viernes, 30 de agosto de 2013

Hablemos de BEST-SELLERS

Hablemos de best-sellers, esos libros tan odiados por unos y tan queridos por otros.



Hablemos de GUERRA MUNDIAL Z, el libro de Max Brooks que tanto ha vendido y tanto venderá: 



Bueno, pues yo ya he hablado bastante. ¡Ahora os toca a vosotros leer estos artículos y opinar sobre el tema! 

¿QUÉ OPINAS DE LOS BEST-SELLERS?

Hace ya bastante tiempo lancé esta pregunta entre mis contactos de Facebook y del grupo de LA BIBLIOTECA IMAGINARIA, https://www.facebook.com/groups/307163522726267/: ¿QUÉ OPINAS DE LOS BESTSELLERS?
Las respuestas (interesantes, todas ellas) no se hicieron esperar:
Manuel Palacios González: Que los lee mucha gente.
Alberto Corera: El problema es qué pide la gente. En general, la demanda se reduce a "Acción y aventuras", "Thrillers", "Novela histórica", en fin, que yo no quito a esta literatura ni un ápice de mérito, pero seamos claros: ¿cuánta gente lee poesía? ¿Cuánta gente lee teatro - de lo poquísimo que se publica -? ¿Cuánta gente lee hoy en día a Julio Cortázar, Borges, Ana María Shua, etc, en este país? En efecto, el best seller - el mismo nombre lo dice - vende mucho. No dudo que tendrá su mérito el mantener la atención del lector durante setecientas o más páginas pero... Lo siento. Para mí, la literatura con mayúsculas está en otra dimensión, en general no es fácil - al menos al principio - de leer, pero es un soplo de aire fresco frente a la esclerótica realidad editorial.
Daniel Estorach Martín: Que ya me gustaría a mí sacar uno, aunque la gente luego me criticara XD
Chabi Angulo: Nunca he entendido lo de los Bestsellers. Incluso ni me fijo que lo sea. No sé qué decirte, la verdad...
Deivid LopRod Cuando algo es lo más comprado, no debe de ser tan malo... ¿no? Hombre también se debe a todo el marketing, pero después de las primeras ventas el boca a boca es lo que funciona... Se puede decir que teniendo los recursos si se quiere que algo triunfe, lo hará...
José Antonio Morales Gálvez: La literatura es algo tan subjetivo que resulta complicado elegir cuál es mejor o peor libro. Que sea el más vendido, no tiene por qué ser el mejor. Es una cuestión de gustos,  siempre pienso.
Jorge Magano: Que con ellos me pasa igual que con los libros más minoritarios: algunos me gustan mucho, otros me gustan poco y otros no me gustan nada.
Alberto Melgar Chimil: La  verdad es que yo diría primero de que best sellers me hablan, ya que no es lo mismo por ejemplo Jaime Sabines que Pablo Neruda o Stieg Larsson o Thomas Harris o Tolkien u Oscar Wilde que cualquier libro de"autoayuda" o como pasa en mi pais los libros y videos de predicadores evangélicos, cualquiera de ellos son "los mejores ventas", creo que sería bueno reducir un poco el campo.
Luis Martinez Semper: Los Bestsellers son un producto respaldado por publicidad, la cual, a base de ser repetida y difundida, condiciona a la mayoría de la gente a querer vivir en primera persona lo que el libro puede ofrecer. Algunas veces se trata de un buen libro, otras veces es humo de colores... Pasa con la música, con las películas, con la mayoría de los productos que hoy en día podemos encontrar por ahí. Estoy seguro de que cualquier libro, respaldado por una ingente cantidad de dinero, será un bestseller.
Aída Albiar García: Que a cualquier cosa lo llaman best-seller ahora.
Eduardo Martínez-Abarca: Lo primero: ¡qué envidia! Lo segundo: ¡Ojalá que fueran mejores! Lo tercero: ¡Qué envidia!
Carlos Navarro: Depende. Si te vale con crear algo de teórica grandísima calidad pero q sea tan extraño q nadie sea capaz de leerlo, igual te sientes realizado. Por ejemplo, yo con la poesía -en general- ACTUAL, no puedo. Soy un cateto y me gusta lo clásico, como en el arte. Eso de q una poesía no rime NO LO ENTIENDO. Llamarme simplón, OK. Pero necesito entender lo q veo leo o escucho. No sólo q me "transmita" sensaciones. Es mi manera de verlo. Y los libros igual. Si digiero mejor un libro q otro, para mi es mejor. Da igual q sea de Dan Brown. Si me llega mejor q el del último Nobel de Literatura q puede q sea infumable a mi corto entender, pues A MI me vale. O como en el cine. Estoy hasta las xxxxxx de leer críticas ultragilipollescas de supuestos culturetas de todo a 100. Si la peli me entretiene, pues listo. Para pensar ya tuve mis años de universitario y alguno más de extra. Ojo es mi opinión.


Y tú, ¿qué opinas sobre el tema? Adelante, ¡expresa tu opinión tras este artículo! 

BEST-SELLERS: ¿sí o no?

La verdad es que el tema de los best-sellers da para mucho; pero como no quiero aburriros con una perorata eterna, intentaré resumir las cosas que sobre tan interesante tema me rondan la cabeza. Haré una lista, y perdonadme si soy un poco desordenada:

1.- El término best-seller se traduce al español como MEJOR VENDIDO. O dicho de otro modo, SUPERVENTAS. Esto quiere decir que el libro así etiquetado se vende como rosquillas.

2.- El término best-seller adquiere una connotación negativa para muchos escritores, los mismos que denuncian que muchas de estas obras tan consumidas para el público carecen de calidad literaria.

3.- Lo cierto es que muchos lectores no miran con lupa, como nosotros los escritores, el estilo de los best-sellers internacionales, o se aburren de unas tramas tan trilladas o… ¡Ellos directamente se entretienen con estos libros y ya está! No es una cuestión a veces ni siquiera de nivel cultura, sino simplemente de gustos personales. Y si quitáramos estos libros del mercado… ¡mucha gente no leería! Y, ¿qué es mejor? ¿Qué haya mucha gente que lea o que solo unos pocos lean unas obras escogidas? (Porque, amigos, por mucho que defendamos la buena Literatura, ésta no le va a entrar nunca a todo el mundo. Nos pongamos como nos pongamos).

4.- Pero, ojo, que una cosa no quita la otra: los libros mal-mal escritos no deberían publicarse. Las editoriales y los propios escritores deberían velar por ello. (Otra cosa es lo que suceda hoy en día, claro).

5.- Hablando de la buena literatura que se hace hoy en día: ¿no habéis pensado que si muchos de esos libros que llegan desde fuera de España a nuestro país no fueran best-sellers internacionales, no se traducirían a nuestro idioma?

6.- El Quijote es un superbest-seller, y nadie tiene dudas de lo bien que está escrito.

7.- La calidad literaria y las ventas NO TIENEN POR QUÉ ESTAR REÑIDAS. Hay muchos buenos escritores, también en nuestro país, haciendo buena literatura que llega a todo tipo de público. ¿Queréis un ejemplo? Félix J. Palma y su trilogía victoriana (otro día hablaremos de él).

8.- Para aspirar a vivir de la Literatura hay que, necesariamente, aspirar también a ser un best-seller, ya que los que venden poco, generalmente ganan cantidades irrisorias. Ahora bien, ¿por qué no intentar aunar calidad literaria con los temas que le pueden interesar al gran público?

9.- Los best-sellers llegan a serlo generalmente porque hay una buena campaña de marketing detrás de ellos. Pero, ¿por qué no creer en los milagros? Se han dado muchos casos de autores que, con pocos medios, han llegado a tener grandes resultados. Un ejemplo de ellos: Bruno Nievas, que gracias a su tesón en la promoción de su primera novela “Realidad aumentada”, no solo pasó de no tener editorial a tenerla, sino también a fichar, más tarde, por una de las grandes.


10.- Si quieres saber de verdad- de verdad si un best-seller merece la pena, ¿por qué no pruebas a leerlo? Insisto en que, aunque no te gusten los productos puramente comerciales (como puede que sean muchos de ellos) a veces puedes llevarte gratas sorpresas. 

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GUERRA MUNDIAL Z, DE MAX BROOKS: el libro

Título: Guerra Mundial Z
Autor: Max Brooks
Traducción: Pilar Ramírez Tello
Editorial: Books4pocket
Págs: 480
Precio: 9 €

La existencia del ser humano, aún hoy en día, parece estar siempre en peligro: desastres naturales, el cambio climático, bombas atómicas, ataques suicidas... Por no hablar (y más ahora, con la amenaza de la gripe A flotando sobre nuestras cabezas) de las pandemias, esa propagación masiva de enfermedades infecciosas a las que es difícil combatir. ¿Qué pasaría si la pandemia definitiva cayera de pronto sobre la Humanidad? ¿Sobreviviría nuestra especie? La respuesta puede que esté en Guerra Mundial Z, la sorprendente y exitosa novela de Max Brooks de la que hoy hablaremos.

La Guerra Mundial contra los zombis ha llegado a su fin, son ya pocos los especímenes que quedan vagando por el mundo y pueden ser exterminados sin problemas. Es hora de hacer balance, de hablar de dónde surgieron los primeros brotes de infectados, cómo se propagó tan terrible plaga por todo el globo terráqueo, qué hicieron los seres humanos en todo el mundo para resistir el ataque y cómo consiguieron, finalmente, tras años de lucha intensiva, acabar, de forma casi definitiva, con tan seria amenaza para la especie.

Pero, ¿de dónde nace la idea de escribir este libro? La Comisión de Postguerra de las Naciones Unidas le encargó al autor de esta obra un informe acerca de la contienda contra los zombis. El resultado, sin embargo, les pareció demasiado personal a los jefes de la ONU. Es por ello que nuestro investigador, tal y como nos explica en el prólogo de la obra, tuvo que optar por dar a conocer su trabajo por otros medios. Es decir, el autor tuvo que convertir sus informes en una interesante novela para que todos sepamos qué es lo que verdaderamente pasó.

¿Qué tiene de novedosa esta obra, frente a otras que hablan del mismo tema? Es cierto que los zombis son los mismos monstruos que el cine tantas veces nos ha retratado, seres caníbales que vuelven a la vida por culpa de una misteriosa enfermedad infecciosa, los mismos que se mueven despacio sin importarles su propio estado de descomposición y solo mueren del todo cuando se les machacan el cerebro. Lo que cambia, la gran novedad, lo que hace que esta obra sea tan terriblemente interesante, es la forma de tratar el tema de la invasión zombi, tal y como si hubiera existido de verdad en nuestro mundo, tratando de explicar cómo habrían actuado personas de distintas nacionalidades y culturas ante, durante y tras la invasión; intentando analizar la causa de los errores que se podrían haber cometido; informando de las formas de huir de estos repugnantes seres y, sobre todo, los métodos más infalibles de combatirlos hasta la exterminación.

Llegados a este punto, ¿deberíamos hablar de novela, en el sentido más ortodoxo de la palabra? ¿No sería mejor hablar de un documental novelado, o de la transcripción de un detallado reportaje televisivo o cinematográfico? Juzgad vosotros mismos. Os adelanto que en esta historia los narradores son tantos como personas entrevistadas por el investigador (hubo un momento en que, exhausta, tuve que dejar de contar), y de nacionalidades tan diversas como ancho es nuestro planeta. El investigador, por su parte, aparece fugazmente para introducir a los entrevistados y sus circunstancias, como un actor secundario cuya función es dar coherencia y cohexión a tan minuciosa obra.

Además, y por si fuera poco, la trama es tremendamente visual, casi cinematográfica, difícil no imaginarse casi a la perfección las situaciones y lugares aquí descritos.

Guerra Mundial Z, en definitiva, no es tan sólo una entretenida obra de terror psicológico y de ciencia ficción sujeta por fuertes pilares en forma de relatos perfectamente narrados, ingeniosas soluciones y una importante carga emotiva y humana, sino también un lugar donde acudir cuando queramos pensar, de una forma aproximada, qué pasaría si el mundo, tal y como es ahora, fuera invadido por una plaga de la que ninguno de los habitantes del planeta pudiera librarse.

No sé qué ocurriría si de pronto nos azotara, a los humanos, la pandemia definitiva. Es poco probable que venga en forma de zombis, como nos cuenta Guerra Mundial Z. Pero merece la pena, y mucho, leer este libro no sólo por su trama de ciencia ficción, sino por las cuestiones que puede plantearnos: ¿estaríamos preparados para la gran plaga?¿Encontraríamos una solución a tiempo? En fin, amigos: leed este libro y lo sabréis.
Cristina Monteoliva


GUERRA MUNDIAL Z: la película frente al libro

Está bien que algunos libros se lleven al cine, en el sentido de que el estreno del film suele acarrear nuevas ventas de una obra literaria que, muchas veces, llevaba tiempo criando polvo en las estanterías de las librerías.

Ahora bien, la mayoría de las adaptaciones cinematográficas no son fidedignas al libro del que se supone que proceden, tanto, que acaban no pareciéndose en nada a dicha obra. Guerra Mundial Z, la película protagonizada por Brad Pitt sería un ejemplo de esto que digo. Y es que Guerra Mundial Z no es que varíe mucho del libro de Max Brooks… ¡es que prácticamente solo se parece al libro en el título!
Si habéis leído la novela, o al menos la reseña que he publicado hace un rato, sabréis que Guerra Mundial Z es una novela CORAL, una historia NOVEDOSA Y ORIGINAL, una obra escrita a modo de REPORTAJE-NOVELA, en el que aparecen muchos escenarios, personajes y situaciones.

Pues bien, el film Guerra Mundial Z es una película de acción cuya estructura no presenta ninguna novedad, si la comparamos a otras películas de acción, en la que hay UN ÚNICO PROTAGONISTA. Las situaciones narradas en la novela brillan por su ausencia.  Los zombis, se pasan de rápidos. La sangre, típica del género, casi que hay que intuirla.

Entonces, ¿por qué ir a verla? Bueno, ¿y por qué no? El que sea tan diferente del libro precisamente es BUENO. Quiero decir que los fans de los libros solemos sufrir con todos esos cambios que los directores de cine hacen con las tramas de nuestras historias favoritas; pero Guerra Mundial Z es tan diferente… ¡qué es otra historia! Entretenida y, en ciertos momentos, emotiva (destaca la relación de Gerry, Brad Pitt con su familia. Muy auténtica). Además, ofrece una solución ingeniosa al problema zombi, momentos tensos y un gran espectáculo visual. ¿Qué más se le puede pedir a una película veraniega?


Aunque, en todo caso… ¡no dejes de leer el libro! 

lunes, 19 de agosto de 2013

ESPECIAL ÁNGEL OLGOSO

Después de un parón de más de un mes (lo siento, chicos, pero después de 5 años y pico sin parar jamás, me lo tenía ya más que merecido), volvemos en La Orilla de las Letras por todo lo alto: con un especial sobre el escritor Ángel Olgoso elaborado gracias a la colaboración del propio autor, del ilustrador Claudio Sánchez Viveros, a la librería Sintagma y a Valeria Tittarelli. No doy más detalles, todo lo vais a encontrar en los artículos que podéis leer a continuación (mejor en orden, de arriba abajo). Estos son:

-¿Quién es Ángel Olgoso?

-Entrevista a Ángel Olgoso, primera parte.

-¿Qué escribe Ángel Olgoso?

-Entrevista a Ángel Olgoso, segunda parte.

-¿Qué dicen de Olgoso los lectores?

-Entrevista a Ángel Olgoso, tercera parte.

-Reseña de Las frutas de la luna, último libro publicado de Ángel Olgoso


¡Espero que lo disfrutéis! 

¿QUIÉN ES ÁNGEL OLGOSO?

Ángel Olgoso es un escritor de cuento granadino (Cúllar Vega 1961) de obligada lectura para todo aquel que quiera adentrarse en el mundo del cuento y/o de lo fantástico en general.  Su extensa obra comienza a publicarse en 1991. (Para los que tengan curiosidad, les recomiendo acudir a la Wikipedia http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81ngel_Olgoso).Como bien reza la solapa interior de su último libro publicado, Las frutas de la luna, destacan, entre otros, Los demonios del lugar (2007), Astrolabio (2007), La máquina de languidecer (2009) y Los líquenes del sueño (2010), entre otros.

Además de escritor, entre otras muchas cosas, Olgoso es  miembro de la Amateur Mendicant Society de estudios holmesianos, Auditeur del Collège de Pataphysique francés, y fundador y Rector del Institutum Pataphysicum Granatensis, donde ha otorgado el rango de Sátrapa Trascendente -entre otros muchos escritores y artistas- a José María Merino y a Umberto Ecco (a la Monteoliva también, por qué no decirlo).


Para conocer más sobre su escritura, su forma de ver la literatura, etc, os invito a que leáis la entrevista que tan amablemente ha concedido a esta web recientemente. Aunque, atentos, que la encontraréis por partes, entre otras secciones de este especial que os ayudarán a conocer mejor a este autor: 

Entrevista a Ángel Olgoso, I

¿Cuándo y por qué comenzaste a escribir?
A principios de los años setenta, en La Salle, ya escribía versos, anotaba ideas, hacía listas de palabras por la noche en el dormitorio comunal, bajo las sábanas y a la luz de una linterna. En 1973 gané mi primer concurso, organizado por la Federación Andaluza de Montañismo: había que narrar una excursión que uno hubiera hecho a una montaña; yo nunca había vivido aquella experiencia -soy de un pueblecito de la vega granadina-, así que me la inventé de cabo a rabo y gané (el premio consistía en una medalla que aún conservo y en una mochila que no tardó en extraviarse, a pesar de ser un viajero inmóvil). Tal vez ahí empecé a fabular, a comprender el irresistible poder de la ficción. Luego, en 1978, tras cinco años escribiendo poesía de vaga estirpe surrealista, cayó en mis manos la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, que supuso una revelación de proporciones casi bíblicas, pues durante más de treinta años he seguido su inquietante y fecundadora luz.

¿Qué autores te han influenciado más?
Todas las lecturas marcan de alguna manera, unas con un hierro candente y otras con un leve perfume. Las primeras decisivas, las que me propagaron instantáneamente el fuego de la creación, el gusto por la palabra, por la imagen poética fueron quizá La casa encendida de Luis Rosales y Cántico de Jorge Guillén -precisamente en La Salle-, y más tarde Alfanhuí de Sánchez Ferlosio, la Antología antes citada y La hora oval de Ferrer Lerín. Pero también, en su momento, El siglo de las luces, Ficciones, Rayuela, etc. La lista de autores sería interminable. Por citar a unos pocos, Poe y Kafka como principales vetas nutricias, los fantásticos victorianos, los fantásticos latinoamericanos, Maupassant, Schwob, Buzzati, Arreola, Denevi, Aickman, etc. Pasé por épocas consecutivas que tenían la vitola de Cortázar, de Vian, de Kerouac, de Mishima, de Chandler, de Bukowski, de Bradbury. Degusté la “prosa comestible” de Azorín, Aldecoa, Schulz, García Pavón, Nabokov, Rulfo, Pla. Pero si sólo pudiera nombrar dos debilidades inextinguibles, serían Álvaro Cunqueiro (un mágico y delicioso universo) y Chateaubriand (una cumbre estilística de la humanidad).

¿Qué tiene el relato que no tiene, por ejemplo, la novela?
Bueno, es más bien el relato el que no debe tener, ni tiempos muertos, ni genealogías interminables, ni morralla psicológica, en ocasiones ni siquiera resulta necesaria la aparatosa carcasa de una trama. Esto lo convierte en un texto destilado e incitante donde sólo perviven -junto al tuétano de los personajes y al aroma concentrado de la atmósfera-  el rigor y la intensidad.

Una novela es solamente una novela, algo que muchas veces sólo te ayuda a matar el tiempo, pero un buen cuento, un cuento redondo, es algo inolvidable. Aunque ya escribía relatos breves a finales de los setenta -mucho antes de que existiera el concepto microrrelato- a menudo me veo obligado a aclarar que sólo escribo relatos, independientemente de la extensión, que me pliego por completo a las necesidades del texto; que, ocupen una línea o treinta páginas, no olvido buscar su sustancia narrativa, aunar la precisión y belleza del lenguaje con la singularidad de la historia. Me gusta llamar a mis relatos “cuentos medulares” porque hay una depuración casi alquímica. Procuro que en ellos las palabras no avancen como ejércitos en formación, conduciéndose monótonamente durante cientos de páginas, entre desmayadas fanfarrias de banalidades e incontables estandartes de lugares comunes, hasta que el tedio y el agotamiento se apoderan del lector. Intento que lo hagan más bien como elementos de una emboscada rauda y limpia, con palabras que ejecutan con intensidad los movimientos justos, medidos, persiguiendo una sola visión, una idea inquietante, una conmoción, una sentimiento inefable, una resonancia.


¿QUÉ ESCRIBE ÁNGEL OLGOSO?

Puede que a estas alturas algunos aún no hayáis leído a Ángel Olgoso, así que, ¿qué mejor que dejaros unos de sus textos escogidos para que sepáis cómo escribe este autor granadino y, acto seguido, corráis a haceros con alguno de sus libros?


DESIGNACIONES

Levantó una casa y a ese hecho lo llamó hogar. Se rodeó de prójimos y lo llamó familia. Tejió su tiempo con ausencias y lo llamó trabajo. Llenó su cabeza de proyectos incumplidos y lo llamó costumbre. Bebió el jugo negro de la envidia y lo llamó injusticia. Se sacudió sin miramientos a sus compañeros y lo llamó oportunidad. Mantuvo en suspenso sus afectos y lo llamó dedicación profesional. Se encastilló en los celos y lo llamó amor devoto. Sucumbió a las embestidas del resentimiento y lo llamó escrúpulos. Erigió murallas ante sus hijos y lo llamó defensa propia. Emborronó de vejaciones a su mujer y lo llamó desagravio. Consumió su vida como se calcina un monte y lo llamó dispendio. Se vistió con las galas de la locura y lo llamó soltar amarras. Descargó todos los cartuchos sobre los suyos y lo llamó la mejor de las salidas. Mojó sus dedos en aquella sangre y lo llamó condecoración. Precintó herméticamente el garaje y lo llamó penitencia. Se encerró en el coche encendido y lo llamó ataúd.
(Las frutas de la luna)


EL  VUELO  DEL  PÁJARO  ELEFANTE

            Avanzo a través del túnel que excavé durante meses en la toba blanda. Me arrastro por este nauseabundo arroyo con la desesperación de los que se saben imantados por fuerzas fatales, de los que han infligido dolor, de los que han sido martillos inclementes para numerosos clavos. Después de dos horas de angustia, mi cuerpo asoma fuera de la boca del túnel. El zumbido de los oídos desaparece. Logro esquivar los reflectores en el mortal damero del patio de la prisión. Me muevo como un veneno recién inoculado. Acometo sin respiro los vastos y resbaladizos muros de cantería. Tras ocultar las sábanas encordadas, atento a los paseos de los guardianes, me interno en las sombras reconocibles de la tercera galería. Puedo escuchar el roce de mis pisadas y el frotecillo asombrado del mecanismo de la suerte. Por fin estoy ante los barrotes. Inspiro profundamente, adelgazándome, y me deslizo entre ellos. Con infinito alivio regreso a las dulzuras de mi celda, a salvo de la aturdidora, extenuante y espantosa libertad.
(Astrolabio)



Ilustración de CLAUDIO SÁNCHEZ VIVEROS basada en el relato de Ángel Olgoso "Il Giardino Secreto".

PERSPECTIVA

En la habitación del hospital el padre contempla, por primera vez y con infinita dulzura, a su hijo recién nacido. Es hermoso, de una inocencia irradiadora, rozagante. El padre nota cómo una corriente de júbilo asciende desde algún lugar de su interior y amenaza con desbordarse y reventar cada grieta hasta que levanta un poco los ojos y ve, bajo el techo, levitando pacientemente, con esos acerados destellos de sus filos, cientos de espadas de Damocles que cuelgan justo sobre el cuerpecito de su hijo. Vuelve la cabeza hacia su mujer y sabe al instante que ella lo sabe, pero ninguno dice nada.
(La máquina de languidecer)

VIAJE

            Llego a la estación. No hay nadie. Voy a emprender, pese a mis pocos años, un  viaje largo y colmado de expectativas. Espero de pie en el andén con la impaciencia propia de alguien joven y enérgico. El tren, que ha aparecido de pronto a toda velocidad, sin trepidación de rieles ni chirrido de ruedas, se detiene por completo a mi lado, disimulando su prisa a la perfección. Cuando intento levantar la maleta, esta se ha vuelto pesada en extremo. Noto con estupor que no me acompañan las fuerzas, que mi ímpetu decrece. Comienza a llover. Hace frío. Me dirijo hacia los peldaños de metal dificultosamente y, sobre todo, con una inconsolable sensación de haber olvidado algo o de haber dejado atrás a alguien que no recuerdo. Mis manos ateridas logran empujar la maleta hasta el piso del coche cama. Encorvado, la arrastro luego por el pasillo mientras jadeo y oigo crujir los huesos. Una lucecita borrosa, al fondo, me permite tener un atisbo del estrecho y oscuro compartimento, el que suele asignarse a los pasajeros más viejos. A duras penas abro la puerta corredera y abandono mi maleta, como una carga inútil, al pie del portaequipajes. Me tiendo por fin en la litera, extenuado, vencido, buscando ese aire que reclaman con la boca abierta los moribundos. El tren parte en la noche y me lleva consigo.
(Los demonios del lugar)



Dibujo de CLAUDIO SÁNCHEZ VIVEROS basado en el relato "El Vaso", de Ángel Olgoso. Incluido en "Los demonios del lugar".

ENTREVISTA A ÁNGEL OLGOSO, II

¿Cuánto más breve, mejor?
El hecho de que me apasione la tensión, la concentración, la autonomía radical de lo breve, la maravilla de lograr algo en lo que no sobra ni falta nada; el hecho de que crea que bastan pocas páginas, incluso líneas, para mostrar la esencia de algo o para agotar cualquier argumento, no significa que olvide que fondo y forma son inseparables, que la brevedad no es un fin, un valor en sí mismo, que hay que tratar de contar la historia, no de la mejor manera posible, sino de la única manera posible. Sin embargo, Cristina, te confieso que últimamente estoy intentando desprenderme, con más ahínco, de esas estrechas etiquetas de autor de relatos breves y fantásticos, tratando -sobre todo con Las frutas de la luna- de que al fin se tenga la percepción de que sólo escribo literatura. La verdad es que esos marbetes de la brevedad y lo fantástico ya comienzan a apretar un poco, aunque no dejo de reconocer que yo mismo los llevé con gusto durante 35 años, más que nada para no molestar a nadie, para que no se reparara en mí y pudiera cultivar tranquilamente mi minúsculo jardín de relatos.

Ángel Olgoso es un perfeccionista, un arquitecto de la palabra siempre en busca de lo sublime. ¿Cuánto puedes tardar en dar por terminado un texto?
Depende de las circunstancias, ya que siempre estoy en sus manos. En ocasiones no he podido escribir nada durante cinco años; y sin embargo, de forma excepcional, en unos meses conseguí escribir ciento cincuenta relatos. Normalmente me cuesta bastante y no es casi nunca un proceso febril, ya que soy endemoniadamente lento y trabajo a conciencia cada palabra, en clave de orfebre, tesela a tesela como los artesanos granadinos de la taracea, luchando por la estilización y la excelencia de cada texto. Depende también de si el relato requiere o no un laborioso proceso previo de documentación (como los tres meses empleados en empaparme del Londres victoriano para El Lecho Celeste del doctor Graham). En otro libro mío anterior, Los demonios del lugar, se encuentran mis dos extremos creativos: el primero de sus relatos, Viaje, de una página, lo trabajé mentalmente durante la duermevela de una noche hasta dar con su forma definitiva y aprendérmelo de memoria; y Los palafitos, de quince páginas, sin embargo me llevó cinco años acabarlo. En Las frutas de la luna, hay dos ejemplos ilustrativos: para el relato Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde, acerca del pintor romántico alemán Friedrich, estuve veinte años recopilando información; y las treinta páginas de El síndrome de Lugrís me supusieron ocho meses de trabajo continuado de escritura y, por tanto, de vida. Hay que tener en cuenta que se desarrolla en Galicia, tierra de mis lejanos ancestros, en la que por desgracia nunca he estado. Como algunos lectores ya han calificado a este relato de obra maestra con vocación de clásico, doy por bien empleado el tiempo aunque jurara, al terminarlo, que jamás volvería a embarcarme en algo tan largo y complejo. De todas formas, no me importa sudar si finalmente el lector cree tener entre las manos algo hermoso, exquisito e inquietante que, además de hacerle gozar con el paladeo de cada palabra, puede cambiarle su percepción de la realidad. Ya lo dijo Nabokov mucho mejor, no es posible huir de la sensación enloquecedora de que las palabras justas, las únicas palabras valederas, esperan en la orilla opuesta, en la brumosa lejanía, y que ninguna idea verdadera puede decirse sin palabras hechas a su medida.

¿Es complicado compaginar la escritura con tu otra profesión, teniendo en cuenta la dedicación que sabemos que le debes a tus textos?
No pasa un día sin que me pregunte cómo diablos este caracol que soy ha conseguido escribir medio millar de relatos compaginando, no sólo el trabajo diario, sino las obligaciones familiares, las amistosas, las patafísicas y la bandeja de entrada del correo...
En los buenos viejos tiempos, de 1980 a 1995, me recuerdo inflamado de energía creativa, sentía la poderosa excitación del descubrimiento del mundo, del apremio respecto a la vida imaginaria, de la creación caudalosa y libre; sentía el gozo insensato de escribir con una tinta de lo más raro; me sentía, en definitiva, como el «obrero de sueños» de Salvatore Quasimodo. Cuando uno es joven esa alerta constante se mantiene por más tiempo, ese Nulla dies sine linea del proverbio latino parece depender menos de factores externos como la familia, los vecinos o la disciplina salarial (si uno tiene imaginación no puede evitar imaginar). Ahora, por desgracia, no dispongo de tanto tiempo como quisiera para esa exaltación imaginativa, propia de quien tenía la cabeza en las nubes y escribía a salto de mata, para esa afirmación radical propia de quien sólo se preocupaba de escribir. Pero me siento igualmente afortunado de escribir cuando puedo, robándole horas al sueño, y de disfrutar todavía haciéndolo.

Ángel Olgoso es un escritor muy admirado dentro de la profesión y la crítica. Sin embargo, existe un gran público que no conoce tu obra. ¿A qué crees que se debe esto?
Quizá a que mi única tarea durante más de tres décadas ha sido buscar la excelencia literaria. Y España no es precisamente el Valhalla de los lectores, y mucho menos de los lectores literarios. A esa dolorosa realidad podemos sumar otros factores, más íntimos, que pueden haber ayudado a consolidar tal percepción: timidez patológica, vida recogida y ajena al tráfico de vanidades, pereza para mercadear, escasa visión de futuro, y el hecho de que -como dijo Bernard Shaw- florecí antes de los veinte años pero casi nadie aspiró mi aroma hasta después de los cuarenta.

El terror y la angustia son los ingredientes principales de muchos de tus cuentos. ¿A qué se debe esto?
Siempre he trabajado en torno al extrañamiento, y es cierto que en algunos libros (especialmente en Los demonios del lugar, que podría ser una summa de miedos y terrores) predomina un sustrato perturbador, unas atmósferas oscuras que tienen quizá su origen en mi visión del prójimo como el más refinado de los torturadores y, también, en diversas circunstancias personales que viví durante la escritura de los textos.
De cualquier modo, basta con hurgar un poco para comprender que el horror es la esencia de la vida (todo nacimiento implica primero la muerte y luego el olvido), sobre todo en esta época de recrudecimiento de la vileza humana por parte de una minoría codiciosa, insaciable y criminal carente, además, de sentido común, empatía y de compasión. Sin embargo, aunque reconozco que me fascina el misterio del paso del tiempo, con sus congojas, la terrible indiferencia de la naturaleza y esos frágiles lazos que nos unen a la cordura y al abismo de la muerte, también he escrito numerosas piezas en las que predomina un humor declarado, la ironía, el sarcasmo, la piedad o la melancolía. Depende, como siempre, de las exigencias de la historia que intento contar.

¿Te imaginas escribiendo fuera del género fantástico?
Ya lo hago: en Las frutas de la luna se pueden encontrar relatos que participan plenamente del realismo, de un realismo muy personal, es cierto. Me considero heredero, y a mucha honra, de la mejor tradición fantástica, pero creo que he usado su sugestiva vía, si no para subvertirla después de conocerla, sí para colorearla con mi propia visión imaginativa, versatilidad, humor negro y melancolía. Ya lo sentenció alguien, la realidad es demasiado importante como para dejarla en manos de los realistas.

Pienso que la literatura fantástica quizá sea la realidad vista por dentro, siempre nos ha permitido alumbrar esa parte menos luminosa de la existencia que, de manera distorsionada como una sombra, acompaña a lo visible; nos ha ayudado a trascender nuestra conciencia, nuestra condición humana. La literatura fantástica -con recursos más flexibles que la realista, con recursos quizá inagotables- intenta abarcar los límites del universo, alcanzar lo inalcanzable, el delicioso vértigo del infinito. Como dijo Carl Sagan, vivimos en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol en el vacío del espacio, ¿se puede pensar en algo más fantástico? Y estoy seguro de que la función de la literatura -sea fantástica o no- debe ser metamorfosear lo real, convertir la oruga de la realidad en la mariposa del arte, enriquecerla con sueños, experiencias a través de un lenguaje rico y vigoroso para que no devenga en una mera fotografía.

¿QUÉ DICEN DE ÁNGEL OLGOSO?

Son muchos los lectores que admiran a Ángel Olgoso. Algunos, además, son escritores (bastante conocidos muchos de ellos, por cierto) A continuación, os dejo con algunos ejemplos de sus opiniones:

 JUSTO NAVARRO: «Su capacidad verbal e imaginativa es una excepción en la literatura que ahora mismo se escribe en España.»

FERNANDO IWASAKI: «Ángel Olgoso es un autor casi secreto y sin embargo deslumbrante. »

JUAN J. MUÑOZ RENGEL: «Un escritor de culto, un maestro del cuento y de lo inquietante, con una prosa rica y exacta, y la mejor artillería perturbadora, oscura y fantástica.»

 SALVADOR GUTIÉRREZ SOLÍS: «El narrador granadino Ángel Olgoso es un constructor de un mundo extraño y bello, de una realidad propia que se proyecta en un espacio que no se rige por nuestro tiempo, parada de emociones incatalogables. »

JESÚS ORTEGA: «La obra de Olgoso despide el aroma y el sabor de esa fórmula que creíamos perdida: la felicidad de la pura literatura. Genera en quienes la leen la acuciante sensación de descubrimiento de un tesoro. La sensación es hiriente, intensa, epifánica, provoca codicia e impaciencia y se despliega en dos movimientos: uno de apropiación del autor (es mío, yo lo descubrí) y otro de adhesión y protección (nosotros, los ‘olgosianos’) tan típica de los grupos pequeños y fanatizados.»

ELENA MEDEL: «Olgoso hereda la zozobra de los relatos de Poe. Aseguran las crónicas que Poe cumple doscientos años: con autores como Olgoso, dispuestos a pegarnos un buen susto, respira como nunca.»

JUAN LUIS TAPIA: «Una de esas rarezas y exquisiteces literarias que aparecen como hechos aislados en el panorama de las letras.»

LLUÍS SATORRAS: «Sus cuentos presentan de forma directa, y sin necesidad de buscar justificaciones, un universo imaginario donde sueño y realidad se funden en un todo inextricable. Olgoso demuestra con su práctica literaria que la capacidad de la palabra para fundar realidades autónomas es ilimitada.»

LIBRERÍA SINTAGMA: «Leer “Las frutas de la luna” de Ángel Olgoso quedará como un momento especial que recordaré siempre. Imágenes como la de una ola compuesta de hombres muertos o la de los que despedazan nuestro mundo tienen una carga de significados y belleza que no es fácil encontrar en la literatura, salvo cuando es un autor de una sensibilidad única. Ya elegimos “La máquina de languidecer” el mejor libro del año y a Olgoso lo consideramos patrimonio vital de nuestra librería. Uno de nuestro autores. »

VALERIA TITTARELLI: «Para mi sorpresa volví a recibir noticias de Ángel en forma de evento: una lectura de sus relatos en el mítico y ya desaparecido (en esencia y nombre, no en el lugar, que aún permanece abierto), bar Anäis. Algo me impulsó a acudir y que debía hacerlo con los deberes bien hechos. Fue así que compré "Los demonios del lugar", ese libro de título tenebroso y ganador y, confieso, lo leí de corrido. Relatos fantásticos, de miedo real, de situaciones cercanas e insanas; todo un conjunto revelador para mí, tanto por la temática como por el formato. Si bien estaba al corriente del género del relato, nunca había leído una colección tan bien engranada. Todos eran magníficos, si bien dos me decidieron a saber más de él: El Tendedero y Los Palafitos. E investigué y acudí al Anais y conocí a Ángel en persona (dos tímidos enamorados de las letras cara a cara, aunque él mucho, muchísimo más sabio que yo) e iniciamos un intercambio de misivas literarias tan esclarecedoras y educativas para mí que en muy poco tiempo me volví una fan incondicional de la obra de Ángel Olgoso; después vino la dedicatoria de su parte en el relato "La mujer transparente", relato incluido en uno de los nuevos libros que Ángel ha venido publicando a lo largo delos años( "Astrolabio", Editorial Cuadernos del Vigía) y mi fe en Ángel se volvió más real, más palpable. Sigo creyendo y, sobre todo, aprendiendo de Ángel: su metódica y profusa creación, las construcciones, frases y palabras tan bien escogidas e ideadas en todos y cada uno de sus relatos, las situaciones con las que persuade a sus personajes a actuar, me incitan a no perderle de vista. Estamos ante un gran autor, un nombre propio y de gran relevancia dentro del género del relato fantástico. Mi consejo: no os lo perdáis.»  


ENTREVISTA A ÁNGEL OLGOSO, y III

Las frutas de la luna es tu último libro de relatos publicado. ¿En qué crees que se diferencia esta obra a las anteriores?
En mis primeros libros -como los que luego conformarían Los líquenes del sueño o como en Cuentos de otro mundo-, se acentuaba el humor negro, la ironía, los finales sorpresivos, la experimentación formal; eran ficciones llenas de juegos y trampantojos, de situaciones descabelladas, de viajes imposibles, furiosos a veces, también grotescos y macabros. Luego vino el descenso concéntrico y alucinado a los infiernos de Los demonios del lugar, la estética concentrada del breviario en los cien microrrelatos de “La máquina de languidecer”, o el planteamiento poético y lúdico de “Astrolabio”, en el que me permití zarandear un poco el cuento tradicional. Pero, al mismo tiempo, bajo todos ellos permanecía el sustrato fantástico, el de las historias extremas o inusuales, el de un menú de sabores y texturas sorprendentes.  Las frutas de la luna posee un aura ontológica, más fatalista, casi de revelación bíblica, más universal, donde el dolor, las derrotas o las atrocidades de la vida nos alcanzan como especie. En este libro (al que Merino ha calificado de “fuera de lo común en todos los sentidos”) hay un claro afán totalizador, una visión panorámica del hombre: la idea era llegar a lo más grande de la mano de lo más pequeño y partir de lo diminuto para abarcar el Cosmos entero.

¿Qué esperas que encuentren los lectores en Las frutas de la luna?
Encontrarán, por ejemplo, un viaje a la tramoya del Universo, macabros rituales vikingos, objetos que atraviesan los siglos, cuadros imposibles, un afilador capaz de detener el tiempo, la orilla donde convergen los vivos y los muertos, reliquias sacrílegas, un apagón cósmico, bestiarios fantásticos, un peine japonés, la pesadilla de la repetición del molde humano, monstruos creados por la timidez, dioses en un desván, la brillante red de los actos justos.
Encontrarán distintos registros y atmósferas, temas recurrentes de mis anteriores libros (los bucles temporales, el miedo, el vértigo, el asombro, las cosmogonías, las relecturas de la tradición cultural, los delirios sombríos, contratiempos que alteran la línea temporal o espacial), pero en esta ocasión también hallarán experiencias cotidianas, inherentes a todos los destinos humanos.
Espero que al leer las veinte historias que lo componen -unas se leerán con el corazón, otras con la mente y algunas con la espina dorsal-, al lector le invada ese vértigo, ese escalofrío, esa inquietud que solemos sentir al estar en presencia de un eclipse. Y, ya puestos, me alegraría enormemente que algunos lectores  consideraran al libro como una especie de bálsamo contra la literatura banal que se consume hoy al por mayor.

Y hablando de lectores, ¿cuál ha sido el comentario más llamativo que te ha hecho un lector sobre algo que has escrito?
Como comentario, supongo que es difícil superar el a todas luces hiperbólico que, movido por su generosidad, escribió Carlos Almira en una entrevista: “Ángel Olgoso  es el mayor fabulador que conozco hoy por hoy, al menos en castellano. Debería recitarse todos los días al despuntar el sol y al caer la tarde, sobre el plácido espejismo de nuestras ciudades.”
Como gesto, el de un lector que hace ya muchos años me confesó que había robado de una biblioteca pública uno de mis primeros -e inencontrables- libros.

¿Qué nuevos proyectos literarios tienes en mente?
El año pasado -en tan sólo ocho meses de enfebrecido trabajo- terminé Breviario negro, un ramillete de cuarenta oscuros relatos que son mi respuesta a la vez sutil y brutal, imaginativa y realista, irónica y lúgubre a estos tiempos de ignominia. Y hace cuatro días comencé un nuevo libro se relatos, Devoraluces, que espero suponga un contrapunto más luminoso a la densidad ontológica de Las frutas de la luna y a la ligera tenebrosidad de Breviario negro, conformando quizá los tres una nueva trilogía involuntaria.
Mientras tanto, espero para este otoño la edición bilingüe hispanoitaliana -por la editorial Nazarí- de Ukigumo, mi libro inédito de haikus compuesto en 1992; la reedición -por la misma editorial creada por Paolo Remorini- de Cuentos de otro mundo, una versión íntegra que contará además con prólogo de Miguel Ángel Muñoz y portada de Santiago Caruso; así como la publicación de Almanaque de asombros en la colección Vagamundos de Traspiés, un librito que será casi una joya bibliográfica y que cuenta con las soberbias ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros.
Para terminar, este otoño también, y en Roquetas de Mar, una selección de mis relatos titulada Las uñas de la luz inaugurará la colección Cuadernos Metáfora, iniciativa con la que la célebre librería quiere difundir la cultura al precio simbólico de un euro.

 Antes de acabar, ¿te gustaría añadir algo a esta entrevista?
Sólo agradecerte de corazón, Cristina, tu interés por la obra de un servidor, y por tu magnánima iniciativa de dedicarme tal espacio en esta acogedora Orilla de las Letras.

Gracias a ti, Ángel, por tu tiempo, tus palabras y tus fotos personales.

Espero que todos tus nuevos proyectos lleguen a buen puerto y cada vez más gente conozca tu obra.


Reseña: LAS FRUTAS DE LA LUNA, de Ángel Olgoso

Título: Las frutas de la luna
Autor: Ángel Olgoso
Editorial: Menoscuarto
Págs: 216
Precio: 17,50 €

Hubo un tiempo en el que el ser humano miraba al cielo con ilusión. En esa época maravillosa, los planetas estaban poblados por maravillosas criaturas y la luna, el satélite plateado que se asoma a nuestro cielo cada noche, podría convertirse, si la ciencia lo conseguía, en un magnífico lugar de recreo en el que pasar largas temporadas. En la luna habría casas, jardines y, ¿por qué no?, árboles que dieran sus extraordinarios frutos. Así es como llegamos a “Las frutas de la luna”, el nuevo libro de relatos de Ángel Olgos donde, al igual que en esa luna de ensueño, predomina lo fantástico.
Puede que no sea un tipo mediático y que sus libros no se publiciten en televisión. Puede que las instituciones le nieguen los premios y su literatura no sea de lectura obligada en los institutos. Puede que tú, si no seas un aficionado al relato no le conozcas; pero aquí estoy yo para contarte que si pretendes sumergirte en el mundo de lo breve, más tarde o más temprano tendrás que enfrentarte a los cuentos de Ángel Olgoso, uno de los mejores escritores del género de nuestro país. Y ya que vas a hacerlo, ¿por qué no comenzar con “Las frutas de la luna”, su último libro? (Tal vez empezar con un autor  “de adelante hacia atrás” no sea lo más ortodoxo; pero es que yo, al igual que Olgoso, soy patafísica, así que otra cosa no te puedo recomendar.)
“Las frutas de la luna” es un libro compuesto por un total de veinte relatos de desigual extensión. Uno de ellos, “El síndrome Lugrís”, incluso, podría tomarse por una novela corta. Esto, desde luego, no es relevante para el lector que conozca la literatura de Olgoso por primera vez. A los otros, sus fieles seguidores, creo que sorprenderá. Y no es para menos, si tenemos en cuenta que Olgoso es un perfeccionista nato, un escritor detallista que no solo se dedica a buscar con ahínco la precisión del lenguaje hasta la extenuación, la concisión máxima, sino también la brevedad suma a la hora de contar una historia. Que este libro nos muestre textos más largos rompe con su tendencia de los últimos años, a la vez que resulta grato (especialmente a los que preferimos lo breve, pero no en extremo). Sinceramente, espero que en el futuro este autor siga por esta línea, alternando lo muy breve con lo menos breve, pues soy de las que piensan que algunas historias merecen muchas más palabras para ser contadas.
Llegados a este punto, estoy segura de que querréis saber exactamente qué es lo que vais a encontrar en este libro, cuando en realidad deberíais preguntaros qué es lo que no vais a encontrar. Y es que en la literatura de Olgoso, predominantemente fantástica aunque con mucha crítica a la realidad que vivimos, cabe un fin del mundo de lo más civilizado, afiladores que hacen soñar con la música del instrumento que siempre llevan consigo, planetas que se quedan a oscuras por no pagar el recibo de la luz, dioses angustiados, dobles que acuden a actos literarios para suplir a tímidos escritores, animales de todo tipo, reliquias que dan grima, extraterrestres exploradores de planetas incomprensibles, pinturas que se convierten en maldiciones o que simplemente atrapan al que las mira en ellas, mares sembrados de muertos, hombres obsesionados en nombrarlo todo (y que luego tan mal acaban), misántropos que ven animales en los demás o deformidades espantosas, promesas de volver de entre los muertos, niñas humildes que sueñan con no vivir las desgracias que les depara el destino, curiosos viajes a través de generaciones y, ¿cómo no?, una buena panda de viejas cotillas que no dudan en criticar a todo el mundo, incluso en un velatorio.
En definitiva, “Las fruta de la luna” es un libro para soñar con mundos imaginarios, angustiarse con problemas de lo más imaginativos, tomarse con sentido del humor muchos aspectos de nuestra vida cotidiana y reflexionar sobre muchos otros problemas de mayor gravedad, siempre a través de una literatura impecable y el estilo único de un autor siempre preocupado por la perfección en el lenguaje. Un libro que adorarán tanto los amantes de los buenos relatos como los de la literatura fantástica. Repito: si aún no conoces a Olgoso, comienza por este libro y luego me cuentas.
Cristina Monteoliva