domingo, 7 de julio de 2013

LVEUM. Capítulo 1 COMPLETO

Para los que no os habéis enterado todavía, os cuento que he empezado a publicar el folletín veraniego LVEUM (no desvelaré el nombre hasta el final). Después de publicar el capítulo 1 por partes, aquí lo tenéis al completo, ¡así que aún estáis a tiempo de leerlo!: 

Vinieron a por mí el último lunes de mayo, a eso de las cuatro.
Yo no estaba en la granja. Como todas las tardes desde que llegara el buen tiempo, me encontraba leyendo sentada en mi vieja hamaca con los pies metidos en el riachuelo, mi gorra azul bien encajada en la cabeza, mi vieja camiseta de Bon Jovi y una botella de agua bien fría.
Por la mañana había estado ayudando a la abuela con su famosa “limpieza de primavera”. Cuando acabamos de frotar, restregar, sacar la ropa de verano y guardar la de invierno, era demasiado tarde, por lo que no pude acercarme a la biblioteca de Witi-Waka. Ya había leído y releído todos mis libros, así que no me quedó más remedio que coger una de las viejas novelas (tapas desgastadas, páginas amarillentas) de mi abuela. Me arrepentí de ello nada más llegar al remanso de paz que hasta entonces había sido para mí el riachuelo. ¡Aquello era totalmente infumable!
Había algo en la historia, sin embargo, que me impedía dejar de leerla. Cada vez que apartaba la vista del libro y me fijaba en las tranquilas aguas, en aquel terrorífico insecto que intentaba saltar sobre mi brazo o en los campos de maíz en el horizonte, mi mente me obligaba a volver a sus páginas para averiguar qué más le pasaba a la pobre Peggy-Sue y a sus insoportables familiares. Era como si aquel horrible libro me tuviera hechizada.
Menos mal que llegaron ellos y me salvaron de seguir con la lectura. Solo Dios sabe lo idiota que podría haber acabado si hubiera continuado con las aventuras de aquella niña absurda. Aunque, por otra parte, ¿no hubiera sido mejor idiotizarse un rato más con aquel aborto de novela que descubrir lo que el destino me deparaba? Yo creo que sí.
Los dos muchachos vestían camiseta negra y pantalón vaquero de color claro. No era un día excesivamente caluroso (los habíamos tenido peores la semana anterior), pero ambos sudaban como si hubieran estado horas en una sauna. Tampoco respiraban muy bien que digamos.  ¿Y qué decir de aquellos andares torpes? Parecían dos mamuts a punto de desplomarse sobre el hielo que les serviría de tumba, ¡y ni siquiera debían de haber cumplido los treinta!
-Madre mía, y parecía que estaba cerca el condenado río- dijo el más gordo, que además era rubio y cejijunto, resoplando fuertemente.
-Las distancias engañan en estas praderas- dijo el otro, moreno y con el pelo largo, serio y medio ahogado.
-¿Es usted la señorita Milagros García-Lawson? – me preguntó el rubio. Y antes de darme tiempo a contestar, añadió con voz entrecortada:- Necesitamos que venga con nosotros al instituto Colinas Verdes.
-Déjenme adivinar: ustedes son los del programa de los fantasmas, ¿verdad?- dije mientras sacaba los pies del agua y buscaba la toalla para secármelos.
-Exactamente, señorita- dijo el moreno.
-¿Y para qué dicen que me necesitan? – pregunté un tanto distraída y extrañada (sobre todo porque no encontraba uno de mis calcetines. ¿Se lo habría llevado algún bichejo sin que yo me diera cuenta?).
-Nos ha surgido un problemilla que solo usted podrá solucionar – dijo el moreno.
-Venga y lo verá- dijo el rubio, sonriente.
Todo el mundo en Witi-Waka conoce las historias de fantasmas del instituto Colinas Verdes. Las hay para todos los gustos: de profesores vengativos, de conserjes malhumorados, de estudiantes que tuvieron que dejar el instituto para ir a la guerra… Cada año alguien inventa alguna nueva, aunque no creo que nunca nadie haya visto un verdadero ente espectral en el centro en el que yo cursé mis estudios hacía ya tantos años.
Imagino que la idea de llamar a unos cazafantasmas televisivos fue del nuevo alcalde. El joven Thomas Smith tenía muchos planes para el pueblo. Sobre todo para sacarlo del anonimato. La mayoría no entendíamos que quisiera convertir la localidad en un lugar turístico. Al fin y al cabo, en Witi- Waka apenas había paro y la vida tranquila sentaba muy, pero que muy bien a sus habitantes. Tampoco teníamos nada interesante que ofrecer a los forasteros, a no ser que haya alguien en el mundo interesado en los mosquitos gigantes de la ciénaga o en el nauseabundo café que servían en la cafetería de Tía Polly.
Pero, ¿qué sé yo de política y todo eso?
Bill, el rubio, y Murray, el moreno, me llevaron al instituto en su moderno todoterreno negro. Allí me esperaban ansiosos el director del espacio televisivo, un tipo de pelo canoso con pinta de conquistador de pacotilla al que todos llamaban Crown, el guionista, un imberbe pelirrojo llamado Lucian, y el cazafantasmas oficial, el rubísimo, bronceadísimo y supuestamente carismático (personalmente creo que hay patatas pochas con más personalidad que él) Lars Scott-Willson.
Todos me miraban sonrientes y expectantes. Y yo sin saber todavía qué demonios querían de mí.
-No tengo problema en ayudarles, aunque no sé en qué- les dije para romper aquel extraño y desconcertante silencio adornado con dientes sospechosamente blancos.
-¿No se lo han contado? ¡Oh, vaya! Estos chicos…- dijo el director con aire condescendiente.
-¿Contarme? ¿El qué? – pregunté cada vez más intrigada.
En ese momento apareció ante nosotros un chino muy bajito y muy cabreado que no dejaba de exclamar (supongo) en su idioma. El guionista le contestó calmadamente que todo se solucionaría, pero el chino siguió en sus trece hasta que decidió marcharse tan rápido como había aparecido.
-¿Qué le pasa a ese tipo?- pregunté a mis tres acompañantes.
-Acaba de perder su trabajo –dijo lánguidamente Lucian, casi como si temiera perder él también el suyo.
-Sí, ya no vamos a necesitar un traductor de chino para fantasmas- añadió Lars, todo dientes.  
-¿Un traductor de chino? – pregunté mientras me planteaba muy seriamente si en realidad no me había quedado dormida al lado del riachuelo y estaba teniendo una absurda pesadilla.
-¿No sabía que este instituto fue construido sobre un cementerio de chinos? – preguntó el director con el mismo aire de superioridad con el que me ha tratado antes.
-¿Se refiere a la historia de los chinos que durante la construcción del ferrocarril se rebelaron, por culpa de los bajos salarios, fueron masacrados por sus patronos y enterrados en estas tierras? Eso es solo una historia. No hay ninguna prueba de ello. Seguro que se la inventó otro alcalde con ganas de darle notoriedad al pueblo- dije con esa mirada de “¿a mí me vas a venir con cuentos?” de la que las García-Lawson siempre hemos presumido-. En este pueblo no hay fantasmas. Al menos, no ese tipo de fantasmas que ustedes buscan.
-Se equivoca- me rebatió el guionista-. En el aula 24 hay uno, y bien grande.
- Bueno, bueno, ustedes sabrán- contesté encogiéndome de hombros-. Sea como sea, no entiendo para qué les hago falta.
-Hemos registrado una psicofonía en el aula, además de grabar con las cámaras movimientos extraños de las mesas y las sillas – dijo el director mientras me cogía con delicadeza del brazo y me obligaba a subir las escaleras hasta la primera planta, donde estaba la clase en cuestión-. El fantasma decía claramente MILAGROS. Al principio no sabíamos lo que era, hasta que hemos preguntado al conserje. Usted es la única con ese nombre por aquí, ¿verdad?
-¡Qué cosa tan absurda! – exclamé a la par que me zafaba de su zarpa de falso seductor ante la puerta del aula-. ¿Por qué me iba a llamar a mí un fantasma?
-Averiguémoslo, querida- dijo el presentador, detrás de mí.
El director abrió la puerta del aula rápidamente, y antes de que me diera tiempo a reaccionar, el presentador estaba empujándome dentro.
En el aula 24 todo estaba muy oscuro, tan solo unos leves rayos de sol se colaban por las rendijas rotas de las persianas bajadas. Las mesas y las sillas eran las mismas que yo recordaba, aunque bastante más viejas. La pizarra estaba pidiendo una jubilación a gritos y el suelo estaba tan desgastado, que daban ganas de echarse a llorar.
De pronto me sentí como si volviera atrás en el tiempo, a mi época estudiante en el instituto. Y no, no me sentí nada bien. Los malos recuerdos se repetían a cámara rápida por mi cabeza una y otra vez. Todos y cada uno de ellos, como si alguien me hubiera insertado un dvd o algo así.
¿De verdad no me había quedado dormida y todo aquello era una pesadilla?
Me di la vuelta para salir corriendo. Fue entonces cuando me choqué con una grandísima cámara de televisión cargada por un operario que acaba de entrar en el aula sin que yo me diera cuenta. El impacto fue tan fuerte, que acabé tirada en el suelo. Inconsciente. Cuando desperté, el aula estaba completamente vacía: sin mesas, sin sillas, sin pizarra… Pero no estaba sola. En el fondo, en una esquina al lado de la ventana, había algo grande, amorfo, etéreo, brillante. Algo que me producía tanta curiosidad como asco. Y lo más raro: aquel asco era algo conocido, familiar, aunque tal vez un tanto lejano. Algo…
-¡Milagros! – gritó una voz de ultratumba.
-¡Hortensia! ¡Horror! 

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