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miércoles, 4 de diciembre de 2019

Reseña: EL COLOR DEL ASESINATO DE BEE LARKHAM, de Sarah J. Harris.


Título: El color del asesinato de Bee Larkham
Autora: Sarah J. Harris
Traducción: Pilar García-Romeu
Publica: Lince Ediciones
Páginas: 352
Precio: 21 €

Aunque algunos quieran hacernos creer que vivimos en un mundo en el que las cosas son o blancas o negras, lo cierto es que, si te fijas, te darás cuenta de que existen una infinidad de colores entre un extremo y el otro. Y si no, que le pregunten a las personas sinestésicas, las que perciben el mundo solo con colores. ¿Qué cómo hacen estas personas para convivir con los supuestos normales y sus innumerables reparos? Es algo que descubrirás, entre otras muchas cosas, gracias a la lectura de El color del asesinato de Bee Larkham, la peculiar novela de Sarah J. Harris de la que hablamos en esta reseña.
Jasper Wishart es un chico de trece años de edad con ceguera facial, lo que le impide reconocer los rostros de la gente, y sinestesia, es decir, que su mente asigna colores a las palabras, los días de la semana, la música y, sobre todo, las voces. Desde que su madre, la persona que mejor le comprendía en el mundo, muriera, la vida de Jasper ha sido cada vez más dura. A Jasper le gusta pintar y observar a las aves, y cuando llega una nueva vecina al barrio, la díscola profesora de música Bee Larkham, su actividad tanto pintando nuevas creaciones como observando las cotorras del roble del jardín de Bee, se convierten en el centro de sus días. Algunos vecinos, sin embargo, no quieren ver a las cotorras por allí. Tampoco a Bee, por lo visto. No obstante, será Jasper el que acabe con ella. O eso cree él. Tras la desaparición de la joven, nuestro protagonista tendrá que descifrar el significado de los colores de todo lo que vio la última noche que estuvo con ella en la casa de esta. ¿Conseguirá el chico averiguar qué fue lo que de verdad le pasó a su vecina?
Jasper, el narrador y protagonista de este original thriller, es un chico que percibe el mundo de forma muy distinta a los demás a causa de su ceguera facial y su sinestesia. Además, suele obsesionarse y fijarse solo en ciertas cosas, lo que hace que los demás acaben desesperándose en un momento u en otro. Pero que Jasper solo quiera pintar o cuidar a las cotorras, como veremos, no quiere decir que no se preocupe por su padre, ese paciente hombre que dejó la Real Infantería de Marina por cuidar a su hijo, o por Bee, una mujer llena de matices, contradictoria y pasional.
La relación de Jasper y Bee se convertirá pronto en una amistad intensa de dos personas que luchan por encajar en un mundo que los rechaza continuamente. Dos seres humanos con talento y sensibilidad que ven cómo los demás los rechazan por ser diferentes.
Jasper, como vemos en el libro, tendrá que esforzarse por recordar todo lo que pasó desde que Bee vino a ocupar la casa de su difunta madre, una mujer con la que no tenía relación desde hacía muchos años, hasta la noche de su muerte. Por el camino, descubrirá que, aunque los colores de las voces eran antes un referente seguro para él, estas, como las opiniones y las personalidades, pueden cambiar, dando lugar a finales de lo más emocionantes e inesperados.
Admito que la narración de Jasper me ha resultado un poco complicada hasta que llegué a acostumbrarme a su algarabía de colores. Por lo mismo, puedo afirmar que Sarah J. Harris se ha esforzado mucho en intentar hacer llegar a los lectores un mundo rico y diferente, el de las personas con sinestesia y ceguera facial.
El color del asesinato de Bee Larkham es, en definitiva, una obra diferente que aúna el misterio del thriller con la emotividad de la historia de un chico que intenta abrirse camino en un universo en el que se conoce diferente y no siempre es aceptado. Conoce ahora a Jasper y sus extraordinarias cualidades y acompáñale en la mayor aventura de su vida: la de averiguar si fue él mismo quien asesinó a su vecina, Bee, o fue otra persona. Solo si llegas al final de la lectura, conseguirás averiguar la verdad. ¿A qué esperas entonces?
Cristina Monteoliva


© Cristina Monteoliva.