lunes, 17 de agosto de 2026

Entrevista: NATALA GÓMEZ DEL POZUELO

 

Queridos amigos de La Orilla de las Letras,

comenzamos una nueva semana con la entrevista que nos ha concedido la autora Natalia Gómez del Pozuelo, la cual podéis leer a continuación:

¿Cuándo descubriste que la escritura era algo más que un pasatiempo?

Creo que mucho antes de saber que quería dedicarme a escribir.

Cuando era adolescente nos trasladamos a Bélgica con mi familia y sentí la necesidad de escribir cartas a mis amigos para no sentirme sola y aislada del grupo. Escribía y recibía una cantidad enorme; algún mes llegaron a cincuenta. Curiosamente, acabé siendo la que mejor conocía las corrientes profundas de la panda, porque por escrito las personas se soltaban más.

Aquellas cartas fueron el germen de mi escritura. Tal vez por eso, tantos años después, mi principal comunicación con los lectores sigue siendo epistolar, a través de una newsletter que envío cada semana. Y tal vez por eso también soy mejor narradora que inventora: me interesa mucho observar lo que sucede y encontrar una forma, a la vez cruda y tierna, de contarlo. 

©Natalia Gómez del Pozuelo.

¿Qué lecturas crees que te han influenciado como escritora?

Lo que uno lee al principio de la vida tiene una gran influencia en la propia mirada y la propia voz.

De pequeña leí a los clásicos españoles en el colegio (El lazarillo de Tormes, La celestina…)

Durante el periodo que viví fuera de España, tuve la suerte de encontrarme con profesores que amaban profundamente la literatura.

En un colegio de habla inglesa, un profesor me puso en contacto con Homero, Shakespeare, Twain, las Brontë… Había una biblioteca espectacular y yo iba cada semana a por nuevos libros. Si nos pedía leer La Odisea, yo leía también La Ilíada; si tocaba El rey Lear, aprovechaba para leer Romeo y Julieta. Esa voracidad lectora hizo que dominara el idioma muy deprisa, casi por ósmosis.

Cuando por fin me sentía cómoda en inglés, me cambiaron a un colegio belga francófono y vuelta a empezar: Flaubert, Balzac, Camus, Sartre, Beauvoir, Proust… Allí tuve otra profesora de literatura que me llegó al alma.

Con el tiempo entendí que al aprender un idioma no incorporas solo palabras: incorporas una cultura, una forma de pensar, incluso una manera distinta de mover la boca. Yo notaba que mi personalidad cambiaba dependiendo del idioma que utilizaba.

Más adelante viví en Colombia y leí a los escritores latinoamericanos….

En gran medida he ido adaptando la lectura a mis circunstancias.

Ahora me atrae especialmente leer a mujeres. Después de décadas identificándome (por fuerza) con personajes masculinos, me interesa muchísimo descubrir cómo contamos el mundo nosotras.

¿Qué estás leyendo ahora mismo? ¿Nos lo recomendarías?

Acabo de terminar dos libros muy diferentes: Una trenza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer, y el libro de Gisèle Pelicot.

Recomendaría los dos al cien por cien. Una trenza de hierba sagrada me ha interesado especialmente por esa manera de desmontar la separación entre seres humanos y naturaleza, algo que está muy presente también en mi escritura.

El de Gisèle Pelicot me ha gustado muchísimo porque no es nada sensacionalista y narra los hechos desde un lugar alejadísimo al de la víctima, lo que le da una fuerza mayor. Me parece importante lo que pone delante de nuestros ojos sobre la violencia sexual, el consentimiento y aquello que la sociedad ha aprendido a no mirar.

¿Y a qué te dedicas cuando no estás escribiendo?

A caminar por el monte, cocinar, limpiar, cuidar el huerto… Para escribir necesito mucho tiempo de soledad pero también me gusta mucho pasar tiempo con mis afectos.

¿Cómo ves el panorama literario actual?

La verdad es que no lo sigo demasiado como “panorama”. Llego a los libros por recomendación, ya sea de una persona —tengo un par de amigas con muy buen gusto y criterio— o a través de otros libros: una referencia, una cita, un/a autor/a que menciona a otro/a...

Supongo que mi mapa literario se construye más así, por conexiones, que siguiendo novedades o listas de éxitos.

Si tuvieras que elegir entre ensayo, novela y autoficción, ¿con cuál te quedarías?

Para leer, con cualquiera de los tres. Para escribir me cuesta mucho elegir porque tiendo precisamente a bailar entre géneros. Varios de mis libros son difícilmente clasificables y eso me gusta.

A veces necesito la libertad de la novela, otras la reflexión del ensayo y otras partir de la experiencia vivida para llevarla a otro lugar. No me interesa demasiado decidir de antemano en qué casilla tiene que entrar un texto.

Tienes un currículum literario extenso. ¿Qué obras destacarías de las que has publicado?

El código del garbanzo es uno de esos libros difíciles de clasificar: un ensayo novelado o un “cuentito filosófico”, como lo describió una amiga. Y además de un libro es un juego con el lector. Trata sobre lo femenino y lo masculino, un tema que me ha acompañado durante muchos años.

Con Últimas conversaciones con la tía Flor creo que encontré mi voz narrativa. Es probablemente mi texto más íntimo y tiene para mí un lugar especial.

Y ahora está La mirada del corzo, que recoge muchos temas que venía explorando desde hacía años: la autonomía emocional, la naturaleza, el amor, nuestra forma de mirar y los automatismos que condicionan nuestras relaciones.

La mirada del corzo es tu última obra publicada. ¿Cómo surgió la idea de escribirla?

En realidad, el libro no nació como un libro; nació como un viaje.

Tenía desde hacía tiempo una pulsión muy fuerte: salir andando desde la puerta de mi casa, sin etapas ni un destino cerrado, y caminar hacia dónde me llevara la vida. Quería saber qué sucedía si reducía durante unas semanas la vida a lo imprescindible.

Decidí contar el viaje a diario a los lectores de mi newsletter y ,al compartir el proyecto, aquel viaje que hasta entonces solo existía en mi cabeza, se volvió real. Ya no había vuelta atrás.

Durante el camino escribía deprisa, casi de manera anecdótica, porque tenía que caminar, buscar agua, comida, un sitio donde dormir... Pero por debajo se estaban gestando otros textos. Al regresar sentí que necesitaba seguir escribiendo.

Y entonces apareció otra historia que no había previsto: la relación con un hombre al que había conocido durante el viaje. Ahí comprendí que el verdadero libro no iba a ser solamente el relato de una caminata.

¿Qué nos puedes contar de ella?

La mirada del corzo empieza con una mujer de cincuenta y cinco años que sale andando desde su casa hacia Francia sin saber exactamente hasta dónde llegará. Lleva una mochila de diez kilos, duerme muchas noches en el monte y atraviesa la España menos poblada.

Durante ese viaje sucede algo que no esperaba: cuanto más sola está, menos sola se siente. La relación con el entorno, con los animales, las plantas y las personas que va encontrando se intensifica.

Después aparece un hombre y emprenden juntos otro viaje, esta vez en bicicleta. Y sucede algo paradójico: lo que aparentemente debía ser un viaje acompañada empieza a vivirlo en soledad.

Creo que ahí está el corazón de la novela. No tanto en la relación en sí, sino en lo que nos sucede cuando entra el amor —o la expectativa del amor— y empezamos, casi sin darnos cuenta, a mirar con los ojos del otro.

¿Qué crees que diferencia a La mirada del corzo de historias similares?

No he leído una historia que se parezca mucho.

La primera parte puede emparentarse con la literatura de viajes a pie como los de Thoreau o Le Breton, o con libros en los que caminar permite mirar el territorio y mirarse a una misma, como Salvaje de Sheryl Strayed. Pero después el libro se desplaza hacia otro lugar.

No es una novela romántica ni una historia de desamor. Me interesaba observar algo mucho menos espectacular: los pequeños automatismos que aparecen cuando dos personas empiezan a relacionarse y cómo una mujer que se siente autónoma y libre puede comenzar a modificar su mirada sin apenas darse cuenta.

La antropóloga Mari Luz Esteban dijo algo sobre el libro que me gustó mucho: que parecía una etnografía de las relaciones amorosas. Creo que describe bastante bien la segunda parte. Observo la relación casi como si estuviera haciendo trabajo de campo conmigo misma.

¿Qué esperas que los lectores aprendan tras la lectura de este libro?

Nada en concreto. El libro propone preguntas, no respuestas.

No me interesa decirle al lector cómo tiene que amar, vivir o relacionarse. Me interesa que observe sus propios mecanismos.

Y, por lo que me están contando algunos lectores, eso está sucediendo. La escritora María Acaso, por ejemplo, decía que el libro le había hecho pensar en cuánto piloto automático tenemos instalado y hasta qué punto condiciona nuestra vida. Y otro lector, Alessandro, escribió que la novela le había llevado a preguntarse cuánto interpretamos a los demás desde nuestras propias creencias, miedos y expectativas.

Eso me interesa mucho más que transmitir un aprendizaje concreto: que cada lector cierre el libro con preguntas distintas de las que tenía cuando lo abrió. 

©Natalia Gómez del Pozuelo.

¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en marcha?

Acabo de empezar un nuevo texto y estoy chisporroteante de creatividad.

Todavía no quiero hablar mucho sobre él, pero sí puedo contar que he elegido un punto de vista muy curioso para la narradora. Es difícil y, precisamente por eso, me interesa.

Me suelo pasar tres o cuatro años con cada libro, así que necesito que la propuesta me produzca curiosidad durante mucho tiempo. De momento me estoy divirtiendo, que es una buena señal.

¿Te gustaría añadir algo antes de terminar esta entrevista?

Como escritora, me interesa mucho observar qué va a suceder con la inteligencia artificial y la literatura. No tanto entrar en la discusión de si una máquina puede o no escribir una novela, sino ver qué nos obliga a preguntarnos sobre la escritura humana.

Durante mucho tiempo hemos dado valor a determinadas capacidades porque eran exclusivamente nuestras. Cuando una máquina empieza a hacer algunas de ellas razonablemente bien, la pregunta cambia: ¿qué buscamos cuando leemos?

Yo sospecho que tendrá cada vez más valor aquello que nace de una mirada particular, de una experiencia, de un cuerpo que ha vivido, de una contradicción que no está resuelta. Quizá la IA nos obligue a preguntarnos qué hay verdaderamente nuestro en lo que escribimos. Y esa pregunta me parece apasionante.

Muchas gracias, Natalia, por tu tiempo, tus palabras y tus fotos personales. Te deseamos una carrera literaria larga, próspera y satisfactoria.

Y a vosotros, amigos del blog, gracias por estar un día más atentos a nuestras publicaciones. Ahora, ¡a leer!

Cristina Monteoliva