domingo, 23 de junio de 2013

LVEUM, Capítulo 1-1

Vinieron a por mí el último lunes de mayo, a eso de las cuatro.
Yo no estaba en la granja. Como todas las tardes desde que llegara el buen tiempo, me encontraba leyendo sentada en mi vieja hamaca con los pies metidos en el riachuelo, mi gorra azul bien encajada en la cabeza, mi vieja camiseta de Bon Jovi y una botella de agua bien fría.
Por la mañana había estado ayudando a la abuela con su famosa “limpieza de primavera”. Cuando acabamos de frotar, restregar, sacar la ropa de vera y guardar la de invierno, era demasiado tarde, por lo que no acercarme a la biblioteca de Witi-Waka. Ya había leído y releído todos mis libros, así que no me quedó más remedio que coger una de las viejas novelas (tapas desgastadas, páginas amarillentas) de mi abuela. Me arrepentí de ello nada más llegar al remanso de paz que hasta entonces había sido para mí el riachuelo. ¡Aquello era totalmente infumable!
Había algo en la historia, sin embargo, que me impedía dejar de leerla. Cada vez que apartaba la vista del libro y me fijaba en las tranquilas aguas, en aquel terrorífico insecto que intentaba saltar sobre mi brazo o en los campos de maíz en el horizonte, mi mente me obligaba a volver a sus páginas para averiguar qué más le pasaba a la pobre Peggy-Sue y a sus insoportables familiares. Era como si aquel horrible libro me tuviera hechizada.
Menos mal que llegaron ellos y me salvaron de seguir con la lectura. Solo Dios sabe lo idiota que podría haber acabado si hubiera continuado con las aventuras de aquella niña absurda. Aunque, por otra parte, ¿no hubiera sido mejor idiotizarse un rato más con aquel aborto de novela que descubrir lo que el destino me deparaba? Yo creo que sí.
Los dos muchachos vestían camiseta negra y pantalón vaquero de color claro. No era un día excesivamente caluroso (los habíamos tenido peores la semana anterior), pero ambos sudaban como si hubieran estado horas en una sauna. Tampoco respiraban muy bien que digamos.  ¿Y qué decir de aquellos andares torpes? Parecían dos mamuts a punto de desplomarse sobre el hielo que les serviría de tumba, ¡y ni siquiera debían de haber cumplido los treinta!
-Madre mía, y parecía que estaba cerca el condenado río- dijo el más gordo, que además era rubio y cejijunto, resoplando fuertemente.
-Las distancias engañan en estas praderas- dijo el otro, moreno y con el pelo largo, serio y medio ahogado.
-¿Es usted la señorita Milagros García-Lawson? – me preguntó el rubio. Y antes de darme tiempo a contestar, añadió con voz entrecortada:- Necesitamos que venga con nosotros al instituto Colinas Verdes.
-Déjenme adivinar: ustedes son los del programa de los fantasmas, ¿verdad?- dije mientras sacaba los pies del agua y buscaba la toalla para secármelos.
-Exactamente, señorita- dijo el moreno.
-¿Y para qué dicen que me necesitan? – pregunté un tanto distraída y extrañada (sobre todo porque no encontraba uno de mis calcetines. ¿Se lo habría llevado algún bichejo sin que yo me diera cuenta?).
-Nos ha surgido un problemilla que solo usted podrá solucionar – dijo el moreno.

-Venga y lo verá- dijo el rubio, sonriente. 

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