Queridos amigos de La Orilla
de las Letras,
volvemos a la carga con nuestras entrevistas,
esta vez con la que nos ha concedido Roser
Amills.
Roser
Amills se formó como filóloga
en la UB y la UAB de Barcelona. Ha publicado decenas de libros de poesía,
narrativa y ensayo, y ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués,
ruso e italiano. Formada en Dramaturgia
por el Obrador Internacional de la Sala Beckett, en Guion Cinematográfico por
RTVE y en Estudios de Género en la Universitat de les Illes Balears, ha
estrenado obras de teatro y dos guiones documentales para el cine. Compagina la
creación con la pedagogía literaria
en talleres de escritura y expresión,
y ha desarrollado su trayectoria como periodista
cultural en medios como Catalunya Ràdio, TV3, RTVE-La 2, RNE, IB3, Última Hora y La
Vanguardia. Actualmente dirige el programa de radio L’illa sense calma en Ona Mediterrània.
Dicho esto, vamos con las palabras de nuestra
autora:
¿Cuándo
descubriste que la escritura era más que un pasatiempo?
Fui una lectora precoz, que es fundamental. Leer mucho. Y empecé a
escribir pronto también para atravesar situaciones muy difíciles en una familia
desestructurada y violenta. Escribía para no sentirme sola. Ojalá alguna vez
escribir fuera solo un pasatiempo.
¿Qué lecturas
crees te han influido como escritora?
Empecé con la poesía. Gané un premio en el colegio de primaria y me
dieron un lote de libros; recuerdo especialmente los sonetos de William
Shakespeare.
Luego he sido muy feminista en mis
lecturas gracias a una profesora cubana del instituto, Nancy Matamoros, que me
marcó mucho y de la que me despedí hace poco, simbólicamente, en un bello
funeral literario que organizó otra profesora fundamental, Montse Doménec:
busqué siempre en las profesoras y en las escritoras algo que no tenía, una
referencia materna esencial. Elizabeth Bishop, Sylvia Plath, Ana María Moix
—con quien tuve la suerte de entablar amistad en la universidad—, el amor y el
humor de Vislawa Szymborska, la rebeldía divertida de Louise Bourgeois...
También leí mucha filosofía y
psicoanálisis, en parte por influencia del padre de mi primer hijo, Marcel, que
tuve con veinte años.
¿Qué estás
leyendo ahora mismo? ¿Nos lo recomendarías?
Leo y releo muchos libros antiguos, descatalogados, sobre todo del
siglo XIX y XX. Me interesa volver a textos que ya no están en circulación
porque ahí hay una luz interesante: la de la profecía sobre los tristes tiempos
que vivimos. En mi anterior novela, sobre Asja Lacis y Walter Benjamin, me
preguntaba si podríamos ser tan estúpidos de repetir el nazismo. Y ahí están
Donald Trump y la ultraderecha europea para respondernos.
De los autores jóvenes, me
interesan sobre todo las escritoras más atrevidas: las que no tienen miedo de
construir universos propios, incluso incómodos, con sus miedos y monstruos. Y
me entusiasma y contagia la fuerza de Olga, de Editorial Candaya, para
localizarlas, por ejemplo.
¿Cómo compaginas
la escritura con tu labor de profesora de talleres de escritura creativa y
expresión?
Impartir talleres es una parte, pero no es lo único que hago. Trabajo
como administrativa a media jornada para tener tiempo para escribir y dirijo y
presento el programa de radio L’illa sense calma, en Ona Mediterrània, donde
converso con personas de muy distintos ámbitos y disciplinas que utilizan la
cultura para señalar y cuestionar las desigualdades actuales. Todo eso convive
con la escritura, no separo nada y son distintas formas de estar en lo mismo:
conversar con el mundo y las circunstancias.
¿Cómo ves el
panorama literario actual?
Hay mucho publicado cada mes, y no todo interesa, y mucho interesante
publicado poco y mal. Qué le vamos a hacer. También se desaprovechan toneladas
de alimentos en unos barrios y faltan a los pobres de otros.
Sobre todo me preocupa que cuesta
cada vez más encontrar las cosas valiosas publicadas porque las editoriales
pequeñas, que suelen ser las más arriesgadas e interesantes, tienen pocos
medios para llegar a los lectores entre la abundancia bulímica editorial. Eso
nos obliga a los buenos lectores a buscar más, al boca oreja de recomendarnos
libros entre nosotros, a no quedarnos con lo primero que aparece y a cultivar
el criterio más allá del mercado.
Has publicado
decenas de libros de narrativa, poesía y ensayo. Confiesa: ¿en qué género te
sientes más cómoda?
No me interesa instalarme en ninguno. Forzarme a trabajar en distintos
géneros es incómodo, y es donde pasan cosas. Retarme es como un jarro de agua
fría: la inseguridad y el entusiasmo me electrizan por igual.
¿Te imaginas a
ti misma renunciando a la escritura en algún momento de tu vida?
No hay manera. Mis circunstancias vitales lo propiciaron en numerosas
ocasiones y siempre aprendo a saltar por encima y volver a sentarme en mi mesa
de escritorio.
¿Qué supuso para
ti ganar el XXIX Premio Ciudad de Badajoz con El librero de Macondo?
Un reconocimiento muy concreto al trabajo de diez años. Durante ese
tiempo he tenido que escuchar demasiadas veces que lo importante era pertenecer
a ciertos círculos, a las capillitas de escritores, ser alguien (de buena
familia o con buen entorno social).... Con este premio he comprobado que no
traicionarme y escribir a pesar de esos mensajes pesimistas también era lo que
tenía que hacer, pues ha resultado.
He visto de cerca a gente que ha
sacrificado incluso sus valores morales por todo esto y ha mentido y se ha
mentido por visibilidad en Sant Jordi o la Feria del libro. ¡En vez de
escribir!
¿Qué vamos a
encontrar en El librero de Macondo?
La amistad entre un jovencito Gabriel García Márquez en sus inicios y
el librero catalán republicano Ramón Vinyes, su primer lector, en un momento en
que uno está empezando y el otro arrastra el peso del exilio, la pérdida de la
autoestima y el desgaste.
Y veremos nacer Macondo. Y un recorrido de más de cien años por distintos lugares y épocas de Europa y Colombia, y un plano personal donde entro yo, con mis monstruos y vergüenzas.
© Roser Amills.
¿Qué crees que
hace diferente a tu novela de otras del género?
Que huyo de la mitificación y no protejo ni defiendo a nadie. Ni al
joven que empieza y consume prostitución, ni al maestro homosexual, ni a quien
escribe, una obsesiva de cuidado. Hay contradicciones, dependencia y miedos a
granel. Y también mucha luz y serenidad en exponerlo todo sin miedo ni
remilgos.
¿Qué esperas que
los lectores encuentren en El librero de
Macondo?
Que algo de todo lo que contamos Gabriel García Márquez, Ramon Vinyes
y yo les toque de verdad. No es tanto una historia cerrada de dos biografías
relevantes, que también lo es, sino un viaje a través de preguntas
trascendentes sobre lo que buscamos todos, lo que perdemos o lo que ni
sabíamos que estábamos buscando hasta que alguien nos lo coloca delante a la
fuerza o con amor.
¿Qué nuevos
proyectos tienes en marcha?
Como siempre, vivo la escritura con varios frentes abiertos. Intuyo
que lo próximo puede ser un ensayo, pero nunca lo sé hasta que pongo el punto
final y lo entrego.
¿Te gustaría
añadir algo antes de terminar esta entrevista?
Que leer escribir no es una forma de tener razón, ni de adquirirla,
sino de hacernos preguntas entre todos. Es una forma poderosa de enfrentarnos
sin apartar la mirada: los textos no pestañean cuando nos hablan. Y a veces eso
es lo que necesitamos. Otro gallo cantaría si se obligara a los políticos a
poner por escrito a diario sus promesas y argumentos en vez de sermonearnos sin
coste alguno desde púlpitos y pantallas todas esas cosas que dan vergüenza
ajena y sobre las que no se les pasa factura.
Palma de Mallorca, abril 2026.
Muchas gracias, Roser, por tu tiempo, tus palabras y
tus fotos personales. Te deseamos una carrera literaria siempre llena de
éxitos.
Y
a vosotros, amigos del blog, gracias
por estar un día más atentos a nuestras publicaciones. Ahora, ¡a leer!
Cristina
Monteoliva

