lunes, 24 de julio de 2017

Entrevista: HIPÓLITO G. NAVARRO.

Queridos amigos lectores,

el maestro del cuento Hipólito G. Navarro ha vuelto con fuerza al panorama literario este año 2017, y no solo eso: ¡también se ha atrevido a contestar nuestras preguntas!
Para aquellos que no lo conozcáis todavía, os cuento que Hipólito G. Navarro nació en Huelva en 1961. Hasta la fecha, ha publicado los libros de relatos  El cielo está López, Manías y melomanías mismamenteEl aburrimiento, LesterLos tigres albinosLos últimos percances (Premio Mario Vargas Llosa NH en 2005 a mejor libro publicado), El pez volador (Premio El Público de Narrativa 2009, otorgado por los periodistas culturales de Andalucía) y La vuelta al día (XXIII Premio Andalucía de la Crítica en la modalidad de relato), y la novela Las medusas de Niza (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y de la Crítica andaluza 2001). Por si fuera poco, durante los años 1994 y 2001 editó la revista Sin embargo, dedicada al cuento literario, y fue el responsable de la edición de los cuentos completos de Fernando Quiñones, Tusitala (Páginas de Espuma, 2003). Sus relatos han sido traducidos a diez idiomas y están recogidos en antologías del género en Europa y Latinoamérica.
Tras doce años en barbecho, Hipólito ha publicado su último libro de cuentos en 2017: La vuelta al día. Hablamos con él de este nuevo compendio de relatos, pero también de otros temas. Si queréis enteraros de todo, no tenéis más que seguir leyendo:

¿Cuándo comenzaste a escribir?
En los años de universitario, cuando tendría que haber estado estudiando con más ahínco. De ahí que me quedara en biólogo interruptus.

¿Qué autores crees que te han influenciado como escritor?
Imagino que muchos. Julio Cortázar, Samuel Beckett y Franz Kafka. Estos son los tres que al final de la adolescencia me pusieron la cabeza a mil, los que me metieron el veneno en el cuerpo.

¿Por qué escribir cuento?
Porque es el género que me permite jugar más con el lenguaje, con la forma, con las estructuras, sin perder de vista que todos esos juegos tienen que gustar y hasta emocionar a un lector más tarde.

Has vuelto al panorama literario con La vuelta al día tras muchos años sin publicar libro. ¿Acaso te daba miedo volver al ruedo, por así decirlo?
Algo de eso había. Y hay todavía. Yo tengo el sentido del ridículo muy desarrollado. En la escritura sobre todo. Me gustaban más o menos cada uno de los cuentos que conforman el libro, pero tuve durante años serias dudas en cuanto a la composición del volumen, su arquitextura, su dibujo final.



Cuentas en el prólogo de este libro que muchos de los cuentos que aparecen en él han sido reescritos a lo largo del tiempo un buen número de veces. Exactamente, ¿cuántas veces crees que hay que darle vueltas a un cuento hasta dejarlo bien pulido?
No lo sé. Depende de los cuentos. Alguno se presenta de golpe tal y como debe quedar, como si me lo hubiese dictado una parte de la cabeza más artista que las demás. Otros, la mayoría, siempre se pueden mejorar: un adjetivo, el sonido de una frase, el ritmo de un párrafo. Por eso publicar resulta a veces tan liberador, para dejar de darle vueltas a todo eso. Aun así, a veces, cuando tengo la oportunidad de reeditar, todavía meto mano en alguna esquina y limo torpezas y entusiasmos locos, lo que obviamente no significa una mejora, sino también, ay, un empobrecimiento.

También dices en el prólogo que te encanta poner títulos a los cuentos. ¿Crees que en el futuro dejarás de escribir cuentos para vender tus títulos a los amigos escritores (para sus relatos, se entiende)?
Jajá. Pudiera ser. Aunque últimamente hasta los títulos me cuestan. He tenido épocas en las que me gustaba tanto poner títulos que publicaba cuentos con título y subtítulo entre paréntesis. Uno tengo por ahí, “A buen entendedor”, con su subtítulo, y partido en dieciocho trozos, cada uno con su titulillo, así que en un solo cuento logré colocar al editor y a los lectores veinte títulos sin que apenas se diesen cuenta.

La vuelta al día, el libro, debe su título a una parte del libro y, también, a uno de los relatos. ¿Tienes alguna predilección por el número tres? ¿Y por qué titular el libro de esta manera y no de otra?
No había caído en esa triple coincidencia, la verdad. El título es un homenaje a Julio Cortázar, a uno de sus libros misceláneos, esos que él llamaba “almanaques”, y que a mí me gusta mucho, La vuelta al día en ochenta mundos. Esta última criatura mía es así, muy variada en las partes que la conforman. También el siguiente libro de Julio, Último round, tiene un carácter similar. No me hubiese importado titular el mío así también, pero ya en la compilación anterior, Los últimos percances, había amagado por ahí, y me parecían demasiados últimos ya. Vamos a dejar las cosas en penúltimas, de momento; ¿no te parece mejor?

Muchos de los cuentos de este libro están narrados en primera persona, con una voz intimista. ¿Cuánto de autobiográfico hay en ellos?
Hay demasiada autobiografía en estos cuentos, me temo. En la mitad de ellos va medianamente camuflada en las situaciones y los personajes, pero en la otra mitad, y sobre todo en la última sección, la que presta su título al libro, ahora me veo demasiado desnudo. Son muy poco pudorosas esas páginas. Lo siento, no lo he podido evitar.



¿Qué relato te ha costado más escribir? ¿Y cuál menos?
Todos los que conforman este volumen me han costado lo suyo. Excepto el último, escrito desde las entrañas, de un tirón. Con el resto me he entretenido en demasía. No me cuesta escribir mis cuentos, como te digo, pero sí el pulido posterior, el peinado y repeinado, vestir de limpio la primera redacción, demasiado arrebatada e intuitiva casi siempre.

¿Cuántos relatos quedan en el cajón para el siguiente libro?
Todavía hay algunos, una docena larga o dos. Pero me temo que bastante asilvestrados, inservibles quizá, más útiles para prendedores de chimenea que para conformar con ellos un libro.

¿Qué ha supuesto para ti ganar el XXIII Premio Andalucía de la Crítica en la modalidad de relato?
Los premios son siempre un buen estímulo, y más especialmente estos a los que uno no tiene que presentarse. Me alegra que haya sido en la modalidad de cuento. Recibí este premio en el año 2000 por una novela, y sentí entonces que había traicionado a mi género preferido. Es como haber arreglado por fin aquel entuerto.

Hay quien piensa que la buena literatura está reñida con el humor. Sin embargo, casi todos los relatos de este libro hacen que el lector sonría, cuando no se ría a mandíbula batiente. ¿Qué les dirías a esos que solo ven el drama en las letras?
Que se equivocan, y que se pierden una de las vertientes más ricas y placenteras de la literatura. El humor no está reñido con la seriedad, sino con el aburrimiento. Se pueden tratar asuntos muy serios con el humor, desde el humor. Esos relatos que hacen reír en mi libro, apenas escarbes en ellos, verás que están cargados con algunas tragedias y amarguras bien gordas, que yo no hubiese sido capaz de abordar sin la protección que me proporciona el humor. ¿Crees que podría haber tratado del alcoholismo y el suicidio de mi padre cuando yo era un niño sin esa especie de coraza que me da el humor? Hubiese sido imposible; demasiada tristeza, demasiado dolor lo hubiera ahogado todo.
  


Por cierto, del alcohol se sale, pero, ¿y de la literatura?
Algunos salen, sí. Mi padre, por desgracia, no pudo. Su muerte recién cumplidos los 46 años fue la que me hizo meterme a mí en el veneno de la escritura. No sé si quiero salir de él del todo. Quizá se pueda escapar de la escritura. De la literatura, de la lectura, ojalá no pueda salir nunca. Es la lectura la que nos salva. Los libros de los otros me han salvado siempre de mí mismo y de la realidad.

¿Qué esperas que encuentren los lectores en La vuelta al día?
Espero que pasen un buen rato con su lectura. Ojalá algunas de sus piezas les hagan reír y pensar al mismo tiempo.

¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en marcha?
De momento me dejo ir, como en los últimos doce o catorce años. Leer, lo que más deseo es leer, ocupar todo mi tiempo con la lectura. Sé que a la vez, poco a poco y casi sin querer, me irán naciendo algunos cuentos, y que también iré corrigiendo las piezas antiguas que me acompañan desde hace tanto. ¡Quién sabe; lo mismo en otros doce años acabo cerrando un artefacto parecido a este último, y volvemos a charlar de nuevo como hoy!

¿Te gustaría añadir algo antes de acabar esta entrevista?
Sólo darte las gracias por ella, y también por todo lo que vienes haciendo por las letras de este país desde hace mucho con tanta generosidad. Y dar las gracias, claro, a los lectores que nos acompañaron hasta esta línea final. Sin ellos, sin los lectores cómplices, los cuentistas no somos nada. Los novelistas todavía… pero los cuentistas…, los cuentistas no existimos sin esta complicidad.

Muchas gracias a ti, Hipólito, por tu tiempo, tus respuestas y tus fotos personales. También por valorar mi esfuerzo (créeme: tampoco es para tanto). Espero que no vuelvas a dejarnos a todos tantos años sin saber de ti, ¡ya has visto cuánto se te ha echado de menos en el panorama literario!
Y a vosotros, amigos lectores, gracias por estar de nuevo ahí al otro lado un día más. Y ahora, ¡a leer!

Cristina Monteoliva

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