domingo, 14 de julio de 2013

LVEUM. CAPÍTULO 2-2

Desperté por culpa de una luz cegadora colgada de un techo que no reconocía. Enseguida me percaté de que estaba sobre algo metálico y frío, prácticamente helado. Una especie de manta cubría mi cuerpo desnudo. La vista se me nublaba constantemente, en parte por culpa de aquella terrible luz, y la cabeza me daba vueltas. Y más que me iba a dar en cuanto me diera cuenta de que tenía sobre mí las caras expectantes del director seductor de pacotilla, de los obesos Bill y Murray, de mi abuela Rita y de Lory, la peluquera canina.
-Un momento… ¿Qué hace aquí la que le corta el pelo a los chuchos? – dije extrañada con una voz tan ronca como si me hubiera pasado las últimas noches cantando rancheras bajo la interperie.
- ¡Oh, cariño! ¡Por fin te has despertado! – exclamó la susodicha, con su voz aflautada y cantarina-. El doctor dijo que no tardarías en hacerlo, ¡pero qué encanto de hombre!
- Milagros, hija, ¿qué te han hecho estos imbéciles de ciudad? Si te han puesto la mano encima, te juro que los mato - dijo la abuela, más enfadada que nunca.
- Cálmese, señora- dijo el director con tono conciliador-. Esto ha sido tan solo un pequeño accidente. Estoy segura de que lo arreglaremos.
-O a lo mejor, no- dijo Murray por lo bajini.
-Esto…- comenzó a decir Bill- Bueno… Nosotros… Bueno, que nos olvidamos darte a firmar el contrato cuando fuimos a por ti, y ahora…
-¡Callaos, idiotas! – gritó el director, lo que hizo que mi dolor de cabeza se acrecentara.
-Contrato, ¿qué contrato? – dijo mi abuela.
-Estoy segura de que los abogados lo arreglarán, señora- insistió el director.
-Esto huele a juicio e indemnización, ¡qué emocionante! – dijo Lori, tan entusiasmada como chillona.
-Mi chica podría haber muerto. Alguien tiene que pagar por ello- dijo la abuela con su tono más amenazante y, probablemente (la luz no me dejaba verla claramente), su mirada más dañina también.
-¿Dónde demonios estoy? Y, por favor, contestad sin chillar- dije entonces.
-Esa es una buena pregunta - intervino Murray con voz calmada-. Queríamos llevarte a un hospital, pero el más cercano está a 150 millas. Pensamos entonces en un médico local, pero nos dijeron que estaba asistiendo a una parturienta. Así que optamos por lo único que quedaba.
-No me jodas- dije al darme cuenta por fin de mi situación-. Me habéis traído al veterinario.
-Sí, pero…- comenzó a decir Lori.
-Pero, Lori, ¿qué hace toda esta gente aquí? –la interrumpió una voz tremendamente varonil (no como la impostada del director fantoche, desde luego) desde la puerta de la sala-. Te dije claramente que la paciente necesitaba aire y tranquilidad.
-Se colaron sin que me diera cuenta- se excusó Lori-. Y son tantos, que yo no podía echarlos, doctor. Compréndalo, doctor. Yo soy muy pequeña, y aquí hay dos que son grandes como toros. No me irá a despedir por esto, ¿verdad?
-No, claro que no. Pero, por favor, que salga todo el mundo.
-Yo me quedo con mi nieta- se plantó mi abuela.
-He dicho todo el mundo- dijo el extraño con firmeza.
-Sí, fuera todo el mundo. Me dais más dolor de cabeza- dije yo.
Poco a poco, todos fueron saliendo de la sala. La abuela fue la última. A pesar de su carácter fuerte, se la veía muy preocupada. Me daba pena, pero tampoco tenía muchas ganas de estar en esos momentos con ella. Sabía que después de soltar unas lagrimitas por mi estado y de recordarme por enésima vez lo mucho que sufrió cuando mis padres murieron en aquel horrible accidente de tráfico, cuando su hermana Carol se fue por culpa de un devastador cáncer, cuando mi hermana Dory decidió largarse con la mitad de lo que el abuelo y ella tenían en la cuenta y cuando mi abuelo la obligó a pasar un año entero en un búnker, empezaría a reprocharme mi comportamiento irresponsable, el haberla tenido con el corazón en un puño, etcétera, etcétera. Ya habría tiempo de dramas cuando volviera a casa. Si es que acaso el veterinario no había decidido ponerme al inyección letal que se usa para sacrificar animales.
-Lamento todo este lío. Normalmente esto es mucho más…tranquilo- dijo con su cabeza justo bajo la luz mientras preparaba una jeringuilla. ¿Me iba a inyectar de verdad la inyección letal?-. Ha sufrido usted una lipotimia. Tranquila, que además de ser veterinario, soy doctor en medicina general (de humanos), con licencia para ejercer. Seguro que se pregunta por qué elegí entonces a los animales. Ya se lo contaré otro día. Ahora le voy a inyectar algo que hará que se sienta mucho mejor, y dentro de un rato, podrá irse a casa con su abuela.
>> Y, por cierto, me llamo Jake, Jake Crown.
Giré mis cansados ojos, que hasta entonces se había movido de forma errática por toda la habitación, hacia él y le miré fijamente. Durante largos y largos minutos. Una fuerza extraña me impedía despegar mis ojos de aquel rostro celestialmente iluminado por la que hasta entonces me había parecido una bombilla odiosa. Aquel hombre tenía la cara más bella que jamás había visto en mi vida, los ojos azules más profundos, una sonrisa de dientes perfectos, un precioso pelo largo y rubio recogido en una coleta y unas orejas que… Unas orejas que… Unas orejas que…

-Doctor- dije muy, pero que muy aturdida-, creo que es usted el duende de mi vida. 

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