambiaba todo. En la escuela, esperaba el momento de escribir historias. De hecho, uno de mis cuentos en esta antología que estoy presentando, Un huracán en Gurrezeti, comienza con una narración recuperada de mi cuaderno de 4º grado. Al releerla, me dio la sensación de que escribía mejor cuando tenía nueve años, libre de prejuicios. No sabría decirte cuándo descubrí que la escritura era más que un pasatiempo, pero tengo claro que desde muy chico entendí que no tenía talento para otra cosa.
© Alejandro Molina.
¿Qué lecturas o
autores crees te han influido como escritor?
Escribir olvidando lo que uno leyó es imposible; somos producto
de nuestras lecturas. Un autor que leo mucho y me genera la necesidad de
escribir es Paul Auster. Me encanta esa meticulosidad obsesiva para narrar el
azar; esa forma en que sus personajes se pierden en su propio mambo. De él
aprendí que se puede ser muy introspectivo sin que el lector se duerma en el
camino, algo que intento aplicar. Sumo a Boris Vian, que es clave para
dinamitar cualquier asomo de solemnidad que se me quiera filtrar. En lo que
refiere a argentinos, hay tres que me vuelan la cabeza. Por un lado, Enrique
Méndez Calzada e Isidoro Blaisten, dos artistas que entendieron que el humor es
la forma más elegante de la inteligencia. Y Silvina Ocampo, por ese cinismo tan
sutil que logra que el horror parezca, no sé, una cosa simple, cotidiana.
¿Qué estás
leyendo ahora mismo ¿Nos lo recomendarías?
Voy a ser sincero: últimamente estoy a full dedicado a
reescribir los cuentos de mi siguiente antología, estoy en esa fase de la que
no me puedo escapar. Pero lo último que leí, hace unas semanas, fue Todo
verdor perecerá, de Eduardo Mallea. Y lo recomendaría, sin dudas, es una
especie de “manual de estilo” sobre cómo contar la desolación y el aislamiento
sin caer en el sentimentalismo berreta. Es denso, no lo voy a negar, pero tiene
una estética de la decadencia con la que me identifico mucho, que me fascina.
¿Cómo compaginas
la escritura con tus otras obligaciones en la vida?
La verdad es que no compagino nada. Como doy clases de
literatura en un profesorado, y mis alumnos saben que escribo, muchas veces la
charla se desvía inevitablemente hacia ahí; se me mezcla todo el tiempo el
profesor con el escritor. Para mí, escribir es una actividad permanente, un
estado mental desde el que proceso la realidad mientras cumplo con mis
obligaciones: puedo estar explicando un texto en el aula y, al mismo tiempo,
hay una realidad paralela ahí, funcionando. Siempre ando tomando notas mentales
sobre un gesto o una frase para una próxima historia.
¿Cómo ves el
panorama literario actual?
Se
me hace que esta respuesta va a ser extensa. Por un lado, está lo que podemos
llamar “literatura de algoritmo”, una literatura que le confirma al lector lo
que ya piensa, no busca incomodarlo o abrirle un poco la cabeza. Abundan las
lecciones de vida poco camufladas y una corrección política que detesto. No les
creo nada.
Por
el otro, veo el fenómeno de la literatura para adolescentes: amores tóxicos,
amores inter-especies, etcétera. He visto las firmas de libros de estos autores
en las ferias y siento que están más cerca de ser estrellas del pop (o
influencers) que escritores.
Lo
que me parece que está en peligro de extinción es el humor, por eso propongo
este libro. Siento que falta ese espacio para la observación ácida de lo
cotidiano, que no quiere salvar al mundo ni pararse desde el banquito de la
moralidad. Y es en ese barro donde me interesa chapotear.
¿Qué te resulta
más difícil: escribir literatura juvenil o cuentos para adultos?
Cuando me pongo a escribir, simplemente escribo; dejo que la
historia encuentre su propio cauce. A veces tengo una idea pensada para adultos
y termina pidiendo un lenguaje o un tono más ligado a lo infanto-juvenil, o al
revés. Un ejemplo claro es Mosquitox by Charly
Millán, uno de los cuentos de este libro: nació con la intención de ser
para chicos, pero en el proceso se transformó en un texto puramente para
adultos.
Me gustan ambos públicos, pero el infantil me parece un desafío mucho más grande. El adulto, por una cuestión de cortesía o para quedar bien, puede decirte que le gustó algo aunque no le haya gustado e incluso no lo haya leído. Los niños, en cambio, no tienen filtros. Por suerte, mi experiencia con ellos ha sido espectacular: las veces que fui a escuelas a presentar Bicho Cuadrado, los chicos se engancharon muchísimo. Me mandan dibujitos, los padres me cuentan que adoran al personaje y eso me da una satisfacción enorme. Lograr esa conexión real con un público que no te miente, requiere de una precisión que a veces me agota mucho, más que casi todos los cuentos que escribí para adultos, ahí despliego todas mis neurosis sin ningún tipo de control.
© Alejandro Molina.
Por cierto, ¿qué
ha de tener, según tu perspectiva, un buen cuento?
Para mí, un buen cuento tiene que ser, ante todo, original,
tiene que proponer una entrada a un mundo que no hayamos visto mil veces. No se
trata solo de la trama, obviamente, sino de cómo la voz narrativa se va
enredando en las cosas mínimas hasta que lo cotidiano se vuelva extravagante,
disparatado, amenazante. Pero lo fundamental es el lenguaje personal, ese estilo
donde el autor se reconoce en cada frase, y que el lector sienta que hay una
identidad propia hablándole, no alguien siguiendo una fórmula.
En
lo que escribo, hago mucho foco en el humor, que procuro que esté al servicio
de desarmar la realidad y mostrar lo que hay debajo. No me interesa la
literatura que te explica lo que tenés que sentir o que te lleva de la mano
hacia una moraleja. Prefiero que el lector haga su propio viaje mental o
emocional y se encuentre con un personaje que está perdido en su propia lógica,
y que esa confusión le resulte inquietantemente familiar. Un buen cuento tiene
que dejarte con preguntas incómodas, de esas que se te quedan dando vueltas un
rato.
¿Qué ha supuesto
para ti la publicación de Solución de
continuidad?
Publicar este libro es la culminación y al mismo tiempo el
inicio de un recorrido larguísimo. Los cuentos que forman parte de esta
antología fueron escritos entre 1997 y 2025; son casi tres décadas de observar
y de pulir mi forma de contar. Me encontré con ciento veintiséis cuentos en mi
computadora cuando hice la selección de estos ocho. Siento que la necesidad de
publicarlos llegó en un momento de mayor madurez personal, cuando encontré
tanto la seguridad como la confianza necesarias para expresar lo que quería
decir y cómo. Mis amigos me preguntan siempre por qué tardé tanto, por qué
mantuve en el “cajón” esa cantidad de relatos durante tanto tiempo. Mi
respuesta es que finalmente detecté o más bien sentí que efectivamente tenía
una voz propia que había terminado de asentarse. Así que este libro supone, en
principio, el inicio de una serie de publicaciones en las que voy a rescatar
los cuentos que considere que merecen ser leídos.
¿Qué nos puedes
contar de este libro?
Son
ocho historias que funcionan como un organismo vivo, pero con pulsaciones muy
distintas. Están los cuentos de humor más corrosivo y delirante, como La Muerte en Camiseta y El Cerdo Cente, o los más
satíricos como Feliz vuelta al
sol, Marita Alerggio y Mosquitox by
Charly Millán. Hay otro dúo, además,
que juega en una liga propia (decirte más que eso sería hacer un spoiler
tremendo) pero La Teoría de la Grulla en
la Ventana y Las Esferas de Karine probablemente
representen para el lector una lectura más bien lúdica. También incluí un
relato introspectivo, del que hablé al principio, que recupera mi propia
historia, o prehistoria: Un Huracán en
Gurrezeti, que está ahí para bajar un poco los decibeles.
El cierre es una trilogía que se despega del resto, incluso tiene su propia carátula: Purrington, ahí aparece por única vez el narrador en primera persona. Hay un juego también respecto a que el libro fue “tomado” por esas voces, que son las de mis dos gatos. Me interesa esa variedad de registros y emociones; que el libro no sea una línea recta, sino que proponga un recorrido de lógicas que se desmadran, de volantazos que no ves venir.
© Alejandro Molina.
¿Cuál es tu
relato favorito de este volumen, el que consideras más representativo del
mismo?
Es
la pregunta más difícil, porque cada cuento tiene su propio peso, y están ahí
después de una ardua selección. Pero si tengo que hablar de representatividad,
creo que debo mencionar dos que están en el centro del libro por alguna razón.
Por
un lado, El Cerdo Cente, que es donde
más exploto el cinismo, la sátira y la crítica;
todo queda al desnudo, sin filtros. Es el punto de mi escritura más
descarnada. Estaba enojadísimo cuando lo escribí, en 2021, luego de una gran
injusticia vivida por una amiga.
Como
contrapartida, está Un huracán en
Gurrezeti, que es el más antiguo, escrito en 1997, en el que aparece mi
costado más sensible y nostálgico. Que estén juntos en el medio del libro no es
casualidad: son los dos polos de mi mundo. Entre el cinismo más absoluto y esa
esperanza un poco rota, es por donde se mueve todo lo que escribo.
¿Qué esperas que
los lectores encuentren en Solución de
continuidad?
Espero que
encuentren, sobre todo, una voz que no los subestime. No busco que el lector se
sienta 'cómodo' ni que encuentre refugio en lugares comunes; espero que se tope
con esa incomodidad que surge cuando el humor te obliga a mirar lo que
preferirías ignorar. Me gustaría que se rían, claro, pero de esa risa que te
deja un poquito de culpa después. Al libro lo pensé como una suerte de disco:
el orden de los cuentos no es azaroso, está diseñado para que el lector
atraviese determinadas emociones y ritmos, como quien escucha un álbum de
principio a fin. Es muy musical; de hecho, cito canciones constantemente porque
la música es parte de mi ecosistema y el de mis personajes. Incluso tengo
pensado publicar pronto una playlist con todas las canciones del libro para que
la experiencia sea completa.
Así que si los lectores logran conectar con todo este delirio
literario-musical y sienten que, en el fondo, ese caos no les es ajeno, el
libro ya cumplió su función.
¿Qué nuevos
proyectos tienes en marcha?
Seguir
rescatando material de ese “cajón” con más de cien relatos que mencioné antes.
Reescribirlo, resignificarlo y también sumar algo nuevo. Casi todos los días me
encuentro con situaciones que me llevan a pensar “esto amerita ser contado”.
También sigo muy conectado con lo infantil; lo que viví y sigo viviendo con Bicho Cuadrado me dejó con ganas de seguir explorando ese público tan especial,
tan honesto. Así que hay un segundo cuento ya preparado para octubre, con otro
bicho. Bueno, con una bicha específicamente.
Pero
mi foco ahora mismo es que Solución
de continuidad se
encuentre con más lectores. En ese período estoy: publicidad, presentaciones,
entrevistas como esta.
¿Te gustaría
añadir algo antes de terminar esta entrevista?
En
principio, agradecerte a vos, Cristina,
por el espacio. No es fácil encontrar lugares así, que se animen a darnos
voz y a generar estas conversaciones. Me parece una iniciativa buenísima.
También agradecer a los lectores, gente querida que me ha apoyado en esta
aventura, que me empuja a continuar por acá. Y a Álvaro Velarde, un cineasta
fantástico que me hizo un prólogo exquisito, un gran artista del humor con
quien compartimos mundos narrativos casi idénticos
Por
último, invitar a quienes quieran seguir
el rastro de mi narrativa humorística, que me tomo muy en serio (sin tomarme
tan en serio a mí mismo), a encontrarme en Instagram y Threads como @alejandroxmolina.
Muchas
gracias, Alejandro, por tu tiempo, tus palabras y tus fotos personales. Te deseamos
una carrera literaria larga, próspera y muy satisfactoria.
Y a vosotros, amigos del blog, gracias
por estar un día más pendientes de nuestras publicaciones. Ahora, ¡a leer!
Cristina
Monteoliva


