Queridos
amigos de La Orilla de las Letras,
llegamos
a este domingo de julio con la entrevista que nos ha concedido la autora Verónica
Criado. Podéis leerla a continuación:
¿Cuándo
descubriste que la escritura era algo más que un pasatiempo?
Nunca me planteé
escribir un libro. Empecé a escribir para poner orden al caos que tenía en la
cabeza. Estaba viviendo una situación muy difícil y necesitaba sacar todos esos
pensamientos y emociones que no dejaban de dar vueltas en mi mente.
Al
principio solo era una forma de desahogarme, pero un día me di cuenta de que,
casi sin buscarlo, llevaba cerca de veinte capítulos escritos. Fue entonces
cuando entendí que aquello ya no era solo una terapia personal. Había
descubierto que disfrutaba convirtiendo mis emociones en palabras y mis
recuerdos en historias.
Creo que fue en ese momento cuando la escritura dejó de ser un simple desahogo y se convirtió en una parte importante de mí.
© Verónica
Criado.
¿Qué lecturas
crees que te han influenciado como escritora?
Mis gustos
literarios son bastante amplios y creo que eso también se refleja en mi forma
de escribir. Una de las biografías que más me ha marcado es la de Isadora
Duncan, que leí con dieciséis o diecisiete años. Curiosamente, recuerdo
perfectamente lo mucho que me impactó, aunque después de tantos años ya no
recuerdo quién era su autor.
También
disfruto mucho de los clásicos, especialmente Jane Austen. Orgullo y
prejuicio me parece una novela extraordinaria. Me apasiona la novela
histórica, con títulos como Los pilares de la Tierra, de Ken Follett, o La
catedral del mar, de Ildefonso Falcones. Y otro libro que siempre
recomiendo es El cuento número trece, de Diane Setterfield, porque
consiguió atraparme desde la primera página.
Si
tuviera que decir qué tienen en común todas esas lecturas, diría que son
historias con personajes muy humanos y con una gran carga emocional. Al final,
eso es también lo que intento transmitir cuando escribo.
¿Qué
estás leyendo ahora mismo? ¿Nos lo recomendarías?
Ahora mismo estoy
leyendo la última novela de la saga Los Bridgerton, de Julia Quinn. Me encanta
la serie y mi marido me regaló la colección completa, así que poco a poco la he
ido disfrutando.
Si
soy sincera, este último libro me está costando bastante. Es verdad que voy con
menos tiempo para leer porque estoy muy centrada en escribir, pero creo que no
está al nivel de los anteriores y, personalmente, no sería el primero que
recomendaría.
Eso
sí, si os gustan las novelas románticas de época, la saga en general me parece
una apuesta segura. Siempre intento leer un rato antes de dormir y creo que
encontrar un buen libro para terminar el día es uno de esos pequeños placeres
que nunca deberían perderse.
¿Cómo
compaginas tus tareas fuera del mundo de las letras con la escritura?
No siempre es
fácil. Trabajo fuera del mundo literario y, como la mayoría de las personas,
tengo responsabilidades, una casa, animales, familia y una vida que atender. No
dispongo de jornadas enteras para escribir, así que he aprendido a aprovechar
los pequeños momentos que encuentro.
No
espero a que llegue la inspiración perfecta. Si tengo una hora, escribo una
hora; si tengo veinte minutos, aprovecho esos veinte minutos. Al final, un
libro no se escribe en un fin de semana, sino siendo constante durante mucho
tiempo.
También
he aprendido que escribir no siempre significa estar delante del ordenador.
Muchas veces una idea nace mientras trabajo, doy un paseo o conduzco. Después
solo queda sentarse y darle forma.
¿Cómo
ves el panorama literario actual?
Creo que hoy en día
publicar un libro es mucho más accesible que hace unos años. Existen muchas
plataformas que te permiten autopublicar con una inversión muy baja. Eso sí,
nadie te libra del dolor de cabeza que supone aprender todo el proceso… (ríe).
Lo
realmente difícil no es publicar, sino conseguir que los lectores te
encuentren. Y todavía más complicado es lograr que vuelvan a leerte. Cuando
nadie conoce tu nombre, no basta con escribir; también tienes que aprender
sobre redes sociales, marketing y analizar estadísticas para entender qué
funciona y qué no. Y aun así, que la gente te conozca no significa que vaya a
comprar tu libro.
Respecto
a las editoriales, prefiero ser honesta: ni siquiera he intentado publicar con
una, así que no puedo opinar desde la experiencia.
¿Y
si cambiaría algo del mundo editorial? Sinceramente, todavía no me siento con
autoridad para responder a esa pregunta. Acabo de empezar este camino y creo
que aún me queda muchísimo por descubrir antes de emitir una opinión
fundamentada.
¿Por qué escribir literatura autobiográfica?
Como he comentado
antes, todo empezó por un motivo muy distinto a la literatura. Una amiga, que
estudiaba Psicología, me recomendó escribir como una forma de afrontar el duelo
por la muerte de mi padre y de mi perra Isis. En aquel momento no tenía ninguna
intención de escribir un libro; simplemente necesitaba poner orden a todo lo
que estaba sintiendo.
Con
el paso de los días me di cuenta de que lo que estaba escribiendo era, en
realidad, una parte de mi vida. Y entonces apareció otro propósito: quería
dejar un legado de mi padre, algo que el tiempo no pudiera borrar.
Por
eso escribo literatura autobiográfica. No fue un estilo que eligiera de forma
consciente; fue el estilo el que me eligió a mí. Mi historia era la única que
necesitaba contar en ese momento.
Creo
que las historias reales tienen una fuerza especial porque nacen de emociones
que ya han sido vividas. Mi intención nunca ha sido escribir para impresionar,
sino escribir con la mayor honestidad posible.
¿En qué momento supiste que tenías que escribir El día que dejé de ser niña?
Hubo un momento muy
concreto. Hacía aproximadamente un mes y medio que había muerto mi padre y,
desde entonces, no había soñado con él ni una sola vez. Un día, dentro de todo
el dolor que estaba viviendo, me encontraba relativamente tranquila. La
medicación para la ansiedad me dejó muy adormilada y me quedé medio dormida en
el sofá.
De
repente, cerré los ojos y vi a mi padre en Villa Bonsái. Creo que estaba
hablando con mi madre. Sus movimientos, su voz… todo era tan real que me
desperté sobresaltada. Fue una experiencia tan intensa que me provocó un ataque
de ansiedad.
Cuando
conseguí tranquilizarme, me senté a escribir. Y fue en ese momento cuando supe
que El día que dejé de ser niña tenía que existir. Ya no importaba si
algún día lo leía mucha gente o solo unas pocas personas. Lo importante era que
la historia de mi padre no desapareciera con el paso del tiempo.
Quería
que quien abriera ese libro conociera a Marcelino. No solo al hombre que pasó
sus últimos días en un hospital, sino al padre, al marido, al trabajador, al
soñador, al hombre que me enseñó a conducir y que llenó de bonsáis una parcela
llamada Villa Bonsái. Quería que, para quienes lo leyeran, mi padre nunca fuera
solo una enfermedad.
¿Qué ha supuesto para ti publicar este libro?
Publicar este libro
ha supuesto exponerme al mundo. Ha sido abrirme en canal y mostrar cómo de
vulnerable me sentí en uno de los momentos más difíciles de mi vida. No ha sido
fácil, porque escribir sobre uno mismo también significa aceptar que los demás
conozcan partes de ti que normalmente permanecen en la intimidad.
Todo
ello ha venido acompañado de mezcla muy extraña de sentimientos. Por un lado,
orgullo por haber sido capaz de terminar un proyecto que jamás imaginé que
escribiría. Por otro, miedo, porque siempre existe el vértigo de compartir algo
tan personal.
Pero,
por encima de todo, este libro ha sido mi forma de rendir homenaje al hombre que
fue Marcelino. Si dentro de muchos años alguien abre sus páginas y puede
conocer una pequeña parte de quién era mi padre, sentiré que, a pesar de todo,
conseguí que una parte de él permaneciera para siempre.
¿Qué nos
puedes contar de El día que dejé de ser
niña?
El día que dejé de ser niña es un libro que
nace del duelo, pero no habla solo de la muerte. Habla de la vida de un hombre
corriente llamado Marcelino, de la relación entre un padre y una hija y de cómo
una pérdida puede cambiarte para siempre.
A
través de sus páginas comparto el proceso que viví durante la enfermedad de mi
padre, la ansiedad, el miedo y la sensación de que mi mundo se desmoronaba.
Pero también hay recuerdos, momentos felices, anécdotas y pequeñas historias
que construyen a la persona que él fue.
No
pretendía escribir un libro sobre la enfermedad, sino sobre el hombre que
existía mucho antes de ella. Me gustaría que quien lo lea pueda emocionarse,
recordar a las personas que quiere y, al cerrar la última página, sienta que
también ha conocido un poco a Marcelino.
¿Hay
algo que te ha faltado contar en esta obra?
Sí. Creo que
siempre quedan cosas por contar. Cuando escribes sobre tu propia vida es
imposible recoger cada recuerdo, cada conversación o cada emoción tal y como la
viviste. Hubo momentos que decidí no incluir porque no aportaban a la historia
y otros que, simplemente, no estaba preparada para escribir.
Además,
el duelo cambia con el tiempo. Hay recuerdos que cobran sentido meses después y
emociones que solo entiendes cuando has avanzado un poco en el camino. Si
volviera a escribir el libro dentro de diez años, probablemente sería
diferente.
Pero
no porque este esté incompleto, sino porque yo ya no sería la misma persona.
Este libro refleja con honestidad quién era en aquel momento y cómo viví
aquella etapa de mi vida. Y creo que eso también forma parte de su verdad.
¿Qué
esperas que los lectores aprendan de El
día que dejé de ser niña?
No creo que los
libros estén para dar lecciones, y mucho menos este. Nunca he pretendido escribir
un libro de autoayuda, porque no me siento quién para decirle a nadie cómo debe
vivir un duelo o afrontar una pérdida. Cada persona tiene su propia historia y
su propia manera de seguir adelante.
Si
tuviera que desear algo, me gustaría que quien lo lea recuerde la importancia
de aprovechar el tiempo con las personas que quiere. A veces creemos que
siempre habrá otra conversación, otra comida en familia o una llamada más,
hasta que un día descubrimos que no es así.
También
espero que quien esté pasando por un momento difícil pueda sentirse acompañado.
No porque yo tenga respuestas, sino porque quizá encuentre en mis palabras a
alguien que también sintió miedo, tristeza, rabia o incertidumbre. A veces,
saber que no eres el único ya es un pequeño consuelo.
Y,
sobre todo, me gustaría que, al cerrar el libro, los lectores no recordaran
solo mi historia, sino también a las personas que han marcado la suya. Porque
este libro habla de mi padre, pero el amor, la pérdida y los recuerdos son algo
que todos compartimos.
¿Qué
nuevos proyectos literarios tienes en marcha?
La verdad es que
nunca imaginé descubrir una pasión por la escritura, pero ahora mismo tengo
varios proyectos en marcha.
Estoy
trabajando en mi segunda novela, Éramos felices… a ratos, una historia
autobiográfica muy diferente a la primera. En ella hablo de las relaciones
tóxicas, pero desde un enfoque en el que también hay espacio para el humor, la
ironía y la capacidad de reírse de una misma, incluso al recordar momentos
difíciles.
Además,
ya estoy investigando y escribiendo un tercer libro, El hombre de General
Mola, 12, un proyecto que nace de la investigación sobre la historia de mi
familia paterna. Es una novela en la que conviven hechos reales con elementos
de ficción, porque hay preguntas que los documentos pueden responder y otras
que solo la imaginación puede intentar reconstruir. Mi intención no es cambiar
la realidad, sino dar vida a una historia que, en muchos aspectos, quedó
incompleta.
Ahora
mismo mi prioridad es que El día que dejé de ser niña encuentre a sus
lectores, pero tengo claro que la escritura ha llegado a mi vida para quedarse
y estoy deseando seguir contando historias.
¿Te
gustaría añadir algo antes de terminar esta entrevista?
Simplemente me
gustaría dar las gracias a todas las personas que han dedicado un momento de su
tiempo a leer esta entrevista y, por supuesto, a quienes decidan darle una
oportunidad a El día que dejé de ser niña.
También
quiero agradecer a mi familia, a mis amigos y a todas las personas que me han
acompañado durante este camino. Escribir este libro ha sido un viaje muy
personal, pero nunca habría podido recorrerlo sola.
Y,
si alguien que esté leyendo estas líneas está pasando por un momento difícil,
solo espero que nunca pierda la esperanza. A veces la vida nos rompe por
completo, pero incluso en esos momentos somos capaces de descubrir partes de
nosotros que no sabíamos que existían. Yo descubrí la escritura cuando más la
necesitaba. Nunca imaginé que acabaría escribiendo un libro, y mucho menos que
algún día estaría compartiendo mi historia con los lectores.
Muchas
gracias, Verónica, por tu tiempo,
tus palabras y tus fotos personales. Lamentamos muchísimo tus pérdidas. Asimismo,
esperamos que tu faceta como escritora te resulte siempre enriquecedora.
Y
vosotros, amigos del blog, gracias
por estar un día más atentos a nuestras publicaciones. Ahora, ¡a leer!
Cristina
Monteoliva











