martes, 2 de julio de 2013

LVEUM. Capítulo 1-3

-¿No sabía que este instituto fue construido sobre un cementerio de chinos? – preguntó el director con cierto aire de superioridad.
-¿Se refiere a la historia de los chinos que durante la construcción del ferrocarril se rebelaron, por culpa de los bajos salarios, fueron masacrados por sus patronos y enterrados en estas tierras? Eso es solo una historia. No hay ninguna prueba de ello. Seguro que se la inventó otro alcalde con ganas de darle notoriedad al pueblo- dije con esa mirada de “¿a mí me vas a venir con cuentos?” de la que las García-Lawson siempre hemos presumido-. En este pueblo no hay fantasmas. Al menos, no ese tipo de fantasmas que ustedes buscan.
-Se equivoca- me rebatió el guionista-. En el aula 24 hay uno, y bien grande.
- Bueno, bueno, ustedes sabrán- contesté encogiéndome de hombros-. Sea como sea, no entiendo para qué les hago falta.
-Hemos registrado una psicofonía en ese aula, además de grabar con las cámaras movimientos extraños de las mesas y las sillas – dijo el director mientras me cogía con delicadeza del brazo y me obligaba a subir las escaleras hasta la primera planta, donde estaba la clase en cuestión-. El fantasma decía claramente MILAGROS. Al principio no sabíamos lo que era, hasta que hemos preguntado al conserje. Usted es la única con ese nombre por aquí, ¿verdad?
-¡Qué cosa tan absurda! – exclamé a la par que me zafaba de su zarpa de falso seductor ante la puerta del aula-. ¿Por qué me iba a llamar a mí un fantasma?
-Averiguémoslo, querida- dijo el presentador, detrás de mí.
El director abrió la puerta del aula rápidamente, y antes de que me diera tiempo a reaccionar, el presentador estaba empujándome dentro.
En el aula 24 todo estaba muy oscuro, tan solo unos leves rayos de sol se colaban por las rendijas rotas de las persianas bajadas. Las mesas y las sillas eran las mismas que yo recordaba, aunque bastante más viejas. La pizarra estaba pidiendo una jubilación a gritos y el suelo estaba tan desgastado, que daban ganas de echarse a llorar.
De pronto me sentí como si volviera atrás en el tiempo, a mi época estudiante en el instituto. Y no, no me sentí nada bien. Los malos recuerdos se repetían a cámara rápida por mi cabeza una y otra vez. Todos y cada uno de ellos, como si alguien me hubiera insertado un dvd o algo así.
¿De verdad no me había quedado dormida y todo aquello era una pesadilla?
Me di la vuelta para salir corriendo y me choqué con una grandísima cámara de televisión cargada por un operario que acaba de entrar en el aula sin que yo me diera cuenta. El impacto fue tan fuerte, que acabé tirada en el suelo. Inconsciente. Cuando desperté, el aula estaba completamente vacía: sin mesas, sin sillas, sin pizarra… Pero no estaba sola. En el fondo, en una esquina al lado de la ventana, había algo amorfo, etéreo, brillante. Algo que me producía tanta curiosidad como asco. Y lo más raro: aquel asco era algo… Conocido, familiar, aunque tal vez un tanto lejano. Algo…
-¡Milagros! – gritó una voz de ultratumba.
-¡Margarita! ¡Horror!


www.freepik.es

No hay comentarios:

Publicar un comentario