lunes, 19 de agosto de 2013

ENTREVISTA A ÁNGEL OLGOSO, y III

Las frutas de la luna es tu último libro de relatos publicado. ¿En qué crees que se diferencia esta obra a las anteriores?
En mis primeros libros -como los que luego conformarían Los líquenes del sueño o como en Cuentos de otro mundo-, se acentuaba el humor negro, la ironía, los finales sorpresivos, la experimentación formal; eran ficciones llenas de juegos y trampantojos, de situaciones descabelladas, de viajes imposibles, furiosos a veces, también grotescos y macabros. Luego vino el descenso concéntrico y alucinado a los infiernos de Los demonios del lugar, la estética concentrada del breviario en los cien microrrelatos de “La máquina de languidecer”, o el planteamiento poético y lúdico de “Astrolabio”, en el que me permití zarandear un poco el cuento tradicional. Pero, al mismo tiempo, bajo todos ellos permanecía el sustrato fantástico, el de las historias extremas o inusuales, el de un menú de sabores y texturas sorprendentes.  Las frutas de la luna posee un aura ontológica, más fatalista, casi de revelación bíblica, más universal, donde el dolor, las derrotas o las atrocidades de la vida nos alcanzan como especie. En este libro (al que Merino ha calificado de “fuera de lo común en todos los sentidos”) hay un claro afán totalizador, una visión panorámica del hombre: la idea era llegar a lo más grande de la mano de lo más pequeño y partir de lo diminuto para abarcar el Cosmos entero.

¿Qué esperas que encuentren los lectores en Las frutas de la luna?
Encontrarán, por ejemplo, un viaje a la tramoya del Universo, macabros rituales vikingos, objetos que atraviesan los siglos, cuadros imposibles, un afilador capaz de detener el tiempo, la orilla donde convergen los vivos y los muertos, reliquias sacrílegas, un apagón cósmico, bestiarios fantásticos, un peine japonés, la pesadilla de la repetición del molde humano, monstruos creados por la timidez, dioses en un desván, la brillante red de los actos justos.
Encontrarán distintos registros y atmósferas, temas recurrentes de mis anteriores libros (los bucles temporales, el miedo, el vértigo, el asombro, las cosmogonías, las relecturas de la tradición cultural, los delirios sombríos, contratiempos que alteran la línea temporal o espacial), pero en esta ocasión también hallarán experiencias cotidianas, inherentes a todos los destinos humanos.
Espero que al leer las veinte historias que lo componen -unas se leerán con el corazón, otras con la mente y algunas con la espina dorsal-, al lector le invada ese vértigo, ese escalofrío, esa inquietud que solemos sentir al estar en presencia de un eclipse. Y, ya puestos, me alegraría enormemente que algunos lectores  consideraran al libro como una especie de bálsamo contra la literatura banal que se consume hoy al por mayor.

Y hablando de lectores, ¿cuál ha sido el comentario más llamativo que te ha hecho un lector sobre algo que has escrito?
Como comentario, supongo que es difícil superar el a todas luces hiperbólico que, movido por su generosidad, escribió Carlos Almira en una entrevista: “Ángel Olgoso  es el mayor fabulador que conozco hoy por hoy, al menos en castellano. Debería recitarse todos los días al despuntar el sol y al caer la tarde, sobre el plácido espejismo de nuestras ciudades.”
Como gesto, el de un lector que hace ya muchos años me confesó que había robado de una biblioteca pública uno de mis primeros -e inencontrables- libros.

¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en mente?
El año pasado -en tan sólo ocho meses de enfebrecido trabajo- terminé Breviario negro, un ramillete de cuarenta oscuros relatos que son mi respuesta a la vez sutil y brutal, imaginativa y realista, irónica y lúgubre a estos tiempos de ignominia. Y hace cuatro días comencé un nuevo libro se relatos, Devoraluces, que espero suponga un contrapunto más luminoso a la densidad ontológica de Las frutas de la luna y a la ligera tenebrosidad de Breviario negro, conformando quizá los tres una nueva trilogía involuntaria.
Mientras tanto, espero para este otoño la edición bilingüe hispanoitaliana -por la editorial Nazarí- de Ukigumo, mi libro inédito de haikus compuesto en 1992; la reedición -por la misma editorial creada por Paolo Remorini- de Cuentos de otro mundo, una versión íntegra que contará además con prólogo de Miguel Ángel Muñoz y portada de Santiago Caruso; así como la publicación de Almanaque de asombros en la colección Vagamundos de Traspiés, un librito que será casi una joya bibliográfica y que cuenta con las soberbias ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros.
Para terminar, este otoño también, y en Roquetas de Mar, una selección de mis relatos titulada Las uñas de la luz inaugurará la colección Cuadernos Metáfora, iniciativa con la que la célebre librería quiere difundir la cultura al precio simbólico de un euro.

 Antes de acabar, ¿te gustaría añadir algo a esta entrevista?
Sólo agradecerte de corazón, Cristina, tu interés por la obra de un servidor, y por tu magnánima iniciativa de dedicarme tal espacio en esta acogedora Orilla de las Letras.

Gracias a ti, Ángel, por tu tiempo, tus palabras y tus fotos personales.

Espero que todos tus nuevos proyectos lleguen a buen puerto y cada vez más gente conozca tu obra.


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