lunes, 19 de agosto de 2013

Entrevista a Ángel Olgoso, I

¿Cuándo y por qué comenzaste a escribir?
A principios de los años setenta, en La Salle, ya escribía versos, anotaba ideas, hacía listas de palabras por la noche en el dormitorio comunal, bajo las sábanas y a la luz de una linterna. En 1973 gané mi primer concurso, organizado por la Federación Andaluza de Montañismo: había que narrar una excursión que uno hubiera hecho a una montaña; yo nunca había vivido aquella experiencia -soy de un pueblecito de la vega granadina-, así que me la inventé de cabo a rabo y gané (el premio consistía en una medalla que aún conservo y en una mochila que no tardó en extraviarse, a pesar de ser un viajero inmóvil). Tal vez ahí empecé a fabular, a comprender el irresistible poder de la ficción. Luego, en 1978, tras cinco años escribiendo poesía de vaga estirpe surrealista, cayó en mis manos la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, que supuso una revelación de proporciones casi bíblicas, pues durante más de treinta años he seguido su inquietante y fecundadora luz.

¿Qué autores te han influenciado más?
Todas las lecturas marcan de alguna manera, unas con un hierro candente y otras con un leve perfume. Las primeras decisivas, las que me propagaron instantáneamente el fuego de la creación, el gusto por la palabra, por la imagen poética fueron quizá La casa encendida de Luis Rosales y Cántico de Jorge Guillén -precisamente en La Salle-, y más tarde Alfanhuí de Sánchez Ferlosio, la Antología antes citada y La hora oval de Ferrer Lerín. Pero también, en su momento, El siglo de las luces, Ficciones, Rayuela, etc. La lista de autores sería interminable. Por citar a unos pocos, Poe y Kafka como principales vetas nutricias, los fantásticos victorianos, los fantásticos latinoamericanos, Maupassant, Schwob, Buzzati, Arreola, Denevi, Aickman, etc. Pasé por épocas consecutivas que tenían la vitola de Cortázar, de Vian, de Kerouac, de Mishima, de Chandler, de Bukowski, de Bradbury. Degusté la “prosa comestible” de Azorín, Aldecoa, Schulz, García Pavón, Nabokov, Rulfo, Pla. Pero si sólo pudiera nombrar dos debilidades inextinguibles, serían Álvaro Cunqueiro (un mágico y delicioso universo) y Chateaubriand (una cumbre estilística de la humanidad).

¿Qué tiene el relato que no tiene, por ejemplo, la novela?
Bueno, es más bien el relato el que no debe tener, ni tiempos muertos, ni genealogías interminables, ni morralla psicológica, en ocasiones ni siquiera resulta necesaria la aparatosa carcasa de una trama. Esto lo convierte en un texto destilado e incitante donde sólo perviven -junto al tuétano de los personajes y al aroma concentrado de la atmósfera-  el rigor y la intensidad.

Una novela es solamente una novela, algo que muchas veces sólo te ayuda a matar el tiempo, pero un buen cuento, un cuento redondo, es algo inolvidable. Aunque ya escribía relatos breves a finales de los setenta -mucho antes de que existiera el concepto microrrelato- a menudo me veo obligado a aclarar que sólo escribo relatos, independientemente de la extensión, que me pliego por completo a las necesidades del texto; que, ocupen una línea o treinta páginas, no olvido buscar su sustancia narrativa, aunar la precisión y belleza del lenguaje con la singularidad de la historia. Me gusta llamar a mis relatos “cuentos medulares” porque hay una depuración casi alquímica. Procuro que en ellos las palabras no avancen como ejércitos en formación, conduciéndose monótonamente durante cientos de páginas, entre desmayadas fanfarrias de banalidades e incontables estandartes de lugares comunes, hasta que el tedio y el agotamiento se apoderan del lector. Intento que lo hagan más bien como elementos de una emboscada rauda y limpia, con palabras que ejecutan con intensidad los movimientos justos, medidos, persiguiendo una sola visión, una idea inquietante, una conmoción, una sentimiento inefable, una resonancia.


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