Queridos
amigos de La Orilla de las
Letras,
comenzamos la semana con la extensísima entrevista que nos ha concedido el autor Alfonso Segarra. Podéis leerla a continuación:
¿Cuándo descubriste que la escritura era algo más que un pasatiempo?
Bastante tarde. Mi vida había seguido otros
caminos: la medicina, la literatura científica, la epidemiología, la
universidad, la gestión sanitaria, la economía… Durante muchos años mi trabajo
consistió, de una manera u otra, en intentar comprender problemas complejos,
tomar decisiones y observar cómo reaccionan las personas y las instituciones.
Pero las historias siempre estuvieron ahí.
Supongo que llegó un momento en que dejaron de conformarse con vivir en mi
cabeza y empezaron a exigir que las escribiera.
Y descubrí que aquello ya no era un simple
pasatiempo cuando empecé a pensar en una novela mientras hacía otras cosas;
cuando un personaje podía acompañarme durante días hasta que entendía qué tenía
que hacer con él; y, sobre todo, cuando empecé a reescribir.
Porque imaginar historias es apasionante.
Corregir una misma página infinitas veces hasta conseguir exactamente el ritmo
que buscas ya es una declaración de intenciones.
Quizá haya llegado tarde a la literatura, pero
llego con una ventaja: he tenido muchos años para observar a las personas.
Y las personas siguen siendo el mejor material que existe para escribir novelas.
¿Qué
lecturas crees que te han influenciado como escritor?
Muchas, y afortunadamente muy diferentes.
Me gustan los escritores capaces de contar una
gran historia sin renunciar a las ideas. La literatura de intriga, la novela
histórica, el thriller político, el espionaje… pero también el ensayo, la
historia, la ciencia o la economía.
Admiro a autores tan diversos como Cervantes,
Leon Tolstoi, Stendhal, Dumas, Wilkie Collins,
Dickens, Kent Follet, Arturo Pérez-Reverte, Carlos Ruiz Zafón, Javier
Sierra, John Grisham, Daniel Silva, Steve Berry o Dan Brown por razones distintas.
Algunos construyen extraordinariamente bien la atmósfera; otros dominan el
ritmo, la documentación, el suspense o los mecanismos del poder.
Pero probablemente mi formación como escritor
procede también de lugares menos evidentes.
He pasado buena parte de mi vida profesional
dentro de grandes organizaciones. Y cuando observas durante años cómo funcionan
las instituciones descubres que la realidad contiene todos los ingredientes de
una buena novela: ambición, generosidad, rivalidad, lealtades, silencios, egos,
intereses, alianzas inesperadas…
A veces incluso un buen villano.
La diferencia es que en una novela tienes que
conseguir que resulte creíble.
¿Qué
estás leyendo ahora mismo? ¿Nos lo recomendarías?
Tengo la costumbre, desde hace muchos años, de
leer —o releer— varios libros a la vez. Sé que para algunas personas eso
resulta un poco caótico, pero a mí me gusta cambiar de registro según el
momento.
Acabo de leer Las confesiones de Maigret, de Georges Simenon; Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI,
de Yuval Noah Harari; La
llibreria de les hores mortes, de Laura Autonell; y también he
vuelto a Guerra y paz,
de León Tolstói.
Vistos juntos parecen una combinación bastante
improbable, pero quizá expliquen bien cómo leo.
De Simenon me fascina la capacidad para
observar a las personas con muy pocos trazos, sin necesidad de grandes
artificios. Harari me interesa porque obliga a levantar la vista y preguntarse
hacia dónde vamos como sociedad, qué papel tendrán la tecnología, la
inteligencia artificial, el poder o incluso nuestra propia idea de ser humano. La llibreria de les hores mortes
representa algo distinto: el placer de encontrar voces más próximas y
contemporáneas, y descubrir cómo otros autores construyen sus propios mundos. Y
Tolstói pertenece ya a otra categoría: uno puede leer Guerra y paz por la historia,
por los personajes, por la guerra, por la política o simplemente para recordar
hasta dónde puede llegar una novela.
Sí, los recomendaría todos, pero por razones
completamente diferentes.
Y quizá esa sea también mi manera de entender
la literatura: no me interesa leer siempre lo mismo porque tampoco me interesa
escribir siempre la misma novela.
Creo que un escritor tiene que contaminarse de
muchos mundos. La literatura, la historia, la ciencia, la filosofía o la
tecnología terminan encontrándose de formas inesperadas.
A veces una idea para un thriller aparece leyendo a Simenon. Otras veces aparece leyendo a
Harari. Y alguna vez, seguramente, leyendo a Tolstói uno simplemente recuerda
que todavía queda muchísimo por aprender.
Muchas veces, oyendo cada día las noticias.
¿Cómo
compaginas tus numerosas ocupaciones con la escritura?
Lo compagino mal, sinceramente. Con una
combinación de organización, entusiasmo y cierto grado de insensatez.
Durante muchos años he compaginado medicina,
gestión, docencia, investigación y otros proyectos, así que estoy acostumbrado
a que el día tenga menos horas de las que necesitaría.
Pero la escritura tiene una peculiaridad: uno
no escribe únicamente cuando está delante del ordenador.
Una novela continúa funcionando en algún lugar
de la cabeza mientras conduces, caminas, estás comiendo o haces cualquier otra
cosa. De repente entiendes por qué una escena no funcionaba. O aparece una
solución para algo que llevaba meses o incluso años bloqueado.
He aprendido que lo importante no es
necesariamente escribir muchas horas todos los días. Es no perder el contacto
con la historia.
Cuando una novela te ha atrapado, en realidad
nunca terminas de salir del todo de ella.
¿Cómo ves
el panorama literario actual?
Lo veo extraordinariamente vivo y
extraordinariamente competitivo, pero también excesivamente mercantilizado.
Hoy se escribe mucho y, probablemente, se
escribe mejor de lo que a veces pensamos. Estoy convencido de que existe un
enorme número de novelas y ensayos extraordinariamente escritos que nunca
llegarán a ver la luz porque no superan los filtros comerciales de unos pocos
grandes grupos editoriales.
Y eso me parece una mala noticia, no solo para
los autores, sino para la literatura y para la circulación de ideas.
El problema aparece cuando la pregunta deja de
ser «¿este libro merece ser leído?» y pasa a ser únicamente «¿cuántos
ejemplares podemos vender?». En ese momento, inevitablemente, muchas voces
quedan fuera.
Hace poco comentaba un escritor de gran
prestigio que había enviado una novela a una editorial utilizando un
pseudónimo. La obra, según explicaba, estaba al mismo nivel que sus libros
anteriores. Fue rechazada directamente. Cuando se aclaró que detrás de aquel
nombre desconocido estaba en realidad un autor consagrado, la valoración
cambió.
La anécdota muestra hasta qué punto no se
juzga solo el texto: se juzga también la marca, el nombre, la expectativa de
ventas y la seguridad comercial que acompaña al autor.
De ahí se explica, en buena medida, el auge de
la autopublicación. Muchos escritores han entendido que ya no necesitan esperar
indefinidamente a que una estructura comercial decida si su obra merece
existir.
Ahora bien, la apertura también tiene su reverso:
se publica muchísimo y no todo tiene la misma calidad.
A eso se añade un fenómeno nuevo, que es la
producción automática de textos mediante inteligencia artificial. La IA puede
ser una herramienta magnífica para documentarse, ordenar información o explorar
ideas, pero cuando se utiliza para fabricar literatura de manera mecánica el
resultado suele ser pobre, repetitivo y bastante reconocible. Por fortuna, creo
que la voz auténtica sigue siendo difícil de falsificar.
Y al final eso es lo que importa: tener algo que decir y
una manera propia de decirlo.
¿Escribirías
una novela de moda para hacerte famoso?
Para hacerme famoso, no, pero si la novela
funciona no renunciaría a la fama.
Para escribir una buena novela sobre algo que
estuviera de moda y que realmente me interesara, naturalmente.
Hay una diferencia importante.
Escribir una novela exige demasiado tiempo
como para dedicar años a contar una
historia en la que no crees. Además, perseguir las modas literarias tiene un
inconveniente: cuando consigues alcanzarlas, normalmente ya están marchándose
hacia otro sitio.
Y respecto a la fama… Preferiría que primero
fueran conocidas mis novelas.
Luego ya veremos qué hacemos con el escritor.
¿Por qué
te has decantado por Amazon a la hora de publicar tu novela El legado
Treviso?
En cierta manera ya lo he explicado hace un
momento.
El legado
Treviso tuvo una edición a
través de Caligrama. Posteriormente decidí ampliar su recorrido incorporando
Amazon, especialmente como vía de acceso digital y de distribución.
Amazon tiene la virtud de convertir el mundo
en una librería potencial, siempre y cuando alguien encuentre tu novela entre
la selva de publicaciones
Un lector puede descubrir tu novela desde otra
ciudad o desde otro país y acceder a ella inmediatamente. Para un escritor que
quiere ampliar su audiencia, eso es un camino, aunque yo no creo que sea el
mejor.
Pero no veo Amazon y la edición tradicional
como opciones enfrentadas.
Aspiro a que mis novelas tengan el mayor
recorrido posible y, naturalmente, me gustaría hacerlo también junto a un
agente y una editorial capaces de llevarlas a más lectores, a otros mercados y
a otros idiomas.
No tengo una posición ideológica respecto al
formato.
Tengo una posición mucho más sencilla: quiero que las
historias encuentren lectores.
¿Cómo
surgió la idea de escribir esta obra?
El legado Treviso surgió, en buena medida, de conversaciones
con mis hijos y con personas de su generación. Escuchaba con frecuencia las
mismas quejas de la gente joven: la falta de oportunidades de futuro, la
sensación de vivir en una sociedad dirigida por otros, la desconfianza hacia
las estructuras de poder —religiosas, políticas, económicas o financieras— y,
al mismo tiempo, un gran alejamiento de cualquier compromiso que implicara
tomar partido e intentar cambiar las cosas.
Me parecía una contradicción muy interesante.
Por una parte, existía una crítica intensa hacia el mundo recibido. Por otra,
también una cierta resignación cómoda: intentar vivir bien dentro de una
sociedad que, en realidad, satisface muchas necesidades y permite niveles de
bienestar muy superiores a los de generaciones anteriores.
Y entonces apareció la pregunta que acabaría
convirtiéndose en el núcleo de la novela: ¿Qué ocurriría si la fortuna pusiera
inesperadamente en tus manos la capacidad de decisión y de influencia que tanto
reclamas?
¿Y qué sucedería si ejercer ese poder
implicara arriesgar precisamente todo aquello que ya tienes y que no quieres
perder?
Ahí desaparece la comodidad de la crítica. Ya
no puedes limitarte a decir que otros deberían cambiar las cosas. La fortuna ha
puesto en tus manos algo que todos desean poseer y controlar, y nadie va a
permitir que permanezcas indiferente. Tendrás que tomar partido. Tendrás que
decidir. Y cualquier decisión tendrá un precio.
En ese sentido, El legado Treviso es,
por encima de todo, un desafío. Una invitación al lector a plantearse qué haría
él cuando ya no pudiera permanecer al margen.
Porque es muy fácil reclamar poder mientras no
lo tienes. Lo difícil empieza cuando de verdad puedes ejercerlo.
Entonces, durante un viaje por el norte de
Italia, apareció en mi cabeza Luca
Vidal-Treviso. Un joven acostumbrado al
bienestar y a una vida fácil pero con un sentimiento íntimo de que la vida que
han organizado para él no le pertenece y con una carencia afectiva derivada de
la muerte prematura de su madre. Su vida cambia por completo cuando acepta un
legado que le obliga a tomar decisiones
reales sobre poder, verdad y responsabilidad. Es un personaje que pasa de la
comodidad a la conciencia, y ese viaje interior es el motor de la novela.
¿Qué nos
puedes contar de El legado Treviso?
Lo suficiente para despertar curiosidad y no
lo suficiente para estropearla.
Es una obra de suspense, pero también una
mirada crítica a nuestra sociedad. Una historia que quiere entretener pero que
no renuncia a plantear preguntas incómodas. En definitiva, una novela escrita
con el ánimo de atrapar desde la primera página y que, al final, invite a
pensar mucho más allá del último capítulo.
Todo empieza con una herencia. El
protagonista, Luca Vidal-Treviso, recibe mucho más que dinero: información
cifrada que contiene pruebas capaces de comprometer a personas e instituciones
enormemente poderosas. A partir de ahí, lo que parecía un asunto familiar
empieza a crecer hasta convertirse en una historia internacional donde se
mezclan poder, Vaticano, tecnología, intereses económicos, servicios de
inteligencia, lealtades y traiciones.
Pero la novela trata realmente de algo más
profundo. Sobre todo,
del poder en diferentes formas. Religión, corrupción, geopolítica
contemporánea, inteligencia artificial, medios de comunicación, manipulación
social, memoria familiar y la eterna pregunta: ¿quién controla realmente el
relato de la verdad?
La novela está concebida como una metáfora
contemporánea sobre el poder y la verdad.
Bajo la superficie de un thriller con conspiraciones, hay una reflexión: ¿quién controla
realmente nuestra realidad, hasta qué punto aceptamos la versión sin
cuestionarla y qué estamos dispuestos a arriesgar por conseguir nuestro propio
lugar en el mundo? ¿Aprovechamos las oportunidades que la fortuna nos pone al
alcance?
A lo
largo de la novela, se tratan varios temas, en diferentes capas, y bajo
diferentes escenarios, creados para transmitir cada una de las ideas:
El
primero es la corrupción en la iglesia concebida como un poder que, además de
una gran cantidad de dinero, controla algo tan importante como el sentimiento y
las creencias de más de mil quinientos millones de personas, pero que está
dirigida por seres humanos y por una
estructura jerárquica que no difiere de las de otros poderes y que es
susceptible de corromperse fácilmente si olvida sus orígenes y su misión.
El
segundo, es el nivel de aceptación social del poder. La novela plantea una
interacción entre distintos tipos de poder. El religioso representado por la
curia y por su antítesis, el MRIC. El financiero, representado por la familia
de Luca y su entorno y por los integrantes de la Liga Católica, con el exponente
de Carlo Pellegrini. El político e influyente, representado por Gisella
Garitano, ganado a base de maniobras, negociaciones artimañas y trade-off y basado en el control de las
estructuras administrativas. El monárquico de las élites, obtenido a base de
expolios y guerras y venido a menos con las democracias, representado por
Helena Voss. El de la comunicación masiva y su control, representado por Alex y
su equipo de informáticos. El poder oculto que siempre controla sin ser visto,
representado en este caso por CNI y por la figura de Samuel Torres.
En
todos los casos hay luces y sombras, como siempre que se llega al poder. Nadie
está dispuesto a explicar cómo llegó a tener poder o fortuna económica, pero la
información que contiene el legado que hereda Luca, es capaz de revelar
secretos individuales que nadie desea que salgan a la luz pública.
El
Legado Treviso plantea que muchas de las instituciones que
decimos defender —políticas, religiosas, económicas— se sostienen sobre
verdades ocultas, y que quizá no sobrevivirían si estas salieran a la luz.
La
novela no se pregunta sobre el mundo
real —ya lo conocemos bien—, sino si
preferimos no saber que existe. Porque la estabilidad nos resulta más cómoda
que admitir la verdad.
Además,
plantea un hecho difícil de rebatir.
Aunque haya disponible una información capaz de desestabilizar
gobiernos, fortunas y credos…, finalmente, nadie puede asegurar que revelar esa
verdad mejore el mundo o conlleve, simplemente, el cambio de algunos actores, y
la comedia humana quede tal y como estaba y siga su guion.
El
tercero es la posición individual frente al poder. La mayor parte de personas,
vivimos en un mundo dominado por el estado del bienestar, anteponiendo la
preservación de la comodidad y disfrutar
de las cosas materiales, al análisis de lo que sacrificamos para hacerlo. Mantener
el estado de bienestar de la sociedad, para el individuo implica delegar
decisiones y responsabilidades y, en consecuencia, aceptar ceder una gran parte
de su libertad individual a quienes
llegan a ostentar el poder de tomar las decisiones.
Desde
esa comodidad, muchos contemplan los poderes que definen las reglas de juego del mundo —la política, la religión, el dinero,
la comunicación— como si pertenecieran a otra esfera. Algo ajeno que no merece
la pena explorar.
Luca
encarna esa idea: es la hipérbole del bienestar. Un joven rodeado de lujos, sin
problemas económicos… siempre y cuando acepte la historia vital que otros han
construido para él desde que era un niño y el relato que han construido sobre
su vida, sin plantearse si es cierto. Pero de pronto, la vida lo sitúa frente
ante una oportunidad de cambio radical, una herencia monumental: una fortuna
inmensa y, sobre todo, una información capaz de alterar equilibrios de poder.
Ahí
comienza su verdadero conflicto: puede elegir el camino fácil y permanecer en
su zona de confort, o asumir que esa riqueza, que ha aparecido de repente y de
forma inesperada, implica una responsabilidad y un riesgo. Lo que posee, tal
vez pueda cambiar la vida de un gran
número de personas pero, para hacerlo, debe estar dispuesto a sacudir su vida y
su comodidad, a cuestionar sus orígenes
y su pasado y, en última instancia, la
legitimidad de aquello que le ha permitido vivir tan cómodamente durante toda
su vida.
Este mensaje está también dirigido al lector joven: ese
sector de la sociedad que lucha por buscar su lugar en el mundo y ve imposible
poder alcanzarlo, porque hay demasiados poderes que deciden por él y limitan
sus expectativas. La novela plantea una idea clara: si quieres encontrar tu
lugar, debes generar tu oportunidad o aprovecharla si el azar la pone delante de ti. Eso puede
implicar abandonar la comodidad, asumir riesgos y tomar partido. Porque la
apatía nunca transforma nada. Y solo quienes deciden participar activamente en
el orden social pueden llegar a cambiarlo.
Por
último, la novela también plantea una pregunta directa: escandaliza el dinero sucio. Obtenerlo por
vías fraudulentas y fuera de las leyes establecidas es penado por la justicia,
de forma más o menos implacable, y reprobado socialmente. Nuestro país,
desafortunadamente, es una mina en lo que a este tema se refiere. Abundan
ejemplos muy recientes que sería innecesario detallar. Sin embargo, muchas de
las fortunas -y de las familias que hay detrás de ellas- que hoy en día merecen
el máximo respeto, la aprobación social, son presentadas con tintes de
ejemplaridad, suscitan admiración popular y, de hecho, ostentan muchos de los
poderes, hace muchos años, tuvieron su origen en la explotación humana, en el
tráfico de personas, en la destrucción, en la guerra, en comerciar con bienes básicos y acapararlos en tiempos de miseria, en prevaricaciones, concursos amañados, tratos
preferenciales y otros muchos negocios que consideraríamos éticamente
reprobables. Parece que aquellos orígenes hayan sido olvidados. Como si el
tiempo, por sí solo, fuera suficiente para legitimar cualquier hecho pasado y
cómo si hubiera dos raseros morales, uno para juzgar lo que ocurrió en el
pasado y otro para juzgar lo que ocurre en el presente.
¿Qué tiene
esta novela que la hace diferente a otras del mismo género?
He querido que el lector encuentre un thriller, pero no solamente un thriller. Hay persecución, secretos,
viajes, personajes ambiguos, conspiraciones y giros, por supuesto. Si escribes
una novela de intriga tienes un compromiso con el lector: tiene que querer
saber qué sucede después. Pero detrás de todo eso he intentado construir una
lógica. La estructura de thriller es un recurso narrativo para expresar ideas.
La ficción ofrece esta oportunidad.
El poder en El
legado Treviso no es abstracto. Las instituciones tienen memoria,
intereses y mecanismos de supervivencia. Las personas que las integran tampoco
son simplemente buenas o malas. Eso me interesa especialmente. Desconfío un
poco de los villanos que se levantan por la mañana pensando: «Hoy voy a hacer
el mal». En la vida real casi todo el mundo encuentra razones para justificar
lo que hace. Y eso resulta mucho más interesante literariamente.
También he procurado que el lector participe.
Que reciba información, formule hipótesis, sospeche de unos y luego de otros.
Me gusta imaginar ese momento en que un lector
piensa: «Ya sé lo que está pasando». Y unas páginas después descubre que quizá
no lo sabía tanto.
¿Qué
esperas que los lectores encuentren en El legado Treviso?
Ante todo, placer de lectura. No debemos
olvidar nunca que una novela es
entretenimiento.
Me gustaría
que alguien se diga: «Leo un capítulo más y me duermo», y que media hora
después siga leyendo. Eso para un escritor es una pequeña victoria.
Después quiero que encuentre personajes que
tengan vida, lugares que pueda imaginar, conflictos que le interesen y alguna
sorpresa que no haya visto venir.
Y si al cerrar el libro permanece además
alguna pregunta sobre el poder, la verdad, la lealtad, la religión, las
instituciones o los límites morales de nuestras decisiones, entonces la novela
habrá conseguido algo más.
Tengo una idea bastante sencilla al respecto: una novela puede
hacernos pensar, pero primero tiene que conseguir que queramos seguir
leyéndola.
¿Qué
nuevos proyectos literarios tienes en marcha?
Tengo el problema contrario al bloqueo del
escritor: tengo demasiadas historias. Quizá sea una consecuencia de haber
empezado relativamente tarde a escribir novelas: tengo la sensación de que
llevo muchos años acumulando historias y que ahora todas quieren salir a la
vez.
Recientemente acabo de finalizar dos proyectos
más: El gran Expediente y El asunto Eleazar, y estoy acabando de
escribir la Historia de un pueblo que se llama Taradell, al que estoy muy
vinculado, en una versión divulgativa y que persigue ser amena.
Tengo dos proyectos más. Uno, prácticamente
finalizado, gira alrededor de la inteligencia artificial, pero no porque está
de moda, sino porque me genera dudas y preguntas. Me interesa imaginar la
inteligencia artificial convertida en actor estratégico internacional.
¿Qué ocurriría si las grandes potencias
desarrollaran sistemas extraordinariamente avanzados para defender sus
intereses y, en determinado momento, esos sistemas llegaran a una
conclusión extremadamente lógica que los
seres humanos somos incapaces de aceptar? Por ejemplo, que determinadas
estrategias militares conducen matemáticamente a una derrota de todos. Y
entonces aparece una pregunta fascinante: ¿Qué sucede cuando una máquina creada
para obedecernos comprende mejor que nosotros las consecuencias de nuestras
propias decisiones y errores?
Ese proyecto comparte algo con El legado Treviso: utilizar
el thriller para explorar problemas
que están empezando a formar parte de nuestra realidad.
También estoy trabajando en otros proyectos
narrativos e históricos. Uno de ellos, está todavía en fase inicial. Es una
historia contemporánea en la que abordo también la inteligencia artificial
desde otro punto de vista. Un aplicación de inteligencia artificial permite
reconstruir la vida que habríamos tenido si, en un momento decisivo, hubiéramos
elegido otro camino. A partir de ahí me propongo explorar el conflicto entre
elección y destino: cuánto de nuestra vida depende realmente de nuestras
decisiones, cuánto del azar y cuánto de circunstancias que otros pueden llegar
a condicionar. En el fondo, la novela nace de una pregunta muy sencilla: si
pudiéramos conocer la vida que no vivimos, ¿seguiríamos pensando que elegimos
libremente la que tenemos?
¿Te
gustaría añadir algo antes de terminar esta entrevista?
Creo que los escritores hablamos mucho de
escribir y quizá demasiado poco de leer.
Existe algo casi mágico en la relación entre
un escritor y un lector.
Yo puedo estar solo delante de un ordenador
imaginando una habitación, una calle de Milán, una conversación o un personaje
que no existe.
Meses después, una persona a la que quizá
nunca conoceré, abre el libro y aquella misma escena vuelve a existir dentro de
su cabeza. Pero ya no es exactamente mi escena. Es la suya. El lector le pone
caras, voces, sonidos, recuerdos. Completa todo aquello que el escritor
únicamente ha sugerido. Ese fenómeno me sigue pareciendo extraordinario.
Por eso, cuando tantas personas me dicen que El legado Treviso les mantuvo
despierto, que se encariñaron con
determinado personaje, que sospecharon de otro o que un giro consiguió
sorprenderlos, siento que se ha producido algo difícil de conseguir en
cualquier otra actividad.
Durante meses la historia ha sido mía. Cuando
alguien empieza a leerla, deja de serlo.
Y creo que ese es el momento en que un libro empieza de verdad a
existir.
Gracias, Alfonso.
Y a vosotros, amigos
lectores, gracias por estar un día más
atentos a nuestras publicaciones. Y ahora, ¡a leer!
Cristina Monteoliva

