Muchos jubilados deciden pasar sus
últimos años en lugares soleados y costeros. No sé si será tan frecuente que
una persona de más de ochenta años deje una gran ciudad por otra de interior en
la que nunca ha estado antes, en la que no conoce a nadie, y en donde no parece
que vaya a encontrar beneficios para su salud. Pero esto es precisamente lo que
hace Theo, el protagonista de Theo de
Golden, la obra de Allen Levi. Si quieres saber más sobre esta novela, continúa
leyendo esta reseña.
Un buen día, Theo, un
portugués de ochenta y seis años afincando en Nueva York desde hace bastantes
años, llega a Golden, una ciudad en la que nunca había estado antes, con la
excusa de hacerse cargo de unos negocios. Convencido de quedarse un tiempo en
la localidad, el anciano se instala en un hotel y empieza a frecuentar de forma
asidua la cafetería llamada Chalice. Una de las paredes de la cafetería está
llena de retratos de lugareños. Estas imágenes no solo despiertan la curiosidad
de Theo: le invitan a ir más allá, a conocer a los dueños de esas caras. Es
entonces cuando se anima a comprar todos los retratos y entregárselos a sus
dueños, uno por uno. Este generoso gesto no solo creará nuevas amistades, sino
que será un acto impactante en toda la comunidad. La cuestión es: ¿por qué está
de verdad Theo en Golden?
Vivimos en un mundo de
prisas y tensiones, un mundo en el que pocos se paran a mirar a su alrededor, a
disfrutar del momento, a crear nuevas y verdaderas relaciones con los demás.
Theo, el protagonista de esta novela amable no exenta de cierto misterio, es un
hombre que sabe el valor de las cosas, tanto las materiales como las
materiales.
Theo aprecia lo que le
ofrece la naturaleza, el arte, una buena conversación, si bien no está
dispuesto a contar mucho sobre sí mismo y los motivos que le han llevado a Golden.
Este misterioso anciano amable y entrañable se convertirá en el ángel de la
guarda de muchas personas. Algunas de ellas, por mencionar unas cuantas: el
barista Shep, que tanto necesita que su negocio funcione; Asher Glissen, el artista
que crea los retratos; Minette, una contable cuyo padre está obsesionado con
que siga con su carrera cuando ella lo que quiere es ser madre; Tony, el
librero gruñón a la par que simpático; Ponder, el asesor en cuya casa acabará Theo;
Ellen, la vagabunda que siempre va con su bicicleta y su alegre visión del
mundo; Basil, el cantante; Simone, el joven chelista y Kendrick, el conserje
preocupado por Lamisha, su hija con problemas de salud.
Theo
de Golden es, en definitiva, una novela de corte feel good que invita a preocuparnos más
por los demás, a aprender a disfrutar de cada momento de la vida, a pararnos a
contemplar el paisaje, y mucho más. Una historia coral que nos hace recobrar la
fe en la humanidad. Una obra, al final, que reconforta y da que pensar. ¿Te la
vas a perder?
Cristina Monteoliva
