miércoles, 8 de abril de 2015

LA CABRA MONTESA, un relato de Cristina Monteoliva

LA CABRA MONTESA, un relato de Cristina Monteoliva (Todos los derechos reservados)


Aunque en mi familia se conocían varios casos, la noticia de mi enfermedad me cogió totalmente por sorpresa. Aquel día de mayo, en la consulta del doctor, sentí que estaba viviendo un mal sueño. Una horrible pesadilla de la que no podía despertar. Simplemente, era incapaz de asumir lo que me pasaba, de creer que la china del destino me había tocado a mí.
Aquello era injusto, terriblemente injusto. Y triste, muy triste. Absolutamente desolador.
En lugar de pensar en el tratamiento que me esperaba y las esperanzas que los médicos me ofrecían, me sumí en la depresión y la autocompasión. Durante días, fui incapaz de levantarme de la cama. Nada de lo que me dijeran mis familiares y amigos conseguía que mi ánimo mejorara lo más mínimo. Me sentía derrotada, y pensaba que si lo peor tenía que pasar, que fuera cuanto antes mejor.
Un día, sin embargo, cansada de apenas pegar ojo en toda la noche, y sin saber por qué, me levanté, me puse cualquier cosa y salí a la calle.
Era una mañana fresca y luminosa de finales de mayo. El verano estaba a la vuelta de la esquina y se notaba en el aire. Y no solo en el aire, sino también en la manera alegre que tenía la gente de saludar a los demás, de mirar al cielo o sencillamente de pasear por el soleado paseo marítimo.
Mis pies me llevaron al Peñón del Santo, ese gran monte rocoso situado entre el mar y la tierra y presidido por una gran cruz. El escenario en el que tantos años antes los de la serie Verano Azul enterraran a Chanquete. El sitio en el que de pequeña pasaba las mañanas de domingo. El lugar donde vi por última vez a mi amiga Lourdes.
Lourdes y yo nos hicimos amigas el primer día de bachillerato. Las dos vivíamos cerca del exótico parque El Majuelo, y aunque nos habíamos visto muchas veces por la calle, nunca habíamos hablado. Aquel día, ambas coincidimos cruzando el río Seco para subir al instituto Antigua Sexi por el Cerrillo, el polvoriento atajo que atraviesa el monte entre campos de chirimoyos. Tras un saludo algo tímido por mi parte y efusivo por la suya, Lourdes comenzó a hablar de lo que esperaba de aquel primer día de clase, de lo mal que le habían hablado sus primos de ciertas asignaturas, de las ganas locas que tenía de que llegaran las vacaciones… Yo, mientras tanto, la miraba embelesada. Además de elocuente, Lourdes era la niña de larga trenza rubia y ojos oscuros más guapa que había visto en mi vida. Por un momento, quise ser como ella. O al menos ser su mejor amiga. Y mi deseo se cumplió.
Durante tres años, Lourdes y yo compartimos pupitre, estudiamos juntas montones de cosas aburridas (y otras que nos encantaron), descubrimos las primeras noches de marcha en el pub El Rastro, nos enamoramos de nuestros primeros ídolos musicales (y nos peleamos por ellos), fuimos a la playa cada día de verano, nos lo pasamos bomba en el Aquatropic cuando nos dieron entradas gratis, hicimos cientos de fotos en el viaje de estudios y comimos infinidad de helados delante de la tele.
Ella era extrovertida, yo era más callada. A mí se me daban bien las Matemáticas, ella era perfecta en Lengua. Ella era genial haciendo amistades con nuestros compañeros, yo era buena relacionándome con los profesores. Éramos sencillamente el dúo perfecto y las mejores amigas del mundo.
Llegamos a lo que antes se llamaba C.O.U. (el curso previo a la universidad) con muy buenas notas. Aun así, el último curso me daba un poco de miedo. Todo el mundo decía que era mucho más difícil, y que las pruebas para entrar en la universidad, muy duras. Temía no ser capaz de mantener las buenas calificaciones, aunque confiaba poder apoyarme, como siempre, en mi mejor amiga. Poco sospechaba entonces que las cosas iban a cambiar tanto para ambas.
Lourdes empezó a ausentarse de clase a los pocos días de empezar el curso. Durante todo el verano se había sentido un poco mal, aunque yo no pensaba que fuera nada grave. La misma vehemencia que la llevaba a defender sus posturas, el mismo convencimiento, la hacía a veces exagerar lo que le pasaba. Y si un resfriado se convertía en un tifus, un simple arañazo requería amputar una pierna o un orzuelo conllevaba perder un ojo, ¿cómo iba yo a pensar que esta vez las cosas iban en serio?
Llamé a su casa varias veces para preguntar por ella. Al otro lado del aparato me esperaban siempre con palabras vacías, evasivas, puras excusas. Nadie quería o podía contarme qué era lo que estaba pasando. Tampoco lo hicieron cuando me presenté delante de la puerta de su casa una tarde.
La madre de Lourdes me abrió con ojos llorosos y cierto temblor en las manos. Tras un par de frases cordiales pero inútiles y nuevas excusas, prácticamente me dio con la puerta en las narices.
Yo me quedé ante aquella casa muy preocupada. No sabía qué hacer. Tenía que contactar con Lourdes, saber qué era eso tan terrible que no podían contarme; pero no tenía ni idea de cómo conseguirlo.
De pronto, justo cuando me disponía a marcharme, la puerta volvió a abrirse y mi amiga sacó la cabeza tímidamente por la apertura abierta, un gesto nada normal en ella. Estaba más delgada, y muy pálida, aunque su tono alegre fue el mismo de costumbre cuando me dijo:
–Quédate ahí mismo un momento, que ya salgo.
Tras una pequeña discusión con sus padres dentro de la casa, de la cuál apenas entendí cuatro palabras, la bellísima aunque un tanto desmejorada Lourdes salió vestida con un largo y vaporoso vestido rojo de tirantes, justo como si fuera a la fiesta de fin de curso.
Después de darme dos sonoros besos en ambas mejillas, mi amiga me sonrió, me cogió del brazo y me condujo calle abajo en dirección a la playa.
–Lourdes, ¿qué te pasa? ¿Y por qué te has vestido como si fuéramos de fiesta? – pregunté temerosa.
–Te lo contaré cuando lleguemos al peñón del Santo – me contestó con la vista clavada en el frente y una firme sonrisa dibujada en los labios.
Lourdes subió la cuesta del peñón corriendo, saltando, riendo como una niña pequeña en un parque de atracciones. Yo la seguía a la zaga mientras pensaba que se había vuelto loca. No sabía que mi amiga sencillamente se había propuesto disfrutar de cada momento como si fuera el último. Porque la vida, tal y como me contó una vez arriba, en la explanada, con la mirada perdida entre las olas que chocaban contra el pequeño peñón De En medio y el paraíso de las gaviotas llamado peñón De Afuera, se le escapaba de las manos a pasos agigantados.
Efectivamente, mi amiga estaba muy enferma. Iban a ponerle un tratamiento, pero los médicos no daban muchas esperanzas. No se lo habían dicho claramente, aunque ella lo sabía. ¿Por qué si no iban a esta tan derrumbados sus padres y sus hermanos?
–No voy a volver al instituto –concluyó con firmeza y sin borrar la sonrisa de sus labios–. A partir de ahora, tú sacarás las mejores notas por mí.
Yo no supe que contestar. Me había quedado de piedra, tan rígida como la verdosa estatua del célebre Abderramán I que hay a los pies del peñón del Santo.
–Bueno, pero ya verás cómo te curas –dije con torpeza. Las palabras salían de mi boca atropelladamente.
–Ojalá. Sé que esto es un fiasco para ti. Yo también tenía muchos planes para el futuro, muchas cosas por hacer juntas –contestó mi amiga, la vista siempre fija en el mar embravecido–. Pero no te preocupes. Siempre voy a estar contigo. Y jamás, te prometo que jamás, dejaré que te pase nada malo.
Aquella mañana de mayo, tantos años después, llegué a la explanada del peñón, pensando en aquellas últimas palabras de mi mejor amiga.  Lourdes murió tan sólo dos meses después de pronunciarlas y sin que hubiéramos vuelto a vernos, por expreso deseo de unos padres demasiado protectores. Su desaparición me dejó sumida en un vacío tan grande como el que sentía tras conocer mi propia enfermedad. Un dolor tan profundo, tan terrible, tan inconsolable…
¿Dónde se fue mi amiga? ¿Por qué jamás sentí su presencia, si me prometió que nunca me abandonaría? ¿Por qué me hizo una promesa que era imposible de cumplir?, pensé entonces con rabia y desesperación mientras las lágrimas amenazaban con empezar a derramarse por mi rostro.
–Mirad, ¡una cabra montesa!
El grito de un niño me sacó de mis pensamientos. Instintivamente, me acerqué a la reja de protección orientada hacia la diminuta playa de la Caletilla, más próxima, y la del paseo del Altillo, un poco más allá. Lo que vieron mis ojos era totalmente increíble. Pero no, ni el niño rubio que gritaba ni mis ojos me mentían: ¡había una pequeña cabra montesa trotando por el paseo en dirección al peñón!
Se trataba de un ejemplar joven, tan sólo una cabritilla, de color pardo y cuernos cilíndricos y puntiagudos. Sus patas se movían ligeras por el pavimento, como si aquel camino lo hiciera todos los días. Ignorando totalmente al niño curioso y a otros sorprendidos transeúntes, la cabritilla emprendió la escalada por la ladera del peñón, justo hasta llegar al otro lado de la reja.
La cabra y yo nos miramos a través de los negros barrotes de la verja. Fue una mirada larga, casi eterna. Era como si una fuerza extraña nos mantuviera unidas. Una fuerza que me hacía creer que aquella cabra podía leer mis pensamientos, que oía los gritos desesperados de mi cabeza. La misma fuerza que me hizo sacar una mano por entre los barrotes y acariciar sus barbas, sus mejillas, sus orejas durante unos breves instantes, justo hasta que el niño del paseo subió al peñón y espantó con su presencia al animal, que enseguida emprendió su camino de vuelta a casa, a saber dónde.
–¿Te ha dejado tocarla? – preguntó el niño mientras ambos mirábamos como la cabra trotaba y trotaba allá a lo lejos.
–Sí – contesté totalmente desbordaba por aquella sensación de paz, de sosiego, con la que me había dejado la cabritilla.
–¿Por qué te ha dejado tocarla? –insistió extrañado el chiquillo.  
–Porque es mi amiga– dije con lágrimas en los ojos, pero sonriendo–. Porque es mi amiga y ha venido a saludarme y a decirme que todo va a salir.
Por supuesto, el niño me tomó por loca. Como todos aquellos a los que les conté mi historia más tarde. Aunque loca o no, todo el mundo se alegró de que por fin estuviera mucho más animada y lista para encarar mi problema.
Poco después, comencé el tratamiento. Fue muy duro, pero nunca me sentí desanimada. Tenía mucha gente apoyándome y muchas ganas de superar la enfermedad. Y, al final, todo salió bien.
He ido muchas veces a esperarla al peñón del Santo, pero la pequeña cabra montesa nunca más ha vuelto a visitarme. No sé si alguna vez volverá a hacerlo. Me gusta pensar que sí, que regresará para llevarme con ella. Para llevarme con mi amiga Lourdes, allá donde ella esté, y así volvamos a ser de nuevo el dúo perfecto. Porque aunque mi amiga prometió protegerme, llegará el día en el que lo inevitable suceda.
Aunque confieso que espero que eso sea dentro de mucho, mucho tiempo.


Ilustración de Nur Zaragoza. Todos los derechos reservados

3 comentarios:

  1. El poder de creer lo invisible, hace posible que la fe, nos devuelva la vida entre los ojos y el alma.

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  2. preciosa historia, tierna, emotiva y esperanzadora.

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