Queridos amigos de La Orilla de las Letras,
comenzamos una nueva semana con la entrevista que nos
ha concedido la autora Natalia Gómez del Pozuelo, la cual podéis leer a
continuación:
¿Cuándo
descubriste que la escritura era algo más que un pasatiempo?
Creo que mucho antes de saber que quería dedicarme a escribir.
Cuando era adolescente nos
trasladamos a Bélgica con mi familia y sentí la necesidad de escribir cartas a
mis amigos para no sentirme sola y aislada del grupo. Escribía y recibía una
cantidad enorme; algún mes llegaron a cincuenta. Curiosamente, acabé siendo la
que mejor conocía las corrientes profundas de la panda, porque por escrito las
personas se soltaban más.
Aquellas cartas fueron el germen
de mi escritura. Tal vez por eso, tantos años después, mi principal
comunicación con los lectores sigue siendo epistolar, a través de una newsletter
que envío cada semana. Y tal vez por eso también soy mejor narradora que
inventora: me interesa mucho observar lo que sucede y encontrar una forma, a la
vez cruda y tierna, de contarlo.
©Natalia Gómez
del Pozuelo.
¿Qué
lecturas crees que te han influenciado como escritora?
Lo que uno lee al principio de la vida tiene una gran influencia
en la propia mirada y la propia voz.
De pequeña leí a los clásicos
españoles en el colegio (El lazarillo de
Tormes, La celestina…)
Durante el periodo que viví fuera
de España, tuve la suerte de encontrarme con profesores que amaban
profundamente la literatura.
En un colegio de habla inglesa, un
profesor me puso en contacto con Homero, Shakespeare, Twain, las Brontë… Había
una biblioteca espectacular y yo iba cada semana a por nuevos libros. Si nos
pedía leer La Odisea, yo leía también La Ilíada; si tocaba El
rey Lear, aprovechaba para leer Romeo y Julieta. Esa voracidad
lectora hizo que dominara el idioma muy deprisa, casi por ósmosis.
Cuando por fin me sentía cómoda en
inglés, me cambiaron a un colegio belga francófono y vuelta a empezar:
Flaubert, Balzac, Camus, Sartre, Beauvoir, Proust… Allí tuve otra profesora de
literatura que me llegó al alma.
Con el tiempo entendí que al
aprender un idioma no incorporas solo palabras: incorporas una cultura, una
forma de pensar, incluso una manera distinta de mover la boca. Yo notaba que mi
personalidad cambiaba dependiendo del idioma que utilizaba.
Más adelante viví en Colombia y
leí a los escritores latinoamericanos….
En gran medida he ido adaptando la
lectura a mis circunstancias.
Ahora me atrae especialmente leer
a mujeres. Después de décadas identificándome (por fuerza) con personajes
masculinos, me interesa muchísimo descubrir cómo contamos el mundo nosotras.
¿Qué
estás leyendo ahora mismo? ¿Nos lo recomendarías?
Acabo de terminar dos libros muy diferentes: Una trenza de
hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer, y el libro de Gisèle Pelicot.
Recomendaría los dos al cien por
cien. Una trenza de hierba sagrada me ha interesado especialmente por
esa manera de desmontar la separación entre seres humanos y naturaleza, algo
que está muy presente también en mi escritura.
El de Gisèle Pelicot me ha gustado
muchísimo porque no es nada sensacionalista y narra los hechos desde un lugar
alejadísimo al de la víctima, lo que le da una fuerza mayor. Me parece
importante lo que pone delante de nuestros ojos sobre la violencia sexual, el
consentimiento y aquello que la sociedad ha aprendido a no mirar.
¿Y
a qué te dedicas cuando no estás escribiendo?
A caminar por el monte, cocinar, limpiar, cuidar el huerto… Para
escribir necesito mucho tiempo de soledad pero también me gusta mucho pasar
tiempo con mis afectos.
¿Cómo
ves el panorama literario actual?
La verdad es que no lo sigo demasiado como “panorama”. Llego a
los libros por recomendación, ya sea de una persona —tengo un par de amigas con
muy buen gusto y criterio— o a través de otros libros: una referencia, una
cita, un/a autor/a que menciona a otro/a...
Supongo que mi mapa literario se
construye más así, por conexiones, que siguiendo novedades o listas de éxitos.
Si
tuvieras que elegir entre ensayo, novela y autoficción, ¿con cuál te quedarías?
Para leer, con cualquiera de los tres. Para escribir me cuesta
mucho elegir porque tiendo precisamente a bailar entre géneros. Varios de mis
libros son difícilmente clasificables y eso me gusta.
A veces necesito la libertad de la
novela, otras la reflexión del ensayo y otras partir de la experiencia vivida
para llevarla a otro lugar. No me interesa demasiado decidir de antemano en qué
casilla tiene que entrar un texto.
Tienes
un currículum literario extenso. ¿Qué obras destacarías de las que has
publicado?
El código del
garbanzo es uno de esos libros difíciles de clasificar: un
ensayo novelado o un “cuentito filosófico”, como lo describió una amiga. Y
además de un libro es un juego con el lector. Trata sobre lo femenino y lo
masculino, un tema que me ha acompañado durante muchos años.
Con Últimas
conversaciones con la tía Flor creo que encontré mi voz
narrativa. Es probablemente mi texto más íntimo y tiene para mí un lugar
especial.
Y ahora está La mirada del
corzo, que recoge muchos temas que venía explorando desde hacía
años: la autonomía emocional, la naturaleza, el amor, nuestra forma de mirar y
los automatismos que condicionan nuestras relaciones.
La mirada del corzo es tu última
obra publicada. ¿Cómo surgió la idea de escribirla?
En realidad, el libro no nació como un libro; nació como un
viaje.
Tenía desde hacía tiempo una
pulsión muy fuerte: salir andando desde la puerta de mi casa, sin etapas ni un
destino cerrado, y caminar hacia dónde me llevara la vida. Quería saber qué
sucedía si reducía durante unas semanas la vida a lo imprescindible.
Decidí contar el viaje a diario a
los lectores de mi newsletter y ,al compartir el proyecto, aquel viaje que
hasta entonces solo existía en mi cabeza, se volvió real. Ya no había vuelta
atrás.
Durante el camino escribía
deprisa, casi de manera anecdótica, porque tenía que caminar, buscar agua,
comida, un sitio donde dormir... Pero por debajo se estaban gestando otros
textos. Al regresar sentí que necesitaba seguir escribiendo.
Y entonces apareció otra historia
que no había previsto: la relación con un hombre al que había conocido durante
el viaje. Ahí comprendí que el verdadero libro no iba a ser solamente el relato
de una caminata.
¿Qué
nos puedes contar de ella?
La mirada del corzo empieza con una mujer de
cincuenta y cinco años que sale andando desde su casa hacia Francia sin saber
exactamente hasta dónde llegará. Lleva una mochila de diez kilos, duerme muchas
noches en el monte y atraviesa la España menos poblada.
Durante ese viaje sucede algo que
no esperaba: cuanto más sola está, menos sola se siente. La relación con el
entorno, con los animales, las plantas y las personas que va encontrando se
intensifica.
Después aparece un hombre y
emprenden juntos otro viaje, esta vez en bicicleta. Y sucede algo paradójico:
lo que aparentemente debía ser un viaje acompañada empieza a vivirlo en
soledad.
Creo que ahí está el corazón de la
novela. No tanto en la relación en sí, sino en lo que nos sucede cuando entra
el amor —o la expectativa del amor— y empezamos, casi sin darnos cuenta, a
mirar con los ojos del otro.
¿Qué
crees que diferencia a La mirada del corzo de historias similares?
No he leído una historia que se parezca mucho.
La primera parte puede
emparentarse con la literatura de viajes a pie como los de Thoreau o Le Breton,
o con libros en los que caminar permite mirar el territorio y mirarse a una
misma, como Salvaje de Sheryl Strayed. Pero después el libro se desplaza
hacia otro lugar.
No es una novela romántica ni una
historia de desamor. Me interesaba observar algo mucho menos espectacular: los
pequeños automatismos que aparecen cuando dos personas empiezan a relacionarse
y cómo una mujer que se siente autónoma y libre puede comenzar a modificar su
mirada sin apenas darse cuenta.
La antropóloga Mari Luz Esteban
dijo algo sobre el libro que me gustó mucho: que parecía una etnografía de las
relaciones amorosas. Creo que describe bastante bien la segunda parte. Observo
la relación casi como si estuviera haciendo trabajo de campo conmigo misma.
¿Qué
esperas que los lectores aprendan tras la lectura de este libro?
Nada en concreto. El libro propone preguntas, no respuestas.
No me interesa decirle al lector
cómo tiene que amar, vivir o relacionarse. Me interesa que observe sus propios
mecanismos.
Y, por lo que me están contando
algunos lectores, eso está sucediendo. La escritora María Acaso, por ejemplo,
decía que el libro le había hecho pensar en cuánto piloto automático tenemos
instalado y hasta qué punto condiciona nuestra vida. Y otro lector, Alessandro,
escribió que la novela le había llevado a preguntarse cuánto interpretamos a
los demás desde nuestras propias creencias, miedos y expectativas.
Eso me interesa mucho más que
transmitir un aprendizaje concreto: que cada lector cierre el libro con
preguntas distintas de las que tenía cuando lo abrió.
©Natalia Gómez
del Pozuelo.
¿Qué
nuevos proyectos literarios tienes en marcha?
Acabo de empezar un nuevo texto y estoy chisporroteante de
creatividad.
Todavía no quiero hablar mucho sobre él, pero sí puedo contar
que he elegido un punto de vista muy curioso para la narradora. Es difícil y,
precisamente por eso, me interesa.
Me suelo pasar tres o cuatro años
con cada libro, así que necesito que la propuesta me produzca curiosidad
durante mucho tiempo. De momento me estoy divirtiendo, que es una buena señal.
¿Te
gustaría añadir algo antes de terminar esta entrevista?
Como escritora, me interesa mucho observar qué va a suceder con
la inteligencia artificial y la literatura. No tanto entrar en la discusión de
si una máquina puede o no escribir una novela, sino ver qué nos obliga a
preguntarnos sobre la escritura humana.
Durante mucho tiempo hemos dado
valor a determinadas capacidades porque eran exclusivamente nuestras. Cuando
una máquina empieza a hacer algunas de ellas razonablemente bien, la pregunta
cambia: ¿qué buscamos cuando leemos?
Yo sospecho que tendrá cada vez
más valor aquello que nace de una mirada particular, de una experiencia, de un
cuerpo que ha vivido, de una contradicción que no está resuelta. Quizá la IA
nos obligue a preguntarnos qué hay verdaderamente nuestro en lo que escribimos.
Y esa pregunta me parece apasionante.
Muchas gracias, Natalia, por tu tiempo, tus palabras y
tus fotos personales. Te deseamos una carrera literaria larga, próspera y
satisfactoria.
Y
a vosotros, amigos del blog, gracias
por estar un día más atentos a nuestras publicaciones. Ahora, ¡a leer!
Cristina
Monteoliva







