domingo, 23 de junio de 2013

ESCRIBIR, ESCRIBIR,ESCRIBIR

Hay personas que recuerdan exactamente cuándo comenzaron a escribir: después de la lectura de tal o cuál libro, tras un desengaño amoroso, durante un viaje inolvidable… Creo que está bien poner fecha al momento en el que la inspiración llamó por primera vez a tu puerta y te dijo “¡venga, ponte a emborronar cuartillas!” (sueles quedar tan bien cuando te hacen una entrevista y puedes contarlo…).
Yo, sin embargo, no sabría decir cuándo comencé a plasmar en el papel las historias que pasaban por mi mente. Me recuerdo de pequeña, con unos siete años o tal vez ocho, con un lápiz y un cuaderno (algo más bien parecido a un block de dibujo) escribiendo un cuento tipo thriller que no sé si llegué a terminar (tal vez la apuesta era demasiado compleja para mi edad).
Puedo decir también que uno de mis cuentos me hizo ganadora de mi primer (y único, ¡qué patética existencia!) premio literario: el de tercero de EGB en mi colegio. (El premio, por cierto, el libro de HEIDI, lo disfruté muchísimo).
Más tarde, cuando me hice fan de NKOTB, una popularísima boyband, escribí montones de noveluchas (no lo digo despectivamente, es que no tenían mucha calidad que digamos, aunque yo las recuerde con cariño) protagonizadas por los chicos de la boyband y mis amigas del momento (fueron muchos años, yo fui cambiando de amistades) en las que la acción se parecía sospechosamente (¡je,je,je!) a la de las películas de moda de la época, y las chicas siempre acabábamos casándonos con nuestro chico favorito.
Sobre todo también por mi simpatía hacia los NKOTB, comencé a escribirme con montones de chicas de España, Europa y América. Tenía cuando comencé con tan ardua tarea (a veces, tenía hasta diez cartas o más por contestar) trece años, muy pocas amistades reales y muchas ganas de comunicarme. Pronto me di cuenta de que me era mucho más fácil expresarme escribiendo que por otro medio. Una pena que con las nuevas tecnologías hayamos perdido tan bella costumbre.
En el primer año de Universidad, tras ver aquella versión de Romeo y Julieta protagonizada por Leonardo DiCaprio, acabé escribiendo una especie de obra de teatro cutre en verso (la primera y única vez que me atrevo con algo parecido a la poesía. Y sí: todo rimaba y rechinaba. Pero, ¿y lo bien que me lo pasé escribiéndolo?).
Pasaron años en los que apenas escribí nada de ficción, o, por lo menos, no acabé nada de lo que tocaba. Entonces me atreví a apuntarme a un taller literario y conocí el mundo del cuento en profundidad. Concursé, quedé finalista de algunos certámenes, me desilusioné, volví a la novela, volví a desilusionarme, conseguí acabar una novela, otra vez me desengañé y… (En fin, ya veis que es una larga historia de la que, en otra ocasión, os daré más detalles.)
El caso es que siempre he escrito, de una u otra manera. He escrito cuando he estado triste. He escrito cuando he estado alegre. Me he forzado a escribir y he escrito sin forzarme porque era lo más simple del mundo. Incluso cuando no escribía, las historias rondaban mi cabeza y solo pensaba en el momento en el que pudiera ponerme a plasmarla en el papel.

No concibo mi vida sin la escritura. Es más: después de probarlo con otras cosas, me he dado cuenta de que lo único que quiero hacer es escribir. ¿Conseguiré algún día vivir de lo que escribo? No lo sé. Pero, ¿por qué no intentarlo? 

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