jueves, 13 de julio de 2017

EL FANTASMA DE LOS VERANOS DE MI INFANCIA.

Nos gustaba pasear cuando llegaba la noche. Casi siempre por la playa de San Cristóbal. Era una sana costumbre adquirida en un tiempo en el que solo había dos cadenas de televisión, las sillas del cine de verano eran incómodas (me cuentan que lo siguen siendo), no existían los teléfonos móviles e internet quedaba todavía lejano. ¿Monótona? ¿Aburrida? Claro que no. Las conversaciones nunca eran las mismas, tampoco las pequeñas distracciones que encontrábamos por el camino: los puestos de bisutería, los de juguetes infantiles, los de ropa fresquita y veraniega… Y, por supuesto, los de los libros.



Creo que alguna vez hubo una feria del libro en Almuñécar. Probablemente fuera aquello que montaron en la plaza de la Constitución (la del ayuntamiento) cuando yo estaba en el instituto. Si lo recuerdo vagamente es porque unos compañeros y yo ganamos, gracias a algún tipo de trabajo de clase, unos vales para adquirir libros en la plaza. Puede que aquella tradición durara más de un año. Puede que yo entonces no le hiciera mucho caso a las ferias del libro. Puede que para mí la época de ver libros en puestos no fuera aquella, sino el verano, cuando llegaban los del paseo de San Cristóbal y me pasaba las noches mirando y remirando títulos. Yo por ahora no tenía mucha idea de literatura (muchos diréis que ahora tampoco) y me guiaba por las portadas, las sinopsis y poco más. Me gustaban las novelas de misterio y aquellas que pudieran dar un poco de miedo (o mucho; yo por aquella época me asustaba con todo). Tampoco le hacía ascos a lo que pudiera parecer un buen romance. El caso es que tardaba días y días en decidirme por un libro o por otro. No disponía de mucho dinero para gastar, y aunque aquellos libros estaban a buen precio, yo tenía que sopesar bien la inversión. ¡Quién me iba a decir entonces que acabaría con tantos libros por leer unos cuantos años después!


Un verano más, los libros han vuelto al paseo. Libros a mejor precio, incluso, que cuando yo era una niña. Libros clásicos en versión bilingüe, de misterio, de aventuras, de terror, infantiles y demás. A diferencia de antaño, ahora el puesto abre también en horario diurno. Hay que aprovechar que el pueblo está lleno de veraneantes para ver si cae una venta. La gente se para y mira con calma los títulos. Algunos compran. Yo me acerco y compruebo que muchos títulos son los mismos del año pasado: obras que parecen hechas solo para este tipo de negocios y libros que las editoriales quieren liquidar como sea. Algunos títulos nuevos se van incorporando cada año. Me resulta divertido, por ejemplo, encontrar el libro de un famoso presentador que presumía de vender sus libros como rosquillas. Se conoce que hubo muchas ediciones de su obra, sí, pero que la última hay que venderla de esta manera. ¿Es triste? No lo creo. Muchos de los libros que veo por el puesto merecen ser leídos, la mayoría, y si además sus lectores los pueden conseguir a 3 ó 4 €, ¡estupendo! Otro día también irán a la librería a comprar novedades, si es lo que les apetece.
Miro a la gente que compra libros en el puesto con nostalgia y envidia. Nostalgia, porque ya pasó aquella época en la que yo me ilusionaba cada noche pensando en que iría a ver libros a los puestos de entonces; envidia porque hace tiempo que apenas puedo leer en verano de aquella forma tan relajada de entonces. Cuando eres reseñista, no existe el otoño, el invierno, la primavera o el verano: todas son estaciones en las que se lee y se habla de lo leído. Llega el mes de agosto y tú no piensas en leer un rato en la playa, entre baño y baño, como si fuera algo extraordinario. De hecho, si te llevas un libro a la playa, tendrás que leer al menos unas cuarenta páginas, y si no, te sentirás culpable por ese libro, que espera tu reseña seguro desde hace algún tiempo, y por todos los demás, que se han quedado en tu escritorio, escuchando a los niños del hotel de enfrente gritando en la piscina.




Lo cierto es que con tanto libro que tengo por revisar, no debería tener ganas de pararme ante anda que tuviera que ver con ellos. Y, sin embargo, cada vez que veo de lejos el puesto de los libros, vuelvo a los veranos de mi infancia. A los paseos, a los helados, a las pipas. A los primeros libros descubiertos en aquellas estupendas noches de verano en aquellos puestos del paseo de San Cristóbal. ¡Ah, qué maravilloso es este fantasma de los veranos de mi infancia! 

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