lunes, 19 de agosto de 2013

ENTREVISTA A ÁNGEL OLGOSO, II

¿Cuánto más breve, mejor?
El hecho de que me apasione la tensión, la concentración, la autonomía radical de lo breve, la maravilla de lograr algo en lo que no sobra ni falta nada; el hecho de que crea que bastan pocas páginas, incluso líneas, para mostrar la esencia de algo o para agotar cualquier argumento, no significa que olvide que fondo y forma son inseparables, que la brevedad no es un fin, un valor en sí mismo, que hay que tratar de contar la historia, no de la mejor manera posible, sino de la única manera posible. Sin embargo, Cristina, te confieso que últimamente estoy intentando desprenderme, con más ahínco, de esas estrechas etiquetas de autor de relatos breves y fantásticos, tratando -sobre todo con Las frutas de la luna- de que al fin se tenga la percepción de que sólo escribo literatura. La verdad es que esos marbetes de la brevedad y lo fantástico ya comienzan a apretar un poco, aunque no dejo de reconocer que yo mismo los llevé con gusto durante 35 años, más que nada para no molestar a nadie, para que no se reparara en mí y pudiera cultivar tranquilamente mi minúsculo jardín de relatos.

Ángel Olgoso es un perfeccionista, un arquitecto de la palabra siempre en busca de lo sublime. ¿Cuánto puedes tardar en dar por terminado un texto?
Depende de las circunstancias, ya que siempre estoy en sus manos. En ocasiones no he podido escribir nada durante cinco años; y sin embargo, de forma excepcional, en unos meses conseguí escribir ciento cincuenta relatos. Normalmente me cuesta bastante y no es casi nunca un proceso febril, ya que soy endemoniadamente lento y trabajo a conciencia cada palabra, en clave de orfebre, tesela a tesela como los artesanos granadinos de la taracea, luchando por la estilización y la excelencia de cada texto. Depende también de si el relato requiere o no un laborioso proceso previo de documentación (como los tres meses empleados en empaparme del Londres victoriano para El Lecho Celeste del doctor Graham). En otro libro mío anterior, Los demonios del lugar, se encuentran mis dos extremos creativos: el primero de sus relatos, Viaje, de una página, lo trabajé mentalmente durante la duermevela de una noche hasta dar con su forma definitiva y aprendérmelo de memoria; y Los palafitos, de quince páginas, sin embargo me llevó cinco años acabarlo. En Las frutas de la luna, hay dos ejemplos ilustrativos: para el relato Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde, acerca del pintor romántico alemán Friedrich, estuve veinte años recopilando información; y las treinta páginas de El síndrome de Lugrís me supusieron ocho meses de trabajo continuado de escritura y, por tanto, de vida. Hay que tener en cuenta que se desarrolla en Galicia, tierra de mis lejanos ancestros, en la que por desgracia nunca he estado. Como algunos lectores ya han calificado a este relato de obra maestra con vocación de clásico, doy por bien empleado el tiempo aunque jurara, al terminarlo, que jamás volvería a embarcarme en algo tan largo y complejo. De todas formas, no me importa sudar si finalmente el lector cree tener entre las manos algo hermoso, exquisito e inquietante que, además de hacerle gozar con el paladeo de cada palabra, puede cambiarle su percepción de la realidad. Ya lo dijo Nabokov mucho mejor, no es posible huir de la sensación enloquecedora de que las palabras justas, las únicas palabras valederas, esperan en la orilla opuesta, en la brumosa lejanía, y que ninguna idea verdadera puede decirse sin palabras hechas a su medida.

¿Es complicado compaginar la escritura con tu otra profesión, teniendo en cuenta la dedicación que sabemos que le debes a tus textos?
No pasa un día sin que me pregunte cómo diablos este caracol que soy ha conseguido escribir medio millar de relatos compaginando, no sólo el trabajo diario, sino las obligaciones familiares, las amistosas, las patafísicas y la bandeja de entrada del correo...
En los buenos viejos tiempos, de 1980 a 1995, me recuerdo inflamado de energía creativa, sentía la poderosa excitación del descubrimiento del mundo, del apremio respecto a la vida imaginaria, de la creación caudalosa y libre; sentía el gozo insensato de escribir con una tinta de lo más raro; me sentía, en definitiva, como el «obrero de sueños» de Salvatore Quasimodo. Cuando uno es joven esa alerta constante se mantiene por más tiempo, ese Nulla dies sine linea del proverbio latino parece depender menos de factores externos como la familia, los vecinos o la disciplina salarial (si uno tiene imaginación no puede evitar imaginar). Ahora, por desgracia, no dispongo de tanto tiempo como quisiera para esa exaltación imaginativa, propia de quien tenía la cabeza en las nubes y escribía a salto de mata, para esa afirmación radical propia de quien sólo se preocupaba de escribir. Pero me siento igualmente afortunado de escribir cuando puedo, robándole horas al sueño, y de disfrutar todavía haciéndolo.

Ángel Olgoso es un escritor muy admirado dentro de la profesión y la crítica. Sin embargo, existe un gran público que no conoce tu obra. ¿A qué crees que se debe esto?
Quizá a que mi única tarea durante más de tres décadas ha sido buscar la excelencia literaria. Y España no es precisamente el Valhalla de los lectores, y mucho menos de los lectores literarios. A esa dolorosa realidad podemos sumar otros factores, más íntimos, que pueden haber ayudado a consolidar tal percepción: timidez patológica, vida recogida y ajena al tráfico de vanidades, pereza para mercadear, escasa visión de futuro, y el hecho de que -como dijo Bernard Shaw- florecí antes de los veinte años pero casi nadie aspiró mi aroma hasta después de los cuarenta.

El terror y la angustia son los ingredientes principales de muchos de tus cuentos. ¿A qué se debe esto?
Siempre he trabajado en torno al extrañamiento, y es cierto que en algunos libros (especialmente en Los demonios del lugar, que podría ser una summa de miedos y terrores) predomina un sustrato perturbador, unas atmósferas oscuras que tienen quizá su origen en mi visión del prójimo como el más refinado de los torturadores y, también, en diversas circunstancias personales que viví durante la escritura de los textos.
De cualquier modo, basta con hurgar un poco para comprender que el horror es la esencia de la vida (todo nacimiento implica primero la muerte y luego el olvido), sobre todo en esta época de recrudecimiento de la vileza humana por parte de una minoría codiciosa, insaciable y criminal carente, además, de sentido común, empatía y de compasión. Sin embargo, aunque reconozco que me fascina el misterio del paso del tiempo, con sus congojas, la terrible indiferencia de la naturaleza y esos frágiles lazos que nos unen a la cordura y al abismo de la muerte, también he escrito numerosas piezas en las que predomina un humor declarado, la ironía, el sarcasmo, la piedad o la melancolía. Depende, como siempre, de las exigencias de la historia que intento contar.

¿Te imaginas escribiendo fuera del género fantástico?
Ya lo hago: en Las frutas de la luna se pueden encontrar relatos que participan plenamente del realismo, de un realismo muy personal, es cierto. Me considero heredero, y a mucha honra, de la mejor tradición fantástica, pero creo que he usado su sugestiva vía, si no para subvertirla después de conocerla, sí para colorearla con mi propia visión imaginativa, versatilidad, humor negro y melancolía. Ya lo sentenció alguien, la realidad es demasiado importante como para dejarla en manos de los realistas.

Pienso que la literatura fantástica quizá sea la realidad vista por dentro, siempre nos ha permitido alumbrar esa parte menos luminosa de la existencia que, de manera distorsionada como una sombra, acompaña a lo visible; nos ha ayudado a trascender nuestra conciencia, nuestra condición humana. La literatura fantástica -con recursos más flexibles que la realista, con recursos quizá inagotables- intenta abarcar los límites del universo, alcanzar lo inalcanzable, el delicioso vértigo del infinito. Como dijo Carl Sagan, vivimos en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol en el vacío del espacio, ¿se puede pensar en algo más fantástico? Y estoy seguro de que la función de la literatura -sea fantástica o no- debe ser metamorfosear lo real, convertir la oruga de la realidad en la mariposa del arte, enriquecerla con sueños, experiencias a través de un lenguaje rico y vigoroso para que no devenga en una mera fotografía.

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