lunes, 21 de septiembre de 2026

Entrevista: ALFONSO SEGARRA

 

Queridos amigos de La Orilla de las Letras,

comenzamos la semana con la extensísima entrevista que nos ha concedido el autor Alfonso Segarra. Podéis leerla a continuación: 

¿Cuándo descubriste que la escritura era algo más que un pasatiempo?

Bastante tarde. Mi vida había seguido otros caminos: la medicina, la literatura científica, la epidemiología, la universidad, la gestión sanitaria, la economía… Durante muchos años mi trabajo consistió, de una manera u otra, en intentar comprender problemas complejos, tomar decisiones y observar cómo reaccionan las personas y las instituciones.

Pero las historias siempre estuvieron ahí. Supongo que llegó un momento en que dejaron de conformarse con vivir en mi cabeza y empezaron a exigir que las escribiera.

Y descubrí que aquello ya no era un simple pasatiempo cuando empecé a pensar en una novela mientras hacía otras cosas; cuando un personaje podía acompañarme durante días hasta que entendía qué tenía que hacer con él; y, sobre todo, cuando empecé a reescribir.

Porque imaginar historias es apasionante. Corregir una misma página infinitas veces hasta conseguir exactamente el ritmo que buscas ya es una declaración de intenciones.

Quizá haya llegado tarde a la literatura, pero llego con una ventaja: he tenido muchos años para observar a las personas. Y las personas siguen siendo el mejor material que existe para escribir novelas.


 © Alfonso Segarra.

¿Qué lecturas crees que te han influenciado como escritor?

Muchas, y afortunadamente muy diferentes.

Me gustan los escritores capaces de contar una gran historia sin renunciar a las ideas. La literatura de intriga, la novela histórica, el thriller político, el espionaje… pero también el ensayo, la historia, la ciencia o la economía.

Admiro a autores tan diversos como Cervantes, Leon Tolstoi, Stendhal, Dumas, Wilkie Collins,  Dickens, Kent Follet, Arturo Pérez-Reverte, Carlos Ruiz Zafón, Javier Sierra, John Grisham, Daniel Silva, Steve Berry o Dan Brown por razones distintas. Algunos construyen extraordinariamente bien la atmósfera; otros dominan el ritmo, la documentación, el suspense o los mecanismos del poder.

Pero probablemente mi formación como escritor procede también de lugares menos evidentes.

He pasado buena parte de mi vida profesional dentro de grandes organizaciones. Y cuando observas durante años cómo funcionan las instituciones descubres que la realidad contiene todos los ingredientes de una buena novela: ambición, generosidad, rivalidad, lealtades, silencios, egos, intereses, alianzas inesperadas…

A veces incluso un buen villano.

La diferencia es que en una novela tienes que conseguir que resulte creíble.

¿Qué estás leyendo ahora mismo? ¿Nos lo recomendarías?

Tengo la costumbre, desde hace muchos años, de leer —o releer— varios libros a la vez. Sé que para algunas personas eso resulta un poco caótico, pero a mí me gusta cambiar de registro según el momento.

Acabo de leer Las confesiones de Maigret, de Georges Simenon; Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI, de Yuval Noah Harari; La llibreria de les hores mortes, de Laura Autonell; y también he vuelto a Guerra y paz, de León Tolstói.

Vistos juntos parecen una combinación bastante improbable, pero quizá expliquen bien cómo leo.

De Simenon me fascina la capacidad para observar a las personas con muy pocos trazos, sin necesidad de grandes artificios. Harari me interesa porque obliga a levantar la vista y preguntarse hacia dónde vamos como sociedad, qué papel tendrán la tecnología, la inteligencia artificial, el poder o incluso nuestra propia idea de ser humano. La llibreria de les hores mortes representa algo distinto: el placer de encontrar voces más próximas y contemporáneas, y descubrir cómo otros autores construyen sus propios mundos. Y Tolstói pertenece ya a otra categoría: uno puede leer Guerra y paz por la historia, por los personajes, por la guerra, por la política o simplemente para recordar hasta dónde puede llegar una novela.

Sí, los recomendaría todos, pero por razones completamente diferentes.

Y quizá esa sea también mi manera de entender la literatura: no me interesa leer siempre lo mismo porque tampoco me interesa escribir siempre la misma novela.

Creo que un escritor tiene que contaminarse de muchos mundos. La literatura, la historia, la ciencia, la filosofía o la tecnología terminan encontrándose de formas inesperadas.

A veces una idea para un thriller aparece leyendo a Simenon. Otras veces aparece leyendo a Harari. Y alguna vez, seguramente, leyendo a Tolstói uno simplemente recuerda que todavía queda muchísimo por aprender.  Muchas veces, oyendo cada día las noticias.

¿Cómo compaginas tus numerosas ocupaciones con la escritura?

Lo compagino mal, sinceramente. Con una combinación de organización, entusiasmo y cierto grado de insensatez.

Durante muchos años he compaginado medicina, gestión, docencia, investigación y otros proyectos, así que estoy acostumbrado a que el día tenga menos horas de las que necesitaría.

Pero la escritura tiene una peculiaridad: uno no escribe únicamente cuando está delante del ordenador.

Una novela continúa funcionando en algún lugar de la cabeza mientras conduces, caminas, estás comiendo o haces cualquier otra cosa. De repente entiendes por qué una escena no funcionaba. O aparece una solución para algo que llevaba meses o incluso años bloqueado.

He aprendido que lo importante no es necesariamente escribir muchas horas todos los días. Es no perder el contacto con la historia.

Cuando una novela te ha atrapado, en realidad nunca terminas de salir del todo de ella.

¿Cómo ves el panorama literario actual?

Lo veo extraordinariamente vivo y extraordinariamente competitivo, pero también excesivamente mercantilizado.

Hoy se escribe mucho y, probablemente, se escribe mejor de lo que a veces pensamos. Estoy convencido de que existe un enorme número de novelas y ensayos extraordinariamente escritos que nunca llegarán a ver la luz porque no superan los filtros comerciales de unos pocos grandes grupos editoriales.

Y eso me parece una mala noticia, no solo para los autores, sino para la literatura y para la circulación de ideas.

El problema aparece cuando la pregunta deja de ser «¿este libro merece ser leído?» y pasa a ser únicamente «¿cuántos ejemplares podemos vender?». En ese momento, inevitablemente, muchas voces quedan fuera.

Hace poco comentaba un escritor de gran prestigio que había enviado una novela a una editorial utilizando un pseudónimo. La obra, según explicaba, estaba al mismo nivel que sus libros anteriores. Fue rechazada directamente. Cuando se aclaró que detrás de aquel nombre desconocido estaba en realidad un autor consagrado, la valoración cambió.

La anécdota muestra hasta qué punto no se juzga solo el texto: se juzga también la marca, el nombre, la expectativa de ventas y la seguridad comercial que acompaña al autor.

De ahí se explica, en buena medida, el auge de la autopublicación. Muchos escritores han entendido que ya no necesitan esperar indefinidamente a que una estructura comercial decida si su obra merece existir.

Ahora bien, la apertura también tiene su reverso: se publica muchísimo y no todo tiene la misma calidad.

A eso se añade un fenómeno nuevo, que es la producción automática de textos mediante inteligencia artificial. La IA puede ser una herramienta magnífica para documentarse, ordenar información o explorar ideas, pero cuando se utiliza para fabricar literatura de manera mecánica el resultado suele ser pobre, repetitivo y bastante reconocible. Por fortuna, creo que la voz auténtica sigue siendo difícil de falsificar.

Y al final eso es lo que importa: tener algo que decir y una manera propia de decirlo.

¿Escribirías una novela de moda para hacerte famoso?

Para hacerme famoso, no, pero si la novela funciona no renunciaría a la fama.

Para escribir una buena novela sobre algo que estuviera de moda y que realmente me interesara, naturalmente.

Hay una diferencia importante.

Escribir una novela exige demasiado tiempo como para dedicar  años a contar una historia en la que no crees. Además, perseguir las modas literarias tiene un inconveniente: cuando consigues alcanzarlas, normalmente ya están marchándose hacia otro sitio.

Y respecto a la fama… Preferiría que primero fueran conocidas mis novelas.

Luego ya veremos qué hacemos con el escritor.

¿Por qué te has decantado por Amazon a la hora de publicar tu novela El legado Treviso?

En cierta manera ya lo he explicado hace un momento.

El legado Treviso tuvo una edición a través de Caligrama. Posteriormente decidí ampliar su recorrido incorporando Amazon, especialmente como vía de acceso digital y de distribución.

Amazon tiene la virtud de convertir el mundo en una librería potencial, siempre y cuando alguien encuentre tu novela entre la selva de publicaciones

Un lector puede descubrir tu novela desde otra ciudad o desde otro país y acceder a ella inmediatamente. Para un escritor que quiere ampliar su audiencia, eso es un camino, aunque yo no creo que sea el mejor.

Pero no veo Amazon y la edición tradicional como opciones enfrentadas.

Aspiro a que mis novelas tengan el mayor recorrido posible y, naturalmente, me gustaría hacerlo también junto a un agente y una editorial capaces de llevarlas a más lectores, a otros mercados y a otros idiomas.

No tengo una posición ideológica respecto al formato.

Tengo una posición mucho más sencilla: quiero que las historias encuentren lectores.

¿Cómo surgió la idea de escribir esta obra?

El legado Treviso surgió, en buena medida, de conversaciones con mis hijos y con personas de su generación. Escuchaba con frecuencia las mismas quejas de la gente joven: la falta de oportunidades de futuro, la sensación de vivir en una sociedad dirigida por otros, la desconfianza hacia las estructuras de poder —religiosas, políticas, económicas o financieras— y, al mismo tiempo, un gran alejamiento de cualquier compromiso que implicara tomar partido e intentar cambiar las cosas.

Me parecía una contradicción muy interesante. Por una parte, existía una crítica intensa hacia el mundo recibido. Por otra, también una cierta resignación cómoda: intentar vivir bien dentro de una sociedad que, en realidad, satisface muchas necesidades y permite niveles de bienestar muy superiores a los de generaciones anteriores.

Y entonces apareció la pregunta que acabaría convirtiéndose en el núcleo de la novela: ¿Qué ocurriría si la fortuna pusiera inesperadamente en tus manos la capacidad de decisión y de influencia que tanto reclamas?

¿Y qué sucedería si ejercer ese poder implicara arriesgar precisamente todo aquello que ya tienes y que no quieres perder?

Ahí desaparece la comodidad de la crítica. Ya no puedes limitarte a decir que otros deberían cambiar las cosas. La fortuna ha puesto en tus manos algo que todos desean poseer y controlar, y nadie va a permitir que permanezcas indiferente. Tendrás que tomar partido. Tendrás que decidir. Y cualquier decisión tendrá un precio.

En ese sentido, El legado Treviso es, por encima de todo, un desafío. Una invitación al lector a plantearse qué haría él cuando ya no pudiera permanecer al margen.

Porque es muy fácil reclamar poder mientras no lo tienes. Lo difícil empieza cuando de verdad puedes ejercerlo.

Entonces, durante un viaje por el norte de Italia,  apareció en mi cabeza Luca Vidal-Treviso. Un joven  acostumbrado al bienestar y a una vida fácil pero con un sentimiento íntimo de que la vida que han organizado para él no le pertenece y con una carencia afectiva derivada de la muerte prematura de su madre. Su vida cambia por completo cuando acepta un legado que le  obliga a tomar decisiones reales sobre poder, verdad y responsabilidad. Es un personaje que pasa de la comodidad a la conciencia, y ese viaje interior es el motor de la novela.

¿Qué nos puedes contar de El legado Treviso?

Lo suficiente para despertar curiosidad y no lo suficiente para estropearla.

Lo veo como un thriller contemporáneo con alma histórica, en el que la acción y la intriga se entrelazan con una reflexión profunda sobre la verdad, el poder y la libertad individual. Pero también como un thriller ideológico, si es que existe esta categoría.  Es una novela que combina conspiraciones, tensiones religiosas y dilemas personales, pero siempre con un propósito claro: cuestionar quién controla realmente nuestra realidad y qué papel podemos asumir cada uno frente a las estructuras que nos gobiernan. Una novela de ritmo cinematográfico, pero sobre todo es una historia humana sobre identidad, legado y verdad.

Es una obra de suspense, pero también una mirada crítica a nuestra sociedad. Una historia que quiere entretener pero que no renuncia a plantear preguntas incómodas. En definitiva, una novela escrita con el ánimo de atrapar desde la primera página y que, al final, invite a pensar mucho más allá del último capítulo.

Todo empieza con una herencia. El protagonista, Luca Vidal-Treviso, recibe mucho más que dinero: información cifrada que contiene pruebas capaces de comprometer a personas e instituciones enormemente poderosas. A partir de ahí, lo que parecía un asunto familiar empieza a crecer hasta convertirse en una historia internacional donde se mezclan poder, Vaticano, tecnología, intereses económicos, servicios de inteligencia, lealtades y traiciones.

Pero la novela trata realmente de algo más profundo. Sobre todo,  del poder en diferentes formas. Religión, corrupción, geopolítica contemporánea, inteligencia artificial, medios de comunicación, manipulación social, memoria familiar y la eterna pregunta: ¿quién controla realmente el relato de la verdad?

La novela está concebida como una metáfora contemporánea sobre el poder y la verdad.

Bajo la superficie de un thriller con conspiraciones, hay una reflexión: ¿quién controla realmente nuestra realidad, hasta qué punto aceptamos la versión sin cuestionarla y qué estamos dispuestos a arriesgar por conseguir nuestro propio lugar en el mundo? ¿Aprovechamos las oportunidades que la fortuna nos pone al alcance?

A lo largo de la novela, se tratan varios temas, en diferentes capas, y bajo diferentes escenarios, creados para transmitir cada una de las ideas:

El primero es la corrupción en la iglesia concebida como un poder que, además de una gran cantidad de dinero, controla algo tan importante como el sentimiento y las creencias de más de mil quinientos millones de personas, pero que está dirigida por seres humanos  y por una estructura jerárquica que no difiere de las de otros poderes y que es susceptible de corromperse fácilmente si olvida sus orígenes y su misión.

El segundo, es el nivel de aceptación social del poder. La novela plantea una interacción entre distintos tipos de poder. El religioso representado por la curia y por su antítesis, el MRIC. El financiero, representado por la familia de Luca y su entorno y por los integrantes de la Liga Católica, con el exponente de Carlo Pellegrini. El político e influyente, representado por Gisella Garitano, ganado a base de maniobras, negociaciones artimañas y trade-off y basado en el control de las estructuras administrativas. El monárquico de las élites, obtenido a base de expolios y guerras y venido a menos con las democracias, representado por Helena Voss. El de la comunicación masiva y su control, representado por Alex y su equipo de informáticos. El poder oculto que siempre controla sin ser visto, representado en este caso por CNI y por la figura de  Samuel Torres.

En todos los casos hay luces y sombras, como siempre que se llega al poder. Nadie está dispuesto a explicar cómo llegó a tener poder o fortuna económica, pero la información que contiene el legado que hereda Luca, es capaz de revelar secretos individuales que nadie desea que salgan a la luz pública.

El Legado Treviso plantea que muchas de las instituciones que decimos defender —políticas, religiosas, económicas— se sostienen sobre verdades ocultas, y que quizá no sobrevivirían si estas salieran a la luz.

La novela no se  pregunta sobre el mundo real  —ya lo conocemos bien—, sino si preferimos no saber que existe. Porque la estabilidad nos resulta más cómoda que admitir la verdad.

Además, plantea un hecho difícil de rebatir.  Aunque haya disponible una información capaz de desestabilizar gobiernos, fortunas y credos…, finalmente, nadie puede asegurar que revelar esa verdad mejore el mundo o conlleve, simplemente, el cambio de algunos actores, y la comedia humana quede tal y como estaba y siga su guion.

El tercero es la posición individual frente al poder. La mayor parte de personas, vivimos en un mundo dominado por el estado del bienestar, anteponiendo la preservación de la comodidad y  disfrutar de las cosas materiales, al análisis de lo que sacrificamos para hacerlo. Mantener el estado de bienestar de la sociedad, para el individuo implica delegar decisiones y responsabilidades y, en consecuencia, aceptar ceder una gran parte de su libertad individual a quienes  llegan a ostentar el poder de tomar las decisiones.

Desde esa comodidad, muchos contemplan los poderes que   definen las reglas de juego del  mundo —la política, la religión, el dinero, la comunicación— como si pertenecieran a otra esfera. Algo ajeno que no merece la pena explorar.

Luca encarna esa idea: es la hipérbole del bienestar. Un joven rodeado de lujos, sin problemas económicos… siempre y cuando acepte la historia vital que otros han construido para él desde que era un niño y el relato que han construido sobre su vida, sin plantearse si es cierto. Pero de pronto, la vida lo sitúa frente ante una oportunidad de cambio radical, una herencia monumental: una fortuna inmensa y, sobre todo, una información capaz de alterar equilibrios de poder.

Ahí comienza su verdadero conflicto: puede elegir el camino fácil y permanecer en su zona de confort, o asumir que esa riqueza, que ha aparecido de repente y de forma inesperada, implica una responsabilidad y un riesgo. Lo que posee, tal vez  pueda cambiar la vida de un gran número de personas pero, para hacerlo, debe estar dispuesto a sacudir su vida y su comodidad, a  cuestionar sus orígenes y  su pasado y, en última instancia, la legitimidad de aquello que le ha permitido vivir tan cómodamente durante toda su vida.

Este mensaje  está también dirigido al lector joven: ese sector de la sociedad que lucha por buscar su lugar en el mundo y ve imposible poder alcanzarlo, porque hay demasiados poderes que deciden por él y limitan sus expectativas. La novela plantea una idea clara: si quieres encontrar tu lugar, debes generar tu oportunidad o aprovecharla  si el azar la pone delante de ti. Eso puede implicar abandonar la comodidad, asumir riesgos y tomar partido. Porque la apatía nunca transforma nada. Y solo quienes deciden participar activamente en el orden social pueden llegar a cambiarlo.

Por último, la novela también plantea una pregunta directa:  escandaliza el dinero sucio. Obtenerlo por vías fraudulentas y fuera de las leyes establecidas es penado por la justicia, de forma más o menos implacable, y reprobado socialmente. Nuestro país, desafortunadamente, es una mina en lo que a este tema se refiere. Abundan ejemplos muy recientes que sería innecesario detallar. Sin embargo, muchas de las fortunas -y de las familias que hay detrás de ellas- que hoy en día merecen el máximo respeto, la aprobación social, son presentadas con tintes de ejemplaridad, suscitan admiración popular y, de hecho, ostentan muchos de los poderes, hace muchos años, tuvieron su origen en la explotación humana, en el tráfico de personas, en la destrucción, en la guerra, en comerciar con  bienes básicos  y acapararlos en tiempos de miseria, en  prevaricaciones, concursos amañados, tratos preferenciales  y otros muchos  negocios que consideraríamos éticamente reprobables. Parece que aquellos orígenes hayan sido olvidados. Como si el tiempo, por sí solo, fuera suficiente para legitimar cualquier hecho pasado y cómo si hubiera dos raseros morales, uno para juzgar lo que ocurrió en el pasado y otro para juzgar lo que ocurre en el presente.

¿Qué tiene esta novela que la hace diferente a otras del mismo género?

He querido que el lector encuentre un thriller, pero no solamente un thriller. Hay persecución, secretos, viajes, personajes ambiguos, conspiraciones y giros, por supuesto. Si escribes una novela de intriga tienes un compromiso con el lector: tiene que querer saber qué sucede después. Pero detrás de todo eso he intentado construir una lógica. La estructura de thriller es un recurso narrativo para expresar ideas. La ficción ofrece esta oportunidad.

El poder en El legado Treviso no es abstracto. Las instituciones tienen memoria, intereses y mecanismos de supervivencia. Las personas que las integran tampoco son simplemente buenas o malas. Eso me interesa especialmente. Desconfío un poco de los villanos que se levantan por la mañana pensando: «Hoy voy a hacer el mal». En la vida real casi todo el mundo encuentra razones para justificar lo que hace. Y eso resulta mucho más interesante literariamente.

También he procurado que el lector participe. Que reciba información, formule hipótesis, sospeche de unos y luego de otros.

Me gusta imaginar ese momento en que un lector piensa: «Ya sé lo que está pasando». Y unas páginas después descubre que quizá no lo sabía tanto.

¿Qué esperas que los lectores encuentren en El legado Treviso?

Ante todo, placer de lectura. No debemos olvidar nunca que una novela es  entretenimiento.

Me gustaría  que alguien se diga: «Leo un capítulo más y me duermo», y que media hora después siga leyendo. Eso para un escritor es una pequeña victoria.

Después quiero que encuentre personajes que tengan vida, lugares que pueda imaginar, conflictos que le interesen y alguna sorpresa que no haya visto venir.

Y si al cerrar el libro permanece además alguna pregunta sobre el poder, la verdad, la lealtad, la religión, las instituciones o los límites morales de nuestras decisiones, entonces la novela habrá conseguido algo más.

Tengo una idea bastante sencilla al respecto: una novela puede hacernos pensar, pero primero tiene que conseguir que queramos seguir leyéndola.

¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en marcha?

Tengo el problema contrario al bloqueo del escritor: tengo demasiadas historias. Quizá sea una consecuencia de haber empezado relativamente tarde a escribir novelas: tengo la sensación de que llevo muchos años acumulando historias y que ahora todas quieren salir a la vez.

Recientemente acabo de finalizar dos proyectos más: El gran Expediente y El asunto Eleazar, y estoy acabando de escribir la Historia de un pueblo que se llama Taradell, al que estoy muy vinculado, en una versión divulgativa y que persigue ser amena.

Tengo dos proyectos más. Uno, prácticamente finalizado, gira alrededor de la inteligencia artificial, pero no porque está de moda, sino porque me genera dudas y preguntas. Me interesa imaginar la inteligencia artificial convertida en actor estratégico internacional.

¿Qué ocurriría si las grandes potencias desarrollaran sistemas extraordinariamente avanzados para defender sus intereses y, en determinado momento, esos sistemas llegaran a una conclusión  extremadamente lógica que los seres humanos somos incapaces de aceptar? Por ejemplo, que determinadas estrategias militares conducen matemáticamente a una derrota de todos. Y entonces aparece una pregunta fascinante: ¿Qué sucede cuando una máquina creada para obedecernos comprende mejor que nosotros las consecuencias de nuestras propias decisiones y errores?

Ese proyecto comparte algo con El legado Treviso: utilizar el thriller para explorar problemas que están empezando a formar parte de nuestra realidad.

También estoy trabajando en otros proyectos narrativos e históricos. Uno de ellos, está todavía en fase inicial. Es una historia contemporánea en la que abordo también la inteligencia artificial desde otro punto de vista. Un aplicación de inteligencia artificial permite reconstruir la vida que habríamos tenido si, en un momento decisivo, hubiéramos elegido otro camino. A partir de ahí me propongo explorar el conflicto entre elección y destino: cuánto de nuestra vida depende realmente de nuestras decisiones, cuánto del azar y cuánto de circunstancias que otros pueden llegar a condicionar. En el fondo, la novela nace de una pregunta muy sencilla: si pudiéramos conocer la vida que no vivimos, ¿seguiríamos pensando que elegimos libremente la que tenemos?


 © Alfonso Segarra.

¿Te gustaría añadir algo antes de terminar esta entrevista?

Creo que los escritores hablamos mucho de escribir y quizá demasiado poco de leer.

Existe algo casi mágico en la relación entre un escritor y un lector.

Yo puedo estar solo delante de un ordenador imaginando una habitación, una calle de Milán, una conversación o un personaje que no existe.

Meses después, una persona a la que quizá nunca conoceré, abre el libro y aquella misma escena vuelve a existir dentro de su cabeza. Pero ya no es exactamente mi escena. Es la suya. El lector le pone caras, voces, sonidos, recuerdos. Completa todo aquello que el escritor únicamente ha sugerido. Ese fenómeno me sigue pareciendo extraordinario.

Por eso, cuando tantas personas me dicen que El legado Treviso les mantuvo despierto, que se encariñaron  con determinado personaje, que sospecharon de otro o que un giro consiguió sorprenderlos, siento que se ha producido algo difícil de conseguir en cualquier otra actividad.

Durante meses la historia ha sido mía. Cuando alguien empieza a leerla, deja de serlo.

Y creo que ese es el momento en que un libro empieza de verdad a existir.

Gracias, Alfonso.

Y a vosotros, amigos lectores, gracias por estar un día más atentos a nuestras publicaciones. Y ahora, ¡a leer!

Cristina Monteoliva