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jueves, 30 de junio de 2016

LA FERIA DEL LIBRO 2016 SEGÚN MAITE NÚÑEZ

Creía que lo iba a conseguir. Estaba casi segura de que este año podría volver a hacerlo, después de tanto tiempo esperando el momento. Y, entonces, tan solo tres días antes de partir hacia Madrid, ¡se rompió el embrague del coche! Sin coche y sin dinero para viajar (la avería no fue barata) tuvimos que conformarnos con quedarnos en Granada. ¡Otro año más sin ir a la Feria del Libro de Madrid!
El disgusto todavía me dura. Solo he estado una vez en la Feria del Libro de Madrid y ya iba tocando repetir. De aquel viaje guardo una muy grata experiencia. Fue breve, pero dio tiempo a saludar a amigos escritores y editores. Compartimos buenos momentos con ellos y estoy segura de que cuando vuelva, también me lo pasaré bien. O mejor, ya que ahora tengo a muchos más amigos y conocidos a los que saludar allí.
De la Feria del Libro de Madrid de 2016 he leído muchas opiniones en las redes sociales. Opiniones de todo tipo. Así que después de pensarlo un tiempo (bueno, no tanto) se me ocurrió recopilar las versiones de todos los que estuvieron allí para publicarlas en el blog. Por ahora solo Maite Núñez ha respondido a mi llamamiento. Si lees esto y estuviste en la Feria del Libro de Madrid, ojalá te animes a contactar conmigo para darle a conocer a los lectores de este espacio tu experiencia. Mientras tanto, os dejo a todos con la interesante crónica de Maite:


El 3 de junio, viernes, volví a firmar Cosas que decidir mientras se hace la cena en la FLM. Digo "volví a firmar" porque era el segundo año consecutivo que acudía a la cita con el mismo libro, lo cual no deja de ser una temeridad.
Firmaba en la caseta de Casa del libro, de 19 h a 21 h, codo con codo con Flavia Company, que firmaba su novela Haru.  Previamente me había paseado por la feria, para saludar a amigos como Sergi Bellver, o Patricia Sarabia de Tropo editores, así como para adquirir yo misma algunos libros.



 Flavia Company y Maite Núñez

©Maite Núñez.


En ese paseo tuve la ocasión de comprobar que este año la palma de las colas se la llevaban autores (?) vinculados al mundo de Internet y youtubers diversos. Vi una larga cola de adolescentes esperando a que les firmara Auronplay (tuve que buscar en Google quién era porque no tenía ni idea). Por contra, diría que este año los famosetes  diversos no tenían unas colas dignas de destacarse. 
Siendo un viernes por la tarde, considero que había bastante gente, pero no muchísima. La gente deambulaba, pero con poca tendencia a acercarse a las casetas. 
Por lo que a mí respecta, la primera hora fue mucho mejor que la segunda (creo que para Flavia fue al revés). Cuando llegué a la caseta me encontré con que la escritora Berta Vías Mahou estaba comprando ambos libros (el de Flavia y el mío) y se lo firmé sin ni siquiera quitarme el bolso. Un rato antes, en mi paseo, había abordado a Berta por la calle, al encontrarla por casualidad. Yo llevaba en el bolso mi ejemplar de su libro Yo soy el otro, que leía en aquellos días. Así que fue un intercambio de firmas algo insólito pero precioso.
  
©Maite Núñez.


A partir de ese momento no dejaron de acercarse conocidos, como los escritores Alena Collar o Miguel Sanfeliú.
Entre la gente que vino hubo quien compró el libro para sí mismo, para regalar (porque ya lo tenía) y otras personas que ya lo tenían pero que querían que se lo firmase. En términos generales, la firma fue más floja que la del año pasado, algo normal teniendo en cuenta que el libro ya tiene un recorrido de casi año y medio. A la gente que se acercaba -menos que el año pasado- a interesarse por el libro había que explicarles hasta las dedicatorias para convencerlas. En eso diría que Flavia tenía más traza que yo.
Tengo otra anécdota muy emotiva: entre la gente que vino estaba un joven que se identificó como sobrino de Caty Luz García Romero. Caty Luz era una amiga de Facebook. Una gran lectora que había tenido la deferencia en su momento de leer mi libro, del que hizo comentarios elogiosos en la red. A Caty me unía también la enfermedad que ella, al final, no pudo superar. Caty había muerto hacía un par de meses y su viudo, desde Pozoblanco (Córdoba) mandaba al sobrino, que se hallaba estudiando en Madrid, para que le hiciera una dedicatoria para el libro, dirigida a Caty, como si aún siguiera viva. Me  pareció un acto de amor precioso. Me emocioné tantísimo que hizo que mi viaje a Madrid valiera la pena ya sólo por ello.

©Maite Núñez.

En fin, que la firma, siendo discreta, me dejó satisfecha. No deja de ser una experiencia antropológica. 


Muchas gracias, Maite, por tu tiempo, tu crónica y tus fotos.


Maite Núñez y Cristina Monteoliva


sábado, 14 de marzo de 2015

Escritores que escriben a mano (VII): LUIS MARTÍNEZ SEMPER

Seguimos con la sección dedicada a los escritores que escriben a mano sus manuscritos. Esta vez el invitado es Luis Martínez Semper, quien tan amablemente ha contestado a mis preguntas y ha proporcionado las fotos que ilustrarán este artículo.
©Luis Martínez Semper
A Luis lo conocí en mi etapa como malvada directora de la web de recomendaciones literarias La Biblioteca Imaginaria. Ya sabéis: él colaboraba con reseñas y yo le daba de vez en cuando con el látigo (metafóricamente hablando). Bueno, no, es broma. Luis era un estupendo reseñista que no me dio nunca quebraderos de cabeza (pero yo sí que era malvada).
Tras este breve inciso, os cuento que Martínez Semper tiene publicado un libro de poemas titulado La dulce mentira de la realidad y algún relato olvidado (esto último, por supuesto, lo añade él)... Actualmente, Luis está enfrascado en una novela de tinte fantástico, cambiando radicalmente de tercio.
Luis se dedica a la creación literaria desde que aprendió a escribir prácticamente. Siempre le ha gustado inventar rimas, historias, pensamientos...
Cuando no escribe, nuestro autor trabaja como profesor de ofimática en un curso para desempleados. Aparte de eso, también colabora realizando análisis y artículos en el mundo de los videojuegos para Juegosdb, así como reseñas de libros en Hello Friki.
Luis prefiere el papel a la pantalla del ordenador para sus primeros borradores porque le permite escribir en el momento preciso lo que le viene a la mente. A nuestro autor le gusta tener a mano papel y bolígrafo. Soy un apasionado de las libretas, las cuartillas, los folios..., afirma.  Me gusta el placer de realizar esbozos a mano, a veces incluso algún pequeño dibujo (dibujo fatal, pero en mi mente aparece como algo descrito al detalle). Luego me siento en mi ordenador y le doy forma al primer esbozo, ampliando datos, descripciones, trama...
Con respecto al tipo de papel que utiliza, Luis me cuenta que la elección depende de lo que tenga a mano. Como ya sabemos, porque se ha comentado antes, a nuestro autor le encantan los artículos de papelería, estrenar una libreta, un bolígrafo, etc. Pero hay veces en las que no tiene a mano libretas y utiliza folios, trozos de papel, etc...
Le pregunto si prefiere el bolígrafo o la pluma y Luis me dice que un bolígrafo cómodo que se deslice bien sobre el papel. La pluma también le gusta, pero no se ha decidido todavía a agenciarse una.
Nuestro escritor intenta escribir a diario, aunque últimamente, por circunstancias de la vida, tiene muy poco tiempo libre. Aun así, siempre lleva encima una pequeña libreta en la cual apunta ideas. Hay veces también que está trabajando con el ordenador, preparando clases o realizando alguna tarea, y se le viene algún flash, del cual hago acopio en una nota de texto, documento, etc. y se lo manda por correo para tenerlo a mano.
El sitio más raro donde ha escrito a mano es una servilleta de una cervecería, una noche de un viernes, escribiendo una especie de himno a la amistad con varios amigos.
©Luis Martínez Semper
Con respeto a lo que vemos escrito de su puño y letra en la foto anterior y las fotocopias, Luis me dice que es su proyecto de novela y que no quiere desvelar mucho para intentar sorprender en el caso de que pueda publicarla; pero, como podemos ver en la foto, se he documentado sobre la historia de la estación del Norte de Valencia, la Lonja. La trama de la historia sucede en la capital del Turia cuando Alberto, el protagonista, despierta un día y comienza a ver cosas que le dejan descolocado, empezando por un despido en el trabajo y el ser buscado por la policía por un encuentro fortuito con un hombre del que no sabe nada, pero que le ha dado el aviso de que no crea que lo correcto pueda ser obligatoriamente correcto... Y hasta aquí puedo leer, ya que todo da un gran giro que incluye cambios de plano astral y otras cosillas interesantes...
Luis tiene un blog que lleva un tiempo sin actualizar:
www.dulcementira.blogia.com Quiere volver a seguir compartiendo mi día a día en el mismo, pero será cuando el tiempo le de una tregua.
¡Pues esperamos que eso sea pronto, Luis! Mientras tanto, ¡a seguir escribiendo y muchas gracias por tu colaboración!

viernes, 27 de diciembre de 2013

EL HOMBRE PEZ, un relato de LOLA LÓPEZ MONDÉJAR

El hombre pez
                                                                                                         
                                               Para Lucía Puenzo  y Sergio Bizzio.

                                   Vivo en agraz, lo sé. Entre la muerte y yo,
                                               Una fina lazada. Camino hacia las aguas
                                               Y me sumerjo en vertical.
                                        
                                               Baila, baila, baila la Danza del Diablo Verde…
                                              
                                   Alberto Chessa[1]

La tumbona es el único obstáculo que interrumpe la superficie lisa de la arena. A pocos metros de un mar incansable, el azul y el blanco de sus franjas perfila su silueta, nítida desde la escollera. No podemos saber quién la ocupa, pues desde aquí los ojos no lo distinguen, pero si nos acercamos hasta ella podemos observar sin temor a molestarle a un hombre. Se llama Juan, y duerme. Su cuerpo menudo se hunde en el vientre de la lona y la cabeza reposa sobre uno de sus hombros estrechos, relajada. Acaricia su mejilla una manta de viaje de cuadros grises y rojos que lo cubre hasta el cuello. Hace frío, pero un sol estampado de nubes débiles calienta su frente.
Juan viene día sí y día también. Coloca la hamaca en el sitio de costumbre, da un largo paseo hasta el muelle, y regresa. Luego reposa tranquilamente mirando las olas. A menudo se queda dormido. No lee ni escucha la radio, sólo el rumor del mar que lo adormece. Sus ojos cansados miran al frente, hacia el horizonte que se confunde con el cielo. Cuando los hay, siguen a algún que otro velero que se recrea en un itinerario azaroso. Hace más de un año que se jubiló. Por debajo de su jersey de lana, un observador minucioso podría distinguir el relieve de un marcapasos incrustado en la piel de su pecho, justo encima de su corazón debilitado, desde hace ya muchos años; aunque hay días en que Juan olvida que lo lleva. Se sienta frente al mar y se olvida de todo. Ahora puede despilfarrar el tiempo, se dice a sí mismo, es lo único que puede malgastar. Lo deja pasar sin hacer nada. Unas pocas obligaciones domésticas que comparte con su mujer, y esa contemplación muda.
No falta nunca. Si llueve, espera a que la lluvia remita y coloca su hamaca en la arena húmeda, salpicada de cráteres como la superficie de la luna en miniatura. Y contempla el mar.
Se diría que toda su jornada está dirigida hacia esas horas vacías en las que Juan parece llenarse de algo. Entorna los labios y  se le escapa una lengua llena de accidentes, una grieta central casi la separa en dos. De niño, los niños se reían de él por culpa de su lengua. Ahora a Juan no le importa. La saca al sol tímidamente, y la deja ahí, en el umbral de su boca, como un reptil.
A menudo también estira sus piernas cortas, las desentumece, las separa y vuelve a juntarlas. Sus piernas se cabalgan y desaparecen; bajo la manta de cuadros bien podían ser sólo una, como la cola de un pez. Tiene las manos pequeñas, de palma ancha y dedos cortos. Manos de agricultor. Hasta los veinte años Juan nunca vio el mar y ahora no concibe cómo pudo pasarse sin él. No le gusta pescar, siente un pinchazo doloroso en el cielo del paladar cada vez que un pez inquieto sale del agua prendido en el anzuelo. Sufre por él. No puede mirarlo. Cuando el pescador lo suelta en el cubo, el pez abre y cierra la boca con desesperación, y Juan lo imita cuando lo mira, con un reflejo que ni siquiera percibe.
Hace más de un año que tiene esa costumbre que tira de él sin remedio; y cada día pasa más horas frente al mar. Su mujer se queja, pero sus protestas no van más allá de una reprimenda cariñosa cuando se le olvida la hora de la cena. ¿Qué comes tú?, le dice, toda la tarde en ayunas, eso no debe de ser bueno. Juan le sonríe. También a él se le hace extraño no haber sentido el murmullo del hambre. Serán cosas de la edad.
No sabe cómo es sentirse viejo, ni siquiera está seguro de que lo sea. A los sesenta y seis años su padre era un anciano, pero Juan, a pesar de sus problemas cardíacos, no se siente ni mucho menos como él. Mientras camina por la playa, de la hamaca a la escollera, de la escollera a la hamaca, Juan se siente un hombre joven. Es más, a veces tiene deseos de nadar, quiere zambullirse en el agua, que intuye fría, y recorrer el mundo. Si fuera pez lo haría. Le sobran fuerzas para intentarlo. Pero luego, su organismo le pide reposo. Y se lo da. Se relaja y medita. Mira la superficie del agua en movimiento y reproduce en su mente lo que él cree que encontraría debajo. Se pasea por el fondo del mar sólo con su imaginación, mientras su cuerpo descansa. Esquiva las rocas y avanza, rozando casi con el vientre las praderas verdes de posidonia.
Hace meses que en su interior suceden cosas. Lo sabe. La piel de sus brazos se ha vuelto más suave y ha perdido el vello negro que la cubría. Su cuerpo se está redondeando imperceptiblemente, como si adquiriera la forma de un huso. Los huesos se adelgazan, han desaparecido bajo el músculo, y Juan siente palpitar su corazón herido con el ritmo acompasado de un tambor. No está seguro pero, a veces, cree que sus dedos han retrocedido dentro de la palma de su mano. Imaginaciones.
Lo que no ha cambiado en este año ocioso es ese deseo secreto de convertirse en pez.
Hace semanas que Juan pasea de otro modo, inquieto. Deja sus zapatos delante de la hamaca y corre hacia el agua con impaciencia. Las olas bañan sus pies y, a veces la pernera de su pantalón, que se humedece, más oscuro, hasta la rodilla. Juan mira hacia el horizonte y resopla, se diría que está esperando a alguien. Qué tontería. Sus pasos no abandonan la línea del agua; llega hasta el malecón y, apenas toca los bloques de piedra, retrocede con prisa.
Desde la escollera, la hamaca se divisa como siempre en el sitio de costumbre. Podemos adivinar al hombre que reposa en ella, que duerme. Ahora, desde donde estamos, le vemos abandonar el vientre curvo de la lona con movimientos de inválido y dejarse caer al suelo torpemente; advertimos cómo se desliza por la arena con sinuosos movimientos de serpiente, cómo avanza decidido por ella, arrastrando el cuerpo al compás de sus brazos, inseparables las piernas. Le vemos alcanzar la orilla impulsado por la pelvis, que mueve de un lado a otro con elegancia anfibia, introducir en el agua la cabeza calva, ovalada, y los brazos cosidos al costado, hasta adentrarse en el mar glacial.
Le vemos, luego, desaparecer en él.





[1] En la radiografía apareció LA PIEL, Huerga y Fierro, 2013.

domingo, 1 de diciembre de 2013

OT, un relato de VÍCTOR CASSINI

Jesús Vázquez miró a las cámaras fijamente y dijo:
- ¡Qué ganas teníamos de verle! ¡Qué ganas teníamos de tenerle con nosotros! Este programa se hace siempre por y para vosotros, así que, ante las insistentes peticiones de la audiencia y de Rafa Cano………. con vosotros, por primera vez en Operación Triunfooo: ¡¡¡¡Ricardoooooo Aaarjonaaaa!!!!
Se hizo una pausa y se encendieron de golpe los 40000 watios de los focos del plató para darle paso al cantante. En esa pausa, se escucharon los tímidos aplausos de un público extrañado y cogido por sorpresa, entre los que se pudo escuchar a través de los micrófonos de ambiente frases como: “¿Quién ha dicho que es?”; “Ah, es el cantante de los Mojinos Escozíos”; “¿Ese no sale en Rebeldes?” o “¡Qué piercing más molón llevas, Jonathan!”.
Ricardo apareció pisando fuerte sobre el escenario mientras gran parte del auditorio aprovechaba para enviar sms con vistas a salvar a sus triunfitos preferidos o para descargar politonos con lo último de King África.  Iba ataviado con camisa negra, vaqueros, zapatillas de deporte, gafas oscuras y un gorro. Acompañaba al conjunto una barba de varios días. Su actitud denotaba ese aire de seguridad de quien está acostumbrado a desenvolverse en los platós. O tal vez el de un ingenuo que desconoce lo que le espera.  
Jesús, que ni tan siquiera por fotografía se había tomado la molestia de conocer al cantautor antes del programa, comenzó a dar muestras de un inusitado interés por el recién llegado cuando lo vio ante él y le dijo:
- Mmmm, Ricardo, ¡qué bueno tenerte aquí! Ven, que esta noche, con toda esta belleza hispana por testigo, España y Guatemala se van a fundir en un fuerte abrazo…
Mientras decía esto, caminaba rápidamente hacia él con los brazos abiertos y las manos plenas de deseo.
Ricardo, que había podido coger al vuelo un brillo de lascivia en los ojos del presentador, le esquivó casi instintivamente, yendo Jesús a abrazarse con el pie de micro.
Después de esta accidentada presentación, y mientras Noemí Galera se afilaba la lengua, Jesús le indicó al cantante que se sentara junto a él en el sofá.
- Bueno, Ricardo – comenzó mientras le acariciaba suavemente el muslo derecho a la vez que el maestro seguía con desconfianza las trazas de su mano, - ¡qué bueno tenerte aquí!
-Sí, bueno, - respondió apartando discretamente la pierna- me divertí mucho visitando la casa…
-Hablando de casa, os informamos, querido público, que a partir de mañana, en todas las oficinas de B B Ubre A, podéis conseguir la hipoteca DUPLO. La única pensada para vosotros, jóvenes que buscáis vuestro primer hogar. La única del mercado que funciona, como indica su nombre, con el Euribor multiplicado por dos y, lo mejor de todo, no os lo perdáis, con un redondeo al alza de 5 puntos. Sólo las primeras 10000 parejas que lo soliciten podrán beneficiarse de esta magnífica oportunidad -. Bien, amigo Ricardo –continuó-, vendrás dispuesto a dármelo todo, - sugirió, traicionado por su subconsciente, mientras con una pose sensual y sin el más mínimo recato miraba las zonas más prohibidas del maestro…
Sintiéndose virtualmente desnudo, el guatemalteco dudó unos instantes antes de contestar.
-Esteee, claro, en esta gala…
Sacando de debajo del tresillo un cartapacio infame, el presentador miró seductor a cámara:
-Hablando de galas, ya está a la venta el último número de la revista de OT, y de regalo, el CD con las canciones de nuestra última gala. Y, como regalo de excepción, hemos añadido el mayor éxito de este verano: nuestro insuperable Batuka Mix. Y girándose de nuevo hacia Ricardo, entornó los ojos, apretó ligeramente los dientes y masculló insinuante:
-Bueno, guerrillero, ¿cómo estás entre nosotros?
Un aliento de hormonas desbocadas golpeó con fuerza el rostro de nuestro amigo, quien, seguro de su procedencia, aprovechó para apartarse un poco más y contestó:
-Sí, sí, muy a gusto…
-A gusto te iba a dejar yo…- masculló. -  Pues nada, ponte de pie, que ha llegado la hora.
-¿Qué hora pues? – preguntó sorprendido.
-La hora de escuchar el veredicto de nuestro jurado.
-Pero, ¿no voy a cantar?
-Tú ya has cantado bastante, ahora a callar. Damos la palabra a Risto. Con su sabio, implacable e inapelable juicio musical.
Risto, para quien no lo sepa, viene a ser un híbrido entre Eugenio, la Señorita Rottelmeyer y el Dr. House. Es decir, la mezcolanza perfecta entre seriedad, severidad y mala baba. Lo más destacable de su aspecto era una media barba, gafas oscuras y pose de proxeneta de salón recreativo. Se mecía en su asiento como adormilado, mientras el brazo izquierdo le colgaba descuidadamente sobre el respaldo. Miraba despreciativo a Ricardo cuando empezó a hablar:
-Vamos aclarando el panorama, chaval. Dices en tu coplilla no sé qué de arruinarnos el momento. Pues mira por donde, a mí me has arruinado la noche. Ese ritmillo de “ra-ta-tan-tán” es más propio para ir fustigándose en la Semana Santa de Algeciras, vamos, para ir con la Cofradía de la Virgen del Mayor Dolor. ¡¡Que por poco me arranco por saetas, coño!! Quítate el complejo de cantante. Tienes cero en actuación. Tu temita no me convence: no te compro. Para mí, tú no eres un producto. Así que por mí, puedes ir llenando la maleta….pero tú, al contrario que la chica de la canción, no la vacíes.
Jesús, que era plenamente consciente de las duras críticas tanto como del buen cuerpo de Ricardo, aprovechó un descuido de éste para aproximarse y acariciarle la melena para consolar…..., bueno, para consolarse. El cantante, distraído, se dejó hacer por unos segundos antes de darse cuenta y propinarle un seco manotazo.
- Y es que en tu dúo con Chenoa,- prosiguió Risto, -te has dejado eclipsar por ella. Está muy por encima de ti. Te ha borrado de la canción. Deberías aprender de ella si quieres llegar a ser algo. De lo contrario, eres historia, tío.
Así que vamos a dejar tu permanencia en manos de la audiencia.
-Bueno, Ricardo,… -comenzó Jesús.
-Ah, y otra cosa.
-Dinos, Risto.
-¡¡¡Iluso!!!
-Pues nada, ya has oído. Pero no te vengas abajo. El jurado es duro, pero lo es por vuestro bien, para que así…
-No, no, si no pasa nada, - le interrumpió Arjona- de hecho, me ha dado ideas para una nueva canción.
- Ah, ¿Sí? ¿Y cómo la llamarás?
- “Gafas negras en el culo”.
- Bueno, bueno, ¡¡bandido!!….. Vamos a ver,  ¡¡Cándido, el otro nominado, baja a reunirte con nosotros!!
Cándido era un chaval de Cádiz que durante su actuación había cometido el grave error de descalzarse y bailar en redondo moviendo la cintura con las piernas zambas a ritmo de rumba mientras con una mano hacía como que se recogía una invisible falda y con la otra estiraba el dedo índice tal y como hubiera hecho la mismísima Lola Flores. El resultado había sido vistoso, lo malo de la cosa es que lo había hecho mientras cantaba una balada de Marc Anthony, el esclavo favorito del clan Stefan. Lo había hecho, se excusaba él, para expresar la fusión de las culturas, pero la explicación no le había valido de nada. Nominación fulminante sin derecho a repesca.
Cándido bajó la escalinata de dos en dos, se abrazó a Ricardo y, golpeándose luego en el pecho con el puño mientras le caía un lagrimón por la mejilla, le dijo:
-Ozú, pisha, ereh de lo mejón. Tío, joé, cago´n tó, te quiero musho, musho, chavá. Tengo toh tuh dihco, “La bahbacoa”, “El negro no pué”… Pa mí eh jun orgullo ehtá aquí con un campeón como tú. Quiiilo, quillo, quiiiilo, ¿eh?…Paze lo que paze, tira p´alante, mohtruo…. – Y, con los brazos levantados, balanceando las caderas hacia adelante y hacia atrás en un gesto que quería parecer sensual, le cantó pletórico escupiéndole a la cara: -Bailemo er Bimbó, Bimbó….
Ricardo ya no se enteraba de nada. Sobre todo porque sus nociones sobre la pronunciación del andaluz profundo eran más bien escasas, a lo que había que añadir que desconocía la discografía de Giorgi Dan…Bueno, simplificando, diríase que des-co-no-cí-a a Giorgi Dan. Entonces vio cómo un celoso Jesús apartaba discretamente a Cándido fuera de plano, y mirando a la cámara decía:
-Pues nada, ya sabéis, para salvar a Arjona, mandad un sms poniendo “Salvar Pingüinos” al 5557. Tenéis exactamente 60 minutos. Vaya, parece que ya tenemos aquí el sobre con el resultado de las votaciones. – Y, susurrando a la azafata, añadió: - A ver si la próxima vez se nos nota menos el tongo, leñe.
A continuación, abrió el sobre y sentenció:
-La audiencia ha decidido, que quien debe continuar su reclusión, estooo su formación en la academia seaaaa…………………¡¡¡Cándido!!!
Y así, mientras Cándido zapateaba por bulerías, una azafata empujó a Ricardo hacia una puerta, mientras los participantes entonaban esa melodía tonta con avaricia:
“Adelante por los sueños que nos quedan, adelante por los sueños que quedan por venir…”
Y así se fue cerrando la puerta del plató, dejando al de Guatemala encerrado en un oscuro zulo. Lo siguiente que vio fue abrirse por el otro extremo del cuchitril una puerta de doble hoja. Mientras lo cegaba una brillante luz, se escuchó una voz femenina que decía:
-Y la puerta de Gran Hermano se abre para…..¡¡Ricardo Arjonaaaa!!
Tres zorrones irredentos se abalanzaron sobre él y le besuquearon sin decoro antes de que Mercedes Milá le cogiera del brazo y le sentara en un taburete.
-Bueno, se ha especulado mucho con el asunto, así que, dinos, ¿con cuál de estas tres chicas te metiste en la cama dentro de la casa?
-¿Dónde he visto yo antes este taburete a cuadros con manchas?- respondió un descentrado Ricardo mientras sus ojos buscaban a alguna becaria.
-¿Cómo dices?
-No, nada. Que yo..esteeee, no sé qué decir…
-Pues que hablen las imágenes. Adelante video.
Y allí se vio un sucio edredón moviéndose pausadamente arriba y abajo, arriba y abajo, mientras debajo reptaba algún irreconocible gusarapo lujurioso.
- ¿Qué tienes que decir a esto?
-¡¡Ayúdame Freud!!

Inició así una infernal espiral de giras entre plató y plató, desde Dolce Vita hasta el Tomate, pasando por una fugaz aparición en Yo soy Bea. Se comenta que desde entonces, el cantautor solo ha sido capaz de componer una mediocre melodía para la campaña electoral del PP.
¿Estáis seguros de que queréis que venga Arjona a OT?


lunes, 7 de octubre de 2013

¿QUÉ ESCRIBE JESÚS ARTACHO?

 A continuación, algunos fragmentos de los relatos que podréis encontrar en EL RAYO QUE NOS PARTA, de Jesús Artacho: 


EL RAYO QUE NOS PARTA

Por aquí apenas pasan coches. El nego­cio no da para mucho, pero al dueño no le en­tra en la cabeza: cerró la gasolinera y luego la ha vuelto a abrir. Mientras haya para seguir tiran­do… No es que haya sido siempre así. Antes de que abriesen la autovía, este era un sitio transi­tado, pero luego, cuando terminaron las obras, la gente dejó de venir y poco a poco nos fuimos quedando solos, la soledad se nos fue adhirien­do al cuerpo como una costra, en realidad como una herida en carne viva. Mi madre me lo avi­só. Pero a veces no oímos, no queremos oír y los cantos de sirena nos atrapan en su telaraña y nos vamos a la mierda sabiendo que está en nuestra mano no caer tan bajo, es la vida, pero algo nos empuja, y nos nubla la vista y nos pone la zanca­dilla para que tropecemos.
Al menos no hay malas vistas, nos que­da el consuelo sentimental del espectacular cielo sangrante de los atardeceres. La carretera pide a gritos una buena capa de alquitrán, desgasta­da por el tránsito parsimonioso de camiones pe­sados y tractores. A veces alguien llega, para el motor pero no reposta, ni siquiera por conside­ración, simplemente se baja del coche y pregunta por el camino porque se ha perdido. Si me que­dase algo de esperanza diría que es desesperan­zador, pero va a parecer que intento dar lástima. No es eso, créanme, durante la mayor parte del tiempo nada de esto me afecta, al fin y al cabo el negocio no es mío, pero mi situación en muchos aspectos es deficitaria y a veces, cuando me voy a la cama o me miro desnuda en el espejo, me pregunto a qué se reduce todo.
A qué se reduce todo.
(Inicio del relato “El rayo que nos parta”)



PHILLIES

Phillies. Así se llama la papelería de mi padre. No pudo ponerle cualquier otro nombre: tuvo que ser Phillies.
Es por el pintor Edward Hopper. En un cuadro suyo, titulado en inglés Nighthawks, hay un bar o un restaurante que se llama Phillies.
No tengo ningún reparo en decir que el cuadro no me gusta. Es más: incluso lo detesto. En el cuadro que les digo no hay nada, sólo una calle desierta y cuatro personas: una mujer y tres hombres. Uno, que lleva un gorrito blanco, está tras la barra de Phillies. Los otros dos, trajeados, llevan un sombrero de fieltro. Uno está solo y de espaldas, y el otro, que parece estar fumando, aunque en el cuadro no se observa ni pizca de humo, quizá no haya encendido aún el cigarrillo y sólo lo sostenga entre los dedos, el otro, digo, está acompañado por una mujer rubia de ves­tido rojo que, dicho sea de paso, no se ve muy animada. De hecho, parece que se esté mirando las uñas, de puro aburrimiento. Pero si uno pres­ta atención descubre que no es así, sino que mira un pequeño papel que sujeta entre los dedos. To­tal, que en el cuadro no pasa nada. No se mueve ni una mosca.
No sé por qué mi padre le puso ese nom­bre a la papelería. Cada vez que se lo pregunto me dice que porque le gusta, o cosas por el estilo para salir del paso, pero barrunto que en el fon­do tiene que haber otras razones. Mi padre no es un entendido en arte, ni mucho menos, e incluso sospecho que Nighthawks es el único cuadro que le gusta.
(Inicio del relato “Phillies”)
  


EL EXILIO INTERIOR

Interrumpió de golpe la canción que estaba tarareando mientras se secaba. Algo in­quieto, detectando ciertas variantes, barrió con la mirada el cuarto de baño, ahora que la nube de vapor permitió a los objetos delimitar sus for­mas. El diseño de los azulejos se le antojó tan ex­traño como ridículo, el bidé había desaparecido, el espejo era ahora oval.
Desde la cocina, una voz lo reclamaba cada vez con mayor urgencia. Hora de cenar. Se apresuró a bajar las escaleras: el pasamanos, el color del mármol… Para cuando se sentó a la mesa de la cocina, varias veces se había pre­guntado dónde estaba, porque aquella no era su casa. Como tampoco era su esposa la mujer que se comportaba como tal y le pedía que le pasase el pan con la voz monótona de quienes llevan años conviviendo.



SALÓN CON BUQUE

Huete busca las zapatillas debajo de la cama. Entonces, algo extraño nota. Hay bajo el colchón una planta, una planta que Huete iden­tifica como hiedra.
Huete no la ha plantado allí. Huete no tie­ne plantas en casa y lo ignora casi todo sobre las plantas. Huete se pregunta si la hiedra es una planta que se planta o una planta que crece por voluntad propia.
Hinca las rodillas en el suelo y observa la hiedra, que para brotar ha resquebrajado una baldosa. Luego recobra su verticalidad algo en­corvada y, antes de acostarse, con la mente toda­vía en la hiedra, se encoge de hombros.
(Inicio del relato “Salón con buque”)



GREGUERÍA

La j es una i recibiendo un soborno.


sábado, 14 de septiembre de 2013

ASÍ ESCRIBE ELENA MONTAGUD (Fragmentos de algunos de sus cuentos)

A partir de entonces como unos títeres sin albedrío fuimos sometidos y al recorrer las calles nos encontrábamos siempre bajo la lluvia, unas veces con paraguas, otras llenándote del chaparrón que colmaba los sentidos, algunas sosteniendo en tu pecho al niño medio desnudo. Nos mirábamos de soslayo pues hasta las miradas estaban prohibidas. La Sevilla de la posguerra no sólo dejó silencios, hambre, suspiros. También nos dejó el deseo escondido, la pasión de las caricias encubiertas. Ni siquiera sé cómo llegó el momento en el que me reconocí en tus ojos, el momento cuajado de encuentros fortuitos, buscándonos nuestras sombras como dos amantes secretos, rozándonos las  manos en las esquinas de las calles, corriendo por las empinadas callejuelas de Sevilla. Albareda, Bailén, Olavide, Galera, Maravillas. Sólo nombres de calles, pero calles cómplices de nuestros anhelos. Jugando al ratón y al gato, entre verdades y mentiras, sonrisas perladas de miseria, retazos de una época en la que no hubo paz pero sí amor.
            No había en Sevilla dos amantes como nosotros, con ese amor salvaje y sucio que censuraba la posguerra. Mujer abandonada con un hijo a cuestas, los hombres te desterraban del Edén que prometían. Y ahora imagino tu pelo azabache movido furiosamente por el viento. En realidad lo recuerdo. Imágenes vívidas, un tanto confusas, de tu boca sobre mis labios, tu lengua curiosa descubriendo la mía, las manos traviesas enredadas en tus cabellos y el amor, tan sólo el amor. Vos me decías que en el amor no se elige, que te atraviesa como un rayo. Reía como un loco, fumando el mate que siempre estropeabas.

(Fragmento de “Cortázar en Sevilla”. Inédito)



© Javier Durán. Ilustración realizada para el cuento “Una parca labor” (Elena Montagud).

 ***

Héctor no volvió a clase después del incidente en los servicios. Los cuchicheos corrieron rápidamente de boca en boca. Me enteré de que estaba muy mal. Cada vez que iba al servicio sangraba profusamente. Los médicos no entendían qué le ocurría. No habían podido encontrarle nada, ni una infección, ni una insuficiencia, ni siquiera un cáncer de riñón, tal como llegaron a sospechar.
            ¿Por qué los demás no sospechaban nada pero yo sí? Ning me parecía más peligroso que nunca. Me mantenía lo más alejado posible de él. Le evitaba por los pasillos. Su sonrisa de dientes torcidos y su ronca voz me inquietaban.
            Los recreos se llenaban con los gritos de “¡Peste, vacuna!”. Ning siempre quería ser el apestado. Cada día tocaba a alguien diferente. Otro niño enfermó. A partir de ahí todo se desarrolló vertiginosamente.
            Tocó a Manuel en la cara. Al día siguiente llegó a clase con una pequeña erupción. Al otro se había convertido en pústulas. Una semana después no volvió. Dijeron que incluso sus padres se repugnaban ante su presencia.
            Tomás, por su parte, fue tocado en el estómago. Por la tarde comenzó a vomitar. Dos días más tarde estaba delgado como una lima. No podía comer, ni beber. Se lo llevaron del pueblo para que lo viera un especialista. No volví a saber de él.

(Fragmento de “El juego de la peste”. En Calabazas en el Trastero: Peste)



© Javier Durán. Ilustración realizada para el cuento “Génesis del placer” (Elena Montagud).

 ***

A través de esos cantos he podido ver más como ella, más crisálidas colgando de árboles tan enormes que rozan las nubes. He podido comprobar que son muy parecidas. Todas ellas comparten esos cabellos verdosos y todas alguna vez han abierto sus ojos para mirarme, para hacerme comprender que están, que son, que existen, que necesitan de alguien para su afirmación. He llegado a preguntarme si sólo saldrán de sus capullos ante el contacto con otros seres humanos y también me cuestiono si en nuestra sociedad alguien estará gozando de tener una de ellas como yo.
            ¿Se abrirá la crisálida? ¿Se mostrará ante mí esta diosa de otro mundo, de otra cultura, de otra civilización? Son tantas las preguntas que me hago, tantas las pasiones que recorren mi atormentado cuerpo. Yo, siempre tan solitario, tan melancólico, tan afligido, soy ahora un hombre que se siente vivo y feliz. Ella ha sido la que me ha devuelto las ganas de vivir, la que me ha hecho entender que tal vez yo no pertenezca a esta orilla y tan sólo sueño con que me lleve al lugar edénico del que ha venido.
            Oh, sí… Hay muchas como ella. Bellas ninfas con alas a su espalda, con ojos que transmiten saberes milenarios y ciencias que el hombre jamás conoció. ¿Quién es?, ¿por qué ha venido a mí?, ¿por qué he llegado a depender de ella? ¿Es esto, acaso, lo que llaman amor?
            Una cosa la tengo muy clara y es que ninguna, ninguna es como ella, porque eligió a un pobre desgraciado para alegrar su vida, porque me eligió a mí.

(Fragmento de “La crisálida”. En Premio DigiBook. Este relato forma parte de una historia mayor que la autora empezó a desarrollar posteriormente y que se encuentra en proceso de escritura).



© Javier Durán. Ilustración realizada para el cuento “Condemnata regina” (Elena Montagud).