martes, 28 de abril de 2015

Reseña de TALCO Y BRONCE, una novela de Montero Glez

Título: Talco y bronce
Autor: Montero Glez
Edita: Algaida
Páginas: 312
Precio: 18 € / 9,99 € (epub)

La transición española dio para mucho, tanto para lo bueno como para lo malo. De lo malo últimamente se habla poco; será que preferimos mirar hacia atrás con ese aire nostálgico e idealista, deseando que el espíritu de aquellos tiempos nos invadiera de nuevo para salir por fin de esta crisis que nos agobia. Pero hablemos de lo malo: la alta delincuencia, los policías corruptos, las drogas… En resumen, de todo lo que trata Talco y Bronce, la novela de Montero Glez ganadora del VIII Premio Logroño de Novela de la que hoy os vengo a hablar.
Chuqueli y Malata son una pareja de delincuentes que, junto con los otros componentes de su banda, se dedican a atracar joyerías, además de diversas empresas del todo conocidas por los lectores españoles. Las cosas les va más o menos bien hasta que roban una cantidad de oro demasiado grande como para conseguir colocarla entre los compradores habituales de material robado. Malata y Chuqueli se irán de España durante un tiempo. Para cuando regresen al país, las cosas ya no volverán a ser igual.
Esta es la historia de amor, delincuencia, venganza y sangre de Chuqueli y Malata, dos personajes marginales de principios de los ochenta dispuestos a casi cualquier cosa por llevar a cabo sus planes.
La narración comienza a media res, justo cuando Chuqueli y Malata deciden emprender su particular venganza contra unos policías corruptos que han destruido todo su mundo. Tras esta parte, nos encontramos en la segunda con el comienzo de la historia de amor y delincuencia de Chuqueli y Malata. La narración nos sitúa en Madrid a principios de los años 80. Chuqueli es un delincuente vasco que llega a Madrid para montar una banda con la que cometer diversos atracos. En la casa donde se hospeda conoce a Malata, una chica aún menor de edad que se enamora en seguida de él.
Tras mucho atracar y mucha aventura, como es de esperar, en la tercera parte conoceremos el desenlace de esta historia tan romántica como violenta.
El narrador de esta obra es un ser de tono tan canallesco como los personajes que la pueblan, de tal manera que prácticamente es un personaje más. El vocabulario utilizado por él es muy propio de la época y del mundo de la delincuencia de esos años.  Tampoco puede decirse que sea muy pudoroso a la hora de narrar ciertas escenas en extremo violentas o incómodas.
Talco y bronce recuerda, tanto por su argumento como por sus personajes, a novelas y películas de quinquis de la época, a los que sin duda quiere homenajear aquí el autor. Los actores de esta historia tan cinematográfica (y con una banda sonora muy de la época, todo hay que decirlo) viven una vida al límite pensando poco en las consecuencias. Para cuando quieren darse cuenta, ya están atrapados de forma inevitable en las redes de los policías que los persiguen. La pregunta es: ¿conseguirán los componentes de la banda, en especial, Chuqueli y Malata, salvarse?
En definitiva, Talco y bronce es una novela con carácter propio especialmente indicada para los seguidores del género negro que además tengan ganas de conocer el lado más oscuro de los años ochenta en España. Si este es tu caso, no dejes escapar la oportunidad de leer este libro.
Cristina Monteoliva

lunes, 20 de abril de 2015

Reseña de MI KARMA Y YO, de Marian Keyes

Título: Mi karma y yo
Autora: Marian Keyes
Traducción: Matuca Fernández de Villavicencio
Edita: Plaza& Janés
Páginas: 528
Precio: 19,90 € / 9,99 € epub

¿Qué sabemos del karma? ¿Es algo bueno? ¿Es algo malo? ¿Se puede confiar eternamente en una fuerza invisible que haga que todas tus acciones buenas se vean recompensadas y que las malas tengan su castigo? ¿El tiempo lo pone todo en su lugar? Yo a veces creo en esto último. Aunque, la verdad, no pienso mucho en el tema. O no lo hacía hasta que leí Mi karma y yo, la novela de Marian Keyes de la que enseguida paso a hablaros.
Stella Sweeney a veces piensa en el karma, aunque no sepa muy bien cómo funciona el mecanismo por el cuál el universo hará de ella una mujer muy feliz en el futuro. Su idea sobre el tema comenzará a cambiar el día en el que se vea involucrada en un accidente de tráfico a tres bandas. Stella no lo sabe, pero uno de los afectados por el choque es Mannix Taylor, el neurólogo que la ayudará meses más tarde en su rehabilitación, cuando una extraña enfermedad la deje totalmente inmovilizada en una habitación de hospital. La enfermedad y Mannix Taylor serán un punto de inflexión en la vida de esta esteticista madre de dos hijos. Tras su recuperación, Stella no solo deberá pensar qué hacer con su matrimonio con Ryan y su relación con Mannix, sino también cómo manejar su fama como escritora de libros de autoayuda. ¿Hasta dónde la llevará su karma?
¿Puedes confiar tu vida al destino, a ese karma justiciero? No me veo capacitada para responder a esa pregunta. Tampoco creo que Stella Sweeney, la protagonista de la nueva novela de Marian Keyes, Mi karma y yo, lo esté. El caso es que a lo largo de las más de 500 páginas de esta obra a Stella le pasan cosas malas y cosas buenas, de tal manera que al final todo parece que se compensa bastante.
Stella tiene un accidente de coche. Poco tiempo después, sufre un extraño síndrome que hace que solo pueda mover los párpados. La primera parte del libro, para mí la más profunda y emotiva, va sobre los angustiosos días de Stella en el hospital, de la fuerza que tuvo para seguir adelante aun cuando solo podía mover los párpados, y de las personas (o más bien persona) que le ayudaron a conseguir recuperarse del todo.
Tras su recuperación, Stella se convierte, de manera inesperada y prácticamente casual, en una escritora de éxito internacional. Si bien muchos lectores se centrarán más en la historia romántica que encierra esta parte del libro, yo prefiero fijar más mi atención en la interesante descripción que Marian Keyes hace del mundo editorial americano, de cómo funcionan de verdad las cosas cuando eres considerado un escritor de éxito; de lo fácil que es tanto subir como bajar en ese mundillo.
Stella es al principio de la historia una mujer que vive a la sombra de un marido que pasa de ser un genio fracasado a un verdadero genio de las reformas de los cuartos de baño. Como sus padres no pudieron pagarle estudios universitarios, nuestra dama tuvo que conformarse con montar un centro de estética con la siempre enérgica Karen, su hermana menor. Casada muy joven, pronto llegarían al matrimonio los niños, los problemas económicos y todo el estrés que todo ello conlleva normalmente. Tras su enfermedad, Stella no solo deberá a aprender a vivir de otra manera, sino también a lidiar con un hijo adolescente especialmente hosco y a la poca ambición de una hija risueña.
No sé si lo que he dicho hasta ahora suena muy serio o muy dramático. El caso es que lo es, pero también resulta todo muy divertido después de pasar por la pluma de Marian Keyes. Y es que los personajes de Marian Keyes son siempre sarcásticos, irónicos y tremendamente ocurrentes. Las anécdotas que cuentan (de ellos o de otros personajes) hacen que te pases días riéndote de ellas. Y todo ello sin perder el norte, de darle la importancia a los temas trascendentes de la historia, en este caso: la superación personal, el optimismo en la enfermedad, la aceptación de la derrota, el encontrar el amor verdadero a los cuarenta y saber conservarlo gracias a la confianza mutua y a la construcción de un futuro común.
Como curiosidad os diré que el título original de este libro es The woman who stole my life, es decir, La mujer que robó mi vida. El título tiene sentido solo cuando llegas casi al final del libro y no creo que englobe toda la historia en sí. Así que, por una vez, me quedo con la traducción española, más fiel, a mi parecer al espíritu de esta novela.
Mi karma y yo, en definitiva, es una novela original, fresca, divertida a la vez que profunda que te dejará totalmente enganchado tanto si eres seguidor de Marian Keyes como si es la primera vez que te decides por un libro de esta autora. Una lectura ideal tanto si crees en el karma como si no. ¿Te atreves a comprobarlo?
Cristina Monteoliva

domingo, 19 de abril de 2015

Sobre ferias del libro y gente que no lee (breve reflexión)

Este fin de semana estoy un poco triste. Vosotros diréis “¿y cuándo no estás tú triste?”. Sí, vale. Yo casi siempre estoy entre triste, melancólica y deprimida. Pero este fin de semana tengo un motivo serio para estar triste: la Feria del Libro de Granada ha comenzado y yo no podré ir. ¡Ni siquiera he mirado el programa de este año por no ponerme más triste! Tan cerca y tan lejos en mis posibilidades, amigos. Y lo que es peor: ¡es la primera vez en muchos años que no acudo a esta cita! Solo de pensarlo, lógicamente, me pongo triste.

Estamos en primavera, la época ideal para las ferias del libro. Hay más luz, se supone que es más probable que haga buen tiempo y la gente se anima a salir a la calle para acercarse a los puestos de estas ferias. Muchas aprovechan para organizarse coincidiendo con el 23 de abril, Día del Libro. Ya sabéis que en Barcelona es un día aún mucho más especial. Sant Jordi es todo un evento anual que reúne a numerosos autores y lectores.  La gran fiesta del libro, sí señor. ¡Otra cosa que me pierdo este año! Aunque, bueno, como a Sant Jordi no he ido nunca, me pica un poco menos.


¿No veis un fallo garrafal en el párrafo anterior? No hay premio para que el que lo adivine (una es así de rata), solo la satisfacción de saber que tienes ojo de halcón. Para sacaros de dudas, os lo digo: en el párrafo anterior he hablado de autores y lectores. ¿Lectores? ¿Todos los que van a Sant Jordi o a cualquier feria del libro son lectores? Muchos imagino que ese día fingirán serlo. Alguno puede que compre un libro para regalar o incluso, ¡ojo!, para quedárselo. Estos últimos se llevarán el libro a casa, unos días después se preguntarán por qué lo compraron (ay, esos impulsos de comprador compulsivo) y lo dejarán en un rincón olvidado por siempre jamás. 

Nosotros, los lectores, conocemos los beneficios de la lectura: la posibilidad de vivir aventuras sin salir de casa, el mayor desarrollo intelectual de la persona (con todo lo que ello implica), el momento de relajación, la vía de escape de problemas… Probablemente los no lectores también hayan escuchado estas razones alguna vez. Entonces, si saben que leer es bueno, ¿por qué no lo hacen?

Bueno, algunos sí lo hacen. Mirad si no lo que ha pasado con la moda de “Cincuenta sombras de Grey”, un libro que ha leído mucha gente que hasta entonces no leía (pero que muchos de los que leemos libros en cantidades industriales no vamos a leer). Me pregunto, sin embargo, si después estas personas habrán seguido leyendo. Espero que sí, que no sea que estén muchos esperando a que llegue otro libro de moda para plantarse en el sofá a vivir aventuras inventadas por otros.

Los libros de moda llegan a muchas personas, sí; pero no a todo el mundo. Siempre queda gente que, a pesar de las tentaciones a su alrededor, sigue sin leer. Y nosotros empecinados en que lean, oye. ¡No estaremos contentos hasta que todo el mundo en este país lea!
 
La pregunta es: ¿cómo demonios haces para que alguien que no lea quiera hacerlo? Pues mira, a ciencia cierta, yo no lo sé. Siempre me digo que para toda regla hay una excepción, y para la gente que no le gusta leer, también tiene que haber al menos un libro. El libro no va a ser genérico (ya sabemos que estas personas pueden resistirse a las modas). Para averiguar qué libro le interesaría, habría que conocer muy bien al individuo, sus gustos y motivaciones. Una vez que tuviéramos los suficientes datos en mente, podríamos sugerirle una serie de títulos.
¿Creéis que conseguiríamos así que esas personas leyeran? No soy una persona especialmente optimista (más bien todo lo contrario). Me gusta pensar que sí. Aunque, ¿se convertirían en lectores asiduos? 
En fin, mejor lo dejamos aquí. Que la última pregunta la contesten desde Cuarto Milenio. Mientras tanto, queridos amigos, si vais a las ferias del libro de vuestra zona, ¡pasadlo bien! ¡Y no os olvidéis de celebrar como se merece el Día del Libro! 
Por cierto, esta es la entrada 200 de este blog. Si has llegado hasta el final, o sea, si estás leyendo esto, ¡muchas gracias! Y si además miras este blog de vez en cuando, ¡muchas, muchas más gracias!

viernes, 10 de abril de 2015

Reseña de ¡ASÍ DE GRANDE!, de Ednar Ferber

Título: ¡Así de grande!
Autora: Edna Ferber
Traducción: Íñigo Jáuregui
Edita: Libros Nórdica
Páginas: 304
Precio: 19,50 €

Son muchas las cosas que diferencian a un libro de ficción perdurable del que está condenado a ser una moda pasajera. Muchas cosas que al final se pueden resumir, desde mi punto de vista, en una sola: un libro perdurable en el tiempo, una verdadera joya literaria, trata temas que siempre estarán de actualidad en la vida del ser humano, de tal forma que el lector pueda empatizar con los personajes casi sin darse cuenta. Pienso esto después de leer ¡Así de grande!, la obra de Edna Ferber ganadora del prestigioso Premio Pulitzer que nos trae de nuevo a nuestros días Nórdica Libros. El libro del que a continuación os hablaré.
Selina Peake DeJong es tan solo una adolescente cuando aterriza en la zona de Nueva Holanda, cerca de Chicago (Estados Unidos). Su padre, un jugador profesional, ha muerto trágicamente y Selina ha de hacerse cargo de sí misma aceptando un puesto de maestra en una escuela rural. Pronto conoce a un hosco granjero que la convierte en su esposa. A la muerte de este, Selina no solo ha de hacerse cargo de su hijo, al que ella llama cariñosamente Sobig (así de grande), sino que también habrá de enfrentarse a una ruinosa granja, a las habladurías de la gente y al imparable progreso.
Selina Peake DeJong es una mujer inteligente, optimista y enérgica. En la ciudad, si su padre no hubiera muerto tan repentinamente, podría haber llegado lejos de una forma u otra. Viuda de un granjero y con un hijo pequeño a su cargo, sin embargo, a Selina no le queda más remedio que convertirse en una campesina fuerte y testaruda, una mujer emprendedora que acaba haciendo lo imposible por conseguir que su hijo estudie y llegue lejos en la vida. Tan lejos como la propia Selina se merecía, aunque ella no piense conscientemente en ello.
Dirk, por su parte, es un joven inteligente al que le toca vivir un tiempo continuo de cambios: la muerte prematura de un padre, la guerra, la crisis económica… Dirk es de origen humilde, pero le gusta moverse entre la gente con dinero. Ello le llevará a cambiar de profesión. Una vez arriba, sin embargo, descubrirá que las cosas importantes son otras, y que el verdadero amor no se consigue con dinero.  Tal y como su madre le ha dicho siempre.
Admito que no sabía muy bien qué me iba a encontrar cuando comencé a leer ¡Así de grande! Creo que pensaba que la historia estaría centrada en Dirk, el hijo de Selina, tal vez desde el punto de vista de la madre sensiblera que convierte a su hijo en el centro de su universo. Tal vez que todo sería bucólico y tierno en el campo.  No podía estar más equivocada. Para empezar, esta novela nos narra la vida de los dos, madre e hijo, pero más la de Selina que de Dirk, mostrando siempre ese lado valiente y adelantado a su tiempo de la mujer que creía ser trigo cuando para mí es esmeralda. (Según el padre de Selina, en el mundo solo hay dos clases de persona: unas son trigo; otras, esmeralda).
En segundo lugar, porque la esencia de esta historia, que se mueve desde finales del siglo XIX hasta los años 20 del siglo XX, el tema principal, podría extrapolarse perfectamente a la época actual.
En tercer lugar, porque esta novela nos da a conocer aspectos de la América de aquellos años en los que otras obras no reparan, haciendo que el lector se interese en averiguar más acerca de la época.
Todas las madres quieren que sus hijos tengan éxito en la vida y sean felices. Muchas de ellas quieren que sus vástagos tengan la vida que ellas merecían y que, por una cuestión o por otra, no han tenido. A menudo esos hijos aprovechan con esmero las oportunidades que se le presentan. Otros, sin embargo, no saben valorar del todo lo que la vida les ofrece. Lo extraordinario de Selina es que jamás reprocha nada a su único hijo, jamás le echa en cara sus sacrificios. No se muestra en ningún momento amargada por lo que no pudo ser. Siempre mira hacia adelante, incluso cuando no parece haber un camino para seguir. Nos enseña que la verdadera fuerza está dentro de nosotros. Porque Selina, como decía antes, es una esmeralda disfrazada de trigo.
¡Así de grande!, en definitiva, es una obra apasionante llena de vivencias extraordinarias, personajes carismáticos y mensajes totalmente atemporales, escrita con una prosa fluida a la par que exquisita. Una novela para leer y releer con gusto. Yo que tú, sinceramente, no me la perdería.
Cristina Monteoliva

miércoles, 8 de abril de 2015

LA CABRA MONTESA, un relato de Cristina Monteoliva

LA CABRA MONTESA, un relato de Cristina Monteoliva (Todos los derechos reservados)


Aunque en mi familia se conocían varios casos, la noticia de mi enfermedad me cogió totalmente por sorpresa. Aquel día de mayo, en la consulta del doctor, sentí que estaba viviendo un mal sueño. Una horrible pesadilla de la que no podía despertar. Simplemente, era incapaz de asumir lo que me pasaba, de creer que la china del destino me había tocado a mí.
Aquello era injusto, terriblemente injusto. Y triste, muy triste. Absolutamente desolador.
En lugar de pensar en el tratamiento que me esperaba y las esperanzas que los médicos me ofrecían, me sumí en la depresión y la autocompasión. Durante días, fui incapaz de levantarme de la cama. Nada de lo que me dijeran mis familiares y amigos conseguía que mi ánimo mejorara lo más mínimo. Me sentía derrotada, y pensaba que si lo peor tenía que pasar, que fuera cuanto antes mejor.
Un día, sin embargo, cansada de apenas pegar ojo en toda la noche, y sin saber por qué, me levanté, me puse cualquier cosa y salí a la calle.
Era una mañana fresca y luminosa de finales de mayo. El verano estaba a la vuelta de la esquina y se notaba en el aire. Y no solo en el aire, sino también en la manera alegre que tenía la gente de saludar a los demás, de mirar al cielo o sencillamente de pasear por el soleado paseo marítimo.
Mis pies me llevaron al Peñón del Santo, ese gran monte rocoso situado entre el mar y la tierra y presidido por una gran cruz. El escenario en el que tantos años antes los de la serie Verano Azul enterraran a Chanquete. El sitio en el que de pequeña pasaba las mañanas de domingo. El lugar donde vi por última vez a mi amiga Lourdes.
Lourdes y yo nos hicimos amigas el primer día de bachillerato. Las dos vivíamos cerca del exótico parque El Majuelo, y aunque nos habíamos visto muchas veces por la calle, nunca habíamos hablado. Aquel día, ambas coincidimos cruzando el río Seco para subir al instituto Antigua Sexi por el Cerrillo, el polvoriento atajo que atraviesa el monte entre campos de chirimoyos. Tras un saludo algo tímido por mi parte y efusivo por la suya, Lourdes comenzó a hablar de lo que esperaba de aquel primer día de clase, de lo mal que le habían hablado sus primos de ciertas asignaturas, de las ganas locas que tenía de que llegaran las vacaciones… Yo, mientras tanto, la miraba embelesada. Además de elocuente, Lourdes era la niña de larga trenza rubia y ojos oscuros más guapa que había visto en mi vida. Por un momento, quise ser como ella. O al menos ser su mejor amiga. Y mi deseo se cumplió.
Durante tres años, Lourdes y yo compartimos pupitre, estudiamos juntas montones de cosas aburridas (y otras que nos encantaron), descubrimos las primeras noches de marcha en el pub El Rastro, nos enamoramos de nuestros primeros ídolos musicales (y nos peleamos por ellos), fuimos a la playa cada día de verano, nos lo pasamos bomba en el Aquatropic cuando nos dieron entradas gratis, hicimos cientos de fotos en el viaje de estudios y comimos infinidad de helados delante de la tele.
Ella era extrovertida, yo era más callada. A mí se me daban bien las Matemáticas, ella era perfecta en Lengua. Ella era genial haciendo amistades con nuestros compañeros, yo era buena relacionándome con los profesores. Éramos sencillamente el dúo perfecto y las mejores amigas del mundo.
Llegamos a lo que antes se llamaba C.O.U. (el curso previo a la universidad) con muy buenas notas. Aun así, el último curso me daba un poco de miedo. Todo el mundo decía que era mucho más difícil, y que las pruebas para entrar en la universidad, muy duras. Temía no ser capaz de mantener las buenas calificaciones, aunque confiaba poder apoyarme, como siempre, en mi mejor amiga. Poco sospechaba entonces que las cosas iban a cambiar tanto para ambas.
Lourdes empezó a ausentarse de clase a los pocos días de empezar el curso. Durante todo el verano se había sentido un poco mal, aunque yo no pensaba que fuera nada grave. La misma vehemencia que la llevaba a defender sus posturas, el mismo convencimiento, la hacía a veces exagerar lo que le pasaba. Y si un resfriado se convertía en un tifus, un simple arañazo requería amputar una pierna o un orzuelo conllevaba perder un ojo, ¿cómo iba yo a pensar que esta vez las cosas iban en serio?
Llamé a su casa varias veces para preguntar por ella. Al otro lado del aparato me esperaban siempre con palabras vacías, evasivas, puras excusas. Nadie quería o podía contarme qué era lo que estaba pasando. Tampoco lo hicieron cuando me presenté delante de la puerta de su casa una tarde.
La madre de Lourdes me abrió con ojos llorosos y cierto temblor en las manos. Tras un par de frases cordiales pero inútiles y nuevas excusas, prácticamente me dio con la puerta en las narices.
Yo me quedé ante aquella casa muy preocupada. No sabía qué hacer. Tenía que contactar con Lourdes, saber qué era eso tan terrible que no podían contarme; pero no tenía ni idea de cómo conseguirlo.
De pronto, justo cuando me disponía a marcharme, la puerta volvió a abrirse y mi amiga sacó la cabeza tímidamente por la apertura abierta, un gesto nada normal en ella. Estaba más delgada, y muy pálida, aunque su tono alegre fue el mismo de costumbre cuando me dijo:
–Quédate ahí mismo un momento, que ya salgo.
Tras una pequeña discusión con sus padres dentro de la casa, de la cuál apenas entendí cuatro palabras, la bellísima aunque un tanto desmejorada Lourdes salió vestida con un largo y vaporoso vestido rojo de tirantes, justo como si fuera a la fiesta de fin de curso.
Después de darme dos sonoros besos en ambas mejillas, mi amiga me sonrió, me cogió del brazo y me condujo calle abajo en dirección a la playa.
–Lourdes, ¿qué te pasa? ¿Y por qué te has vestido como si fuéramos de fiesta? – pregunté temerosa.
–Te lo contaré cuando lleguemos al peñón del Santo – me contestó con la vista clavada en el frente y una firme sonrisa dibujada en los labios.
Lourdes subió la cuesta del peñón corriendo, saltando, riendo como una niña pequeña en un parque de atracciones. Yo la seguía a la zaga mientras pensaba que se había vuelto loca. No sabía que mi amiga sencillamente se había propuesto disfrutar de cada momento como si fuera el último. Porque la vida, tal y como me contó una vez arriba, en la explanada, con la mirada perdida entre las olas que chocaban contra el pequeño peñón De En medio y el paraíso de las gaviotas llamado peñón De Afuera, se le escapaba de las manos a pasos agigantados.
Efectivamente, mi amiga estaba muy enferma. Iban a ponerle un tratamiento, pero los médicos no daban muchas esperanzas. No se lo habían dicho claramente, aunque ella lo sabía. ¿Por qué si no iban a esta tan derrumbados sus padres y sus hermanos?
–No voy a volver al instituto –concluyó con firmeza y sin borrar la sonrisa de sus labios–. A partir de ahora, tú sacarás las mejores notas por mí.
Yo no supe que contestar. Me había quedado de piedra, tan rígida como la verdosa estatua del célebre Abderramán I que hay a los pies del peñón del Santo.
–Bueno, pero ya verás cómo te curas –dije con torpeza. Las palabras salían de mi boca atropelladamente.
–Ojalá. Sé que esto es un fiasco para ti. Yo también tenía muchos planes para el futuro, muchas cosas por hacer juntas –contestó mi amiga, la vista siempre fija en el mar embravecido–. Pero no te preocupes. Siempre voy a estar contigo. Y jamás, te prometo que jamás, dejaré que te pase nada malo.
Aquella mañana de mayo, tantos años después, llegué a la explanada del peñón, pensando en aquellas últimas palabras de mi mejor amiga.  Lourdes murió tan sólo dos meses después de pronunciarlas y sin que hubiéramos vuelto a vernos, por expreso deseo de unos padres demasiado protectores. Su desaparición me dejó sumida en un vacío tan grande como el que sentía tras conocer mi propia enfermedad. Un dolor tan profundo, tan terrible, tan inconsolable…
¿Dónde se fue mi amiga? ¿Por qué jamás sentí su presencia, si me prometió que nunca me abandonaría? ¿Por qué me hizo una promesa que era imposible de cumplir?, pensé entonces con rabia y desesperación mientras las lágrimas amenazaban con empezar a derramarse por mi rostro.
–Mirad, ¡una cabra montesa!
El grito de un niño me sacó de mis pensamientos. Instintivamente, me acerqué a la reja de protección orientada hacia la diminuta playa de la Caletilla, más próxima, y la del paseo del Altillo, un poco más allá. Lo que vieron mis ojos era totalmente increíble. Pero no, ni el niño rubio que gritaba ni mis ojos me mentían: ¡había una pequeña cabra montesa trotando por el paseo en dirección al peñón!
Se trataba de un ejemplar joven, tan sólo una cabritilla, de color pardo y cuernos cilíndricos y puntiagudos. Sus patas se movían ligeras por el pavimento, como si aquel camino lo hiciera todos los días. Ignorando totalmente al niño curioso y a otros sorprendidos transeúntes, la cabritilla emprendió la escalada por la ladera del peñón, justo hasta llegar al otro lado de la reja.
La cabra y yo nos miramos a través de los negros barrotes de la verja. Fue una mirada larga, casi eterna. Era como si una fuerza extraña nos mantuviera unidas. Una fuerza que me hacía creer que aquella cabra podía leer mis pensamientos, que oía los gritos desesperados de mi cabeza. La misma fuerza que me hizo sacar una mano por entre los barrotes y acariciar sus barbas, sus mejillas, sus orejas durante unos breves instantes, justo hasta que el niño del paseo subió al peñón y espantó con su presencia al animal, que enseguida emprendió su camino de vuelta a casa, a saber dónde.
–¿Te ha dejado tocarla? – preguntó el niño mientras ambos mirábamos como la cabra trotaba y trotaba allá a lo lejos.
–Sí – contesté totalmente desbordaba por aquella sensación de paz, de sosiego, con la que me había dejado la cabritilla.
–¿Por qué te ha dejado tocarla? –insistió extrañado el chiquillo.  
–Porque es mi amiga– dije con lágrimas en los ojos, pero sonriendo–. Porque es mi amiga y ha venido a saludarme y a decirme que todo va a salir.
Por supuesto, el niño me tomó por loca. Como todos aquellos a los que les conté mi historia más tarde. Aunque loca o no, todo el mundo se alegró de que por fin estuviera mucho más animada y lista para encarar mi problema.
Poco después, comencé el tratamiento. Fue muy duro, pero nunca me sentí desanimada. Tenía mucha gente apoyándome y muchas ganas de superar la enfermedad. Y, al final, todo salió bien.
He ido muchas veces a esperarla al peñón del Santo, pero la pequeña cabra montesa nunca más ha vuelto a visitarme. No sé si alguna vez volverá a hacerlo. Me gusta pensar que sí, que regresará para llevarme con ella. Para llevarme con mi amiga Lourdes, allá donde ella esté, y así volvamos a ser de nuevo el dúo perfecto. Porque aunque mi amiga prometió protegerme, llegará el día en el que lo inevitable suceda.
Aunque confieso que espero que eso sea dentro de mucho, mucho tiempo.


Ilustración de Nur Zaragoza. Todos los derechos reservados

jueves, 2 de abril de 2015

ENTREVISTA: MARÍA ZARAGOZA

ENTREVISTA: MARÍA ZARAGOZA


¿Cómo y cuándo supiste por primera vez de la Avenida de la Luz de Barcelona?
La primera vez que escuché hablar de la Avenida de la Luz fue en una canción de Loquillo. Al principio me pareció que no hablaba de un lugar real, pero más tarde vi el vídeo, que está rodado en ella, y quedé fascinada. Quise conocerla, pero era tarde.

No hay demasiada información en internet sobre el lugar. Tampoco creo que muchos autores hayan escrito sobre el tema. ¿Crees que es porque el sitio está maldito?
No creo que el sitio esté maldito en sí, pero me da la sensación de que es un lugar que alimenta más el tipo de fantasías que da lugar a historias orales. Yo misma pregunté mucho sobre el lugar y me di cuenta de que para algunos era un lugar de ensueño y para otros un lugar de pesadilla. Solía depender de en qué momento de la Avenida de la Luz la hubiesen conocido, pero para mí fue muy interesante escuchar cómo un mismo espacio puede reunir dos tipos de historias tan opuestas y creo que eso se refleja al final en el libro.

¿Cómo se te ocurrió escribir Avenida de la Luz?
A mí me fascinan las ruinas urbanas, la historia de los espacios, y no me importa a la hora de quedar impactada por ellos que sea un templo romano o una fábrica abandonada. Al principio de escuchar hablar de la Avenida de la Luz, como ya he dicho, quise visitarla. En mi imaginación era un espacio en desuso con una historia fascinante y tenía que ver cómo era. Para mi decepción descubrí que se había convertido en una tienda de cosméticos, un hall y una sala de exposiciones y que apenas quedaban las columnas y unas fotografías conmemorativas de lo que fue. Creo que hasta ese mismo momento no tenía claro que quisiera escribir sobre la Avenida de la Luz, pero el sentimiento que me causó no haberla podido conocer, me empujó de alguna manera a escribir sobre la Avenida de la Luz que nunca fue: su ampliación en Ciudad subterránea.



¿Has escrito esta historia con brújula o con mapa?
Ha sido la primera vez que me he propuesto concienzudamente escribir con mapa una historia y ha sido interesante ver cómo del esquema original, del que no pensaba salirme, han quedado los huesos. Creo que hasta cuando se escribe con mapa, de vez en cuando, se usa la brújula.

¿Ha habido alguna parte de esta historia que te resultara especialmente difícil de escribir?
Sobre todo ha habido decisiones duras que he tenido que tomar para mantener la coherencia de la historia. En ciertas partes especialmente crueles me tenía que tomar mi tiempo y hacerlo con calma para no terminar actuando con el corazón en vez de con la cabeza.

¿Crees que es más complicado escribir terror - ciencia ficción que escribir otros géneros?
Creo que cada género tiene su dificultad y que cada autor tiene más facilidad para resolver según su método de trabajo, sus talentos personales o sus conocimientos. A veces incluso según gustos o afinidades.

¿Es complicado ser una autora de terror – ciencia ficción en España? (Recordemos que desde hace un tiempo está circulando en las redes la campaña #LeoAutoresEspañoles).
Creo que se ha extendido demasiado la idea de que en España somos mejores haciendo realismo y eso, aparte de no ser cierto, ha hecho bastante daño a lo fantástico en general durante mucho tiempo. Tengo la sensación de que está cambiando pero tampoco me hagas mucho caso, tiendo a ser bastante optimista. En cuanto al hecho de ser mujer, bueno, supongo que está todo resumido con decir que eso de que la igualdad está lograda y que estamos igual de consideradas es una de las peores mentiras de las que nos ha convencido.



Volviendo a la historia en sí, ¿qué elementos suyos crees que pueden atraer más a los lectores?
Creo que, por un lado, el descubrimiento de la Avenida de la Luz puede resultar atractiva, al menos a mí me lo resultó tanto que terminé escribiendo este libro. Por otro, me gusta pensar que he invitado a los lectores a acompañar a los personajes en una aventura de exploración de un mundo nuevo. No es una isla desierta, ni una selva tropical, ni un océano inexplorado, ni van a descubrir vida en el centro de la tierra, pero es un mundo nuevo al que se accede a través de algo tan cotidiano como una galería comercial. Y que, como todos los mundos nuevos, puede estar lleno de cosas fascinantes y peligros terribles.

¿Has hecho alguna vez exploración urbana?
Como tal no, es decir, de la que tiene nombres y apellidos no. ¿Pero quién no se ha colado alguna vez en un sitio abandonado o con fama de maldito?

¿Crees en las premoniciones o eso es algo que lo dejas solo para la literatura?
Sí creo en ellas porque llevo toda la vida viendo cómo en mi familia se predicen con sorprendente facilidad cosas muy rocambolescas que acaban teniendo lugar. Y también que les resulta complicado explicar por qué han tenido esa intuición tan certera. Si me preguntas si creo que eso tiene una explicación paranormal, te diré que no. Me parece que, simplemente, tiene una explicación que no conocemos todavía y que es perfectamente científica y lógica.

¿Con qué personaje te sientes más identificada?
Aunque es verdad que en esta novela en concreto todos tienen bastante mío por unas razones o por otras, creo que Laura es la que más tiene de mí, aunque no sea totalmente yo. Sí identifico en mí esa pasión por lo que no se lleva, la desconfianza por lo gregario, el amor por los cines que ella tiene.



¿Crees en los amuletos? ¿Tienes alguno?
No creo que los amuletos den suerte. Pero sí creo en objetos que crean costumbres, que tienen significados emocionales, que llevas en ocasiones especiales o nunca te quitas. De esos tengo todos los que quieras.

¿Qué esperas que encuentren los lectores en Avenida de la Luz?
Yo siempre me sorprendo con las cosas que encuentran los lectores y es lo que más me gusta. Normalmente me gusta que me digan que les he mostrado algo que no conocían, que les he hecho pensar sobre alguna cuestión que no se les había ocurrido, y esta vez me apetece mucho que me digan que se han divertido, que lo han pasado mal pero se han divertido.

¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en mente?
¡Yo siempre tengo mil! Me gustaría hacer una Space Opera, tengo un proyecto muy ambicioso de novela que siempre retomo y vuelvo a abandonar y luego mis proyectos de cómic y de cuentos infantiles a los que quiero dar más espacio. Si me preguntas por dónde pienso empezar ahora mismo, no sabría decirte, supongo que irá surgiendo porque quiero hacerlo todo.


Cristina Monteoliva

Reseña de AVENIDA DE LA LUZ, de María Zaragoza

Título: Avenida de la Luz
Autora: María Zaragoza
Edita: Minotauro
Páginas: 320
Precio: 18,95 € / 9,99 € epub2

Bajo las calles de Barcelona existió hace décadas un próspero centro comercial llamado Avenida de la Luz del que, hoy en día, solo quedan algunos (y escasos) vestigios (una tienda de la cadena Sephora, unas bonitas columnas…). Hubo un tiempo, sin embargo, mucho antes de que el lugar cayera en la más oscura de las decadencias, en que se pensó ampliar el centro comercial, creando así la Ciudad de la Luz. ¿Por qué no se realizaron las obras? ¿Y si se llevaron a cabo pero hubo que darle carpetazo al proyecto por misteriosos motivos? ¿No te gustaría conocer qué hubiera podido pasar en ese caso? De esto y mucho más va Avenida de la Luz, la nueva novela de María Zaragoza de la que hoy os hablaré.
El abuelo de Pere, Hermenegildo, ha vuelto a desaparecer. La primera vez que lo hizo estaba trabajando en la ampliación de la Avenida de la Luz, unas obras que jamás llegaron a terminarse. Hermenegildo, Herme, se esfumó en la nada para volver a aparecer diez años después contando asombrosas historias. Pere sospecha que el abuelo Herme ha vuelto a la Avenida de la Luz por algún extraño motivo y aprovecha su cita con un grupo de exploración urbana formado en internet para buscarlo. A los jóvenes adultos les acompaña Xurxo, el pequeño hermanastro albino de Pere, un chico sin duda especial (más allá de su problema de pigmentación dérmica). Todos juntos se adentrarán en las entrañas del centro de la ciudad condal sin saber que en las profundidades de la urbe hallarán mucho más que una aventura inocente.
El misterio puede esconderse en cualquier lugar, especialmente en aquellos sitios que vivieron un pasado espléndido antes de caer en la más terrible de las decadencias. Esos lugares que pasan desapercibidos para muchos, precisamente por el aspecto ruinoso en el que se encuentran actualmente, nos fascinan a otros tantos. No es de extrañar, por tanto, ya no solo que se escriba sobre ellos, sino que además se creen grupos para explorarlos. Así es cómo comienza esta historia: con una reunión en el metro de Barcelona de un grupo muy heterogéneo de exploradores urbanos con ganas de saber qué pasó con las obras de la Ciudad de la Luz y, de paso, buscar al abuelo de uno de ellos, Pere.
Pere es un chico tímido que se parece físicamente a Jared Leto y que lee novelas de aventuras durante las clases de Derecho en la Universidad. Su padre volvió a casarse cuando murió su madre. La nueva esposa vino acompañada de un misterioso niño albino, Xurxo, del que enseguida se encariñó Pere. Como su padre y su madrastra han salido la noche que queda con los otros chicos del grupo de exploración urbana y no hay nadie a quien pueda dejar al niño, Pere se lleva con él a su hermanastro sin saber lo peligrosa que puede resultar esta decisión.
Xurxo, el niño albino, tiene ciertos poderes especiales que ni él mismo sabe controlar. Como podréis suponer, esos poderes serán decisivos durante la fabulosa, a la vez que siniestra, aventura que va a vivir junto a Pere. Aunque Xurxo, en realidad, no es el único con poderes. O al menos, no es el único al que le han pasado cosas de esas que no hay manera de explicar en nuestro mundo. Pero sigamos con los personajes, que son, junto a la enigmática Ciudad de la Luz, la esencia misma de esta novela.
El siguiente que os nombraré es William, el chico inglés experto en exploración de lugares misteriosos que está con la beca Erasmus en España. Will parece el más serio, el que mejor puede controlar sus emociones. Sin embargo, el chico perdió hace dos años a su novia, y solo acordarse de ella puede ser terrible.
Uno de los personajes más atrayentes del grupo es Adela, la bruja vestida de blanco. Adela es una cazadora de fenómenos paranormales sin miedo alguno. Hasta que conoce la Ciudad de la Luz, por supuesto.
El trío madrileño lo componen Arturo, el atleta que de niño fue un gordito amargado; Bea, la chica de las gafas grandes que tanto disfruta modificando muñecas del tipo blythe; y Laura, la sensata e inseparable amiga de Bea que pronto se fijará en Pere.
El amplio elenco de esta novela coral lo completa Hermenegildo, más conocido como el abuelo Herme, un personaje con un misterioso pasado y quien, involuntariamente, mete a los chicos en un verdadero aprieto.
Hay muchos aspectos que hacen de esta una estupenda novela. Como, por ejemplo, la buena descripción psicológica de los personajes; algo fundamental, por otro lado, a la hora de entender cómo se desarrolla la historia. La narración no solo se centra en el presente de los personajes, sino que nos lleva a conocer el pasado de ellos cada vez que la trama lo exige. Pasado y presente llegan a fundirse en distintos momentos de la historia, como si ciertas cosas estuvieran condenadas a repetirse. Como si las pesadillas fueran realidad.
Avenida de la Luz está llena de buenas y bastante heterogéneas (¡arriba la Montiel!) referencias tanto literarias como musicales y cinematográficas. Y de series de televisión, por supuesto. Atentos los fans de doctor Who, El ministerio del tiempo o de la saga de victoriana de Félix J. Palma, porque seguro que esta novela también os va a encantar.
Imagino que llegados a este punto habrá quedado claro que esta es una obra que mezcla terror y ciencia ficción. Lo que supongo que no sabréis es que para que el universo fantasmagórico de la Ciudad de la Luz esté realmente completo debemos contar con una serie de elementos, algunos clásicos (como las referencias de las que antes os hablaba), otros novedosos (no pondré ejemplos para no arruinar la sorpresa). Todos ellos se combinan entre sí para dar algo nuevo, para reinventar el género de terror en nuestro país.
Y lo que es aún mejor, amigos: María Zaragoza es una escritora experimentada que escribe ya no solo con una prosa ágil, sino también con una gran calidad literaria. ¿Qué más se le puede pedir a una buena novela?
Avenida de la Luz, en definitiva, es una novela de terror, ciencia ficción y aventuras intensa, emocionante y sorprendente que va a hacer las delicias de todos los amantes de los tres géneros, tanto por separado como unidos, a partir de ahora. Una muestra más de que en nuestro país se pueden hacer grandes cosas, ¡a veces mucho mejores que las que vienen de fuera! Así que, amigo lector, no te lo pienses: hazte ahora con un ejemplar de Avenida de la Luz y descubre un lugar fascinante, unos personajes estupendos y, tal vez, tus propios miedos. ¿Te atreves a comprobarlo?
Cristina Monteoliva